La invitación de Juan Soto

Una vez más, la avalancha de información y las opiniones derivadas de ella me han sumido en una suerte de afasia indolora pero preocupante. ¿Cómo es posible que teniendo un blog  en un medio de comunicación me haya abstenido de hacer comentarios sobre la repatriación del sacerdote Pajares, sobre los desmanes de la familia Pujol, sobre la guerra en Gaza, sobre el avión derribado en cielo Ucranio (o ruso, quién puede saberlo), sobre el fraude de Gowex, sobre la eliminación de España en el Mundial de Brasil, sobre la abdicación, el aforamiento, la coronación y el pasamanos real, sobre las orgías dionisíacas de Magaluf, sobre el 75 aniversario de la sublevación militar que supuso el inicio de la Guerra Civil, sobre los incendios forestales y/o sobre las altas temperaturas y lo tranquilo que está Madrid en agosto? Debo de estar loco, o no debo tener mucho que decir, para no ofrecer mis opiniones sobre tales asuntos a los cientos de miles de lectores que están esperando oír mis opiniones.

Como suele ocurrir en estos casos, cuando por fin iba a publicar una larga reflexión sobre el devenir de la humanidad en estos tiempos convulsos y extraños (¿acaso no lo son todos?) recibí un correo electrónico del joven escritor Juan Soto Ivars en el que me instaba a inscribirme en la red social Linkedin. El asunto decía así: La invitación de Juan Soto. Por suerte o por desgracia, mis planes cambiaron al instante y los lectores que ahora se acerquen a este post largo tiempo esperado no van a leer mis contundentes y del todo prescindibles opiniones sobre lo divino y lo humano sino mis contundentes y del todo prescindibles opiniones sobre las opiniones de Juan Soto.

Conozco a Juan Soto desde hace varios años. He leído sus novelas, he analizado sus artículos, he asistido a sus presentaciones, he conocido a sus amigos, he compartido con ellos madrugadas hablando sobre el porvenir de la literatura y he vuelto a casa desesperado por culpa de los efectos secundarios de conversaciones interminables. Como conocedor directo (y admirador en cierto grado) de su trayectoria periodística y literaria, considero que Juan Soto representa una suerte de prototipo, un escritor con una personalidad arrolladora que siempre parece saber qué es lo que hay que hacer para estar en el lugar indicado, con las personas idóneas y en el momento preciso. De manera real o virtual, Juan Soto es omnipresente. Todo el mundo habla de él y él, por deferencia, habla de todo el mundo y de todas las cosas. Política, economía, leyes, crisis, guerras, fotos, helados, curas, reyes y príncipes, desde su columna en El Confidencial, o bien a través de las redes sociales, nada se le escapa a Juan Soto quien, además, por suerte para aquellos de nosotros que nos interesamos por ella, de vez en cuando también habla de literatura.

Por eso Me gusta cuando Juan Soto habla de literatura, pero No Me gusta cuando Juan Soto habla de cualquier otra cosa que no sea literatura. Me gusta cuando Juan Soto habla de premios, de novelas, de lecturas, de afinidades, de rechazos, de jóvenes escritores y de viejos escritores porque ése es el mundo en el que se mueve y por lo tanto sus alabanzas y sus sarcasmos están fundados en un conocimiento in situ del medio, parcial y nada objetivo, pero basado en experiencias reales. Me gusta cuando Juan Soto se acerca en sus reportajes a temas principalmente relacionados con la cultura, una cosa, la cultura, en la que Juan Soto participa como actor y como espectador y por lo tanto es entendible y deseable que hable de su relación con ella. Pero No Me gusta cuando Juan Soto vuelca su ingenio, su sarcasmo, su inteligencia y su tiempo en comentar y/o opinar sobre todo lo que acontece en el mundo y que no es literatura, pues aunque todo lo que acontece en el mundo es susceptible de convertirse en literatura, muchos de esos asuntos parecen demasiado serios para tratarse literariamente, sin obviar la cuestión de que esos asuntos no necesitan las frecuentes y personalísimas opiniones de Juan Soto  (a veces documentadas, a veces no) para ser entendidos por los ciudadanos, y ni mucho menos esas opiniones suelen ser necesarias para que dichos asuntos se solucionen.

Una pregunta me asalta una y otra vez: ¿Por qué se ha vuelto tan necesario para Juan Soto (y para todos nosotros, dicho sea de paso) dar siempre nuestra opinión sobre todas las cosas que pasan en el mundo? ¿Qué estoy haciendo yo ahora sino dar mi opinión cuando en realidad intento decir que preferiría no hacerlo?

Una y otra vez caemos en contradicciones que nos avergüenzan. La saturación de opiniones impide el entendimiento, máxime cuando se extiende la idea de que una opinión no tiene por qué estar fundada en el conocimiento, que una opinión es una simple cuestión de preferencias. Por supuesto, es indudable que para hablar del mejor helado de FRIGO no hay por qué demostrar con datos irrefutables la opinión de cada uno, pero para defender una operación militar en Gaza, evaluar la mejor forma de Estado para España o ensalzar los derechos de autor y poner en cuestión la dignidad de un país no debería valer con exponer afinidades pasionales, incidir en lo que nadie dice por el simple hecho de decirlo o comparar aleatoriamente estadísticas y recurrir a las anécdotas de tus allegados.

Cuando Juan Soto y yo nos conocimos, y en las siguientes veces que nos tratamos, mantuvimos varias conversaciones en las que nos quejábamos de este totalitarismo de la opinión, como se ha empezado a nombrar este fenómeno. En esos encuentros hablábamos sobre todo de libros, de escritores, de referencias, de afinidades y de rechazos, aspectos del quehacer literario en el que yo, al igual que Juan Soto, me arriesgo a dar una opinión puesto que hago esfuerzos diarios por comprender esa cosa que llamamos literatura y que nadie sabe muy bien qué es. Aún así, las más de las veces emito juicios exagerados o directamente desacertados, pero eso también forma parte del aprendizaje como escritor, como periodista y en última instancia como lector, a veces salvaje, a veces amaestrado.

Sin embargo, he de reconocer que hace unos días, hablando con un amigo periodista especializado en asuntos políticos y en el funcionamiento interno de los partidos mayoritarios de este país, me permití expresar una opinión sin calibrar la veracidad de mi comentario. Puesto que estábamos hablando de asuntos menos importantes que la literatura (todos lo son), mis argumentos no estaban basados en el conocimiento exacto del caso que discutíamos sino que eran el resultado de proyectar mis “sentimientos políticos” para lo cual hice uso de las informaciones que más me convenían sin tener en cuenta otras, más que nada porque no las conocía o directamente no les daba crédito puesto que procedían de medios con los que no comulgaba ideológicamente. Harto de mis opiniones injustificadas y de mi manifiesta rebeldía hacia su condición de especiliasta en la materia, mi amigo me sugirió airadamente (algo inconcebible tratándose de asuntos tan banales) que me dedicara a hablar de los “cuatro” libros que me había leído, sobre todo de ese tal Bolaños (sic), y que me documentara antes de decir semejantes tonterías.

He parado un momento para leer lo que llevo escrito. No sé muy bien qué he pretendido explicar, si he logrado explicar algo o simplemente he expresado una más de las opiniones que redundan en la incompresión mutua y en la saturación (pseudo)informativa. ¿Qué opinarán los lectores sobre este asunto? Por extraño que parezca, ah, no puedo dejar de preguntármelo, pero lo más insólito y ridículo es que, a pesar de todo lo dicho, siento la necesidad de saber cuál será la opinión de Juan Soto sobre este maldito asunto.

 

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