Drogas, putas y alacranes en el Vietnam soviético

 

 

 

 

 

 

 

 

Vamos a ser sinceros, si yo os hablo de Vietnam, o de la guerra de Vietnam, nos imaginamos todos a unos chavales recién ingresados en el cuerpo de Marines, metiéndose farlopa, escuchando a Jimmy Hendrix como posesos y matando el tiempo entre partidas de cartas y porros de marihuana. Todos hemos visto esas películas, y nos conocemos la vida de un veterano del Vietnam mejor que se la conocen sus propios nietos.

En esta ocasión no voy a intentar desmentir nada. Lo que sí voy a hacer es lanzar la siguiente pregunta: Si en vez de Vietnam yo dijera Afganistán (que fue el “Vietnam” de la URSS durante 10 años de guerra, desde 1979 a 1989), entonces ¿nos imaginamos la vida de los soldados soviéticos que ocuparon el país con la misma nitidez? ¿Sabemos si aquellos chicos se drogaban, de qué hablaban, en suma, sabemos a qué se dedicaban para pasar el rato?

Pues a eso vamos, a imaginarnos cómo se vivía en aquel polvorín desértico en base a toda la información disponible. Lo primero de todo, visualicemos un conjunto de sucios puestos de vigilancia, de blokposts, dominados por un búnker, todo ello protegiendo una carretera. Esto fue clave en las primeras estrategias que pusieron en marcha los soviéticos, más bien defensivas. En el búnker, una montaña de latas vacías reluce al sol. Alrededor, un terreno árido sembrado de minas o de trampas de alambre MZP.

¿Y los soldados? Pues esperando en el búnker o los blokposts hasta el final de los tiempos, muertos de asco a causa del keif  (la calma chicha) o aplastados por las temibles ventiscas afganas. Aburridos. Aunque quizás no fuera buena idea romper aquel aburrimiento. Los “espectros”, los numerosos grupos muyahidín a través de los cuales los afganos pastunes luchaban contra el invasor, podían dar una sorpresa degollando a centinelas y soldados dormidos. O utilizando baquetas de batería -introduciéndolas por la oreja- para evitar gritos y borboteos. En ocasiones, podían emboscar convoyes mediante francotiradores o bombas ocultas, alguna de las cuales, para más inri, podía estar rodeada por otras de plástico: una trampa letal para cualquier artificiero que se distrajera.

En suma, relajar la vigilancia por aquellas tierras era mala idea. Pero es que la indisciplina llevaba forzosamente a ello, y el aburrimiento llevaba a la indisciplina. Para evitar este último, muchos comandantes ordenaban trabajos sin sentido, como cavar pozas o trincheras. Aun así, las sorpresas podían llegar aunque la tropa estuviera alerta. En más de una ocasión, lo que parecía una emboscada acababa devorando los blokposts e incluso el mismo búnker, y había que intentar salir vivo de allí y llamar a la aviación para que convirtiera la zona en un lago de cristal fundido.

Lo cierto es que la URSS había enviado a Afganistán un ejército que ya tenía sus propios problemas. La higiene, la brutalidad interna y la criminalidad se encontraban al nivel de cualquier centro penitenciario; de hecho, muchas veces se reclutaba como forma de castigo. Los soldados eran reclutados forzosamente, sólo se enrolaban voluntariamente los que se sentían maltratados por el sistema y deseaban una vía de escape a su mundo. Y ni siquiera los oficiales disfrutaban de un sueldo jugoso o una buena posibilidad de ascenso. Para colmo, los ciudadanos soviéticos de finales de los 80 comenzaron a rebelarse contra el sistema, y muy pronto culparon al Ejército de formar parte del mismo. Los veteranos no encontraron sonrisas o privilegios al llegar a casa.

Por otra parte, la preparación de los reclutas para esta guerra fue penosa. Nadie hablaba farsí y los que lo hacían -soviéticos de Tajikistán y Uzbekistán- muy probablemente no hablaban ruso y por tanto no entenderían a su comandante. Algunos no sabían qué religión se profesaba en Afganistán y hubo convoys en los que nadie se había molestado en traer un mísero mapa. Las primeras reacciones en combate también podían ser tan chapuceras como peligrosas: novatos que olvidaban ponerse a cubierto, otros que calaban la bayoneta como en 1914… Por suerte, la guerra sólo aparecía de cuando en cuando, y eso si no se tenía la suerte de cerrar una tregua ilegal con algún caudillo guerrillero, trapicheos de por medio.

Ya hemos dicho que el peor enemigo solía ser el aburrimiento. Los soldados soviéticos encontraban curiosos remedios para el mismo: se organizaban abuelerías en las que los abuelos (los veteranos) gastaban brutales novatadas a los reclutas, que podían acabar en el hospital. La prensa de la URSS se quejó de ello. No era para menos, sobre todo cuando alguno de las víctimas decidía saltarse la tapa de los sesos o lanzar una granada de mano contra sus superiores. En una versión algo diferente de todo esto, un grupo étnico se podía enfrentar a otro: en este caso, daba igual la edad. Pero dejando las palizas a un lado, un entretenimiento más inofensivo consistía en discutir sobre deporte; un tema, por cierto, muy celebrado en las sociedades que viven bajo dictaduras porque evita o canaliza las discusiones políticas. En ese caso, se ponían a reñir los fans de los distintos equipos como el Spartak o el Dinamo de turno, pero todos apoyaban con gran patriotismo a la selección de hockey sobre hielo de la URSS.

Mientras tanto, había que sobrevivir en base a algo más que los constantes rumores falsos de tregua que recorrían el frente. Los soldados se fumaban todo el costo y la grifa que podían comprar, fundamentalmente gracias a su “conseguidor”, que traficaba con objetos e información: muchas veces, gracias a su oficio de chófer. El licor, por su parte, era demasiado caro para pagarlo con los cheques que recibían las tropas. En su lugar, se conseguía Kishmishovka, un asqueroso aguardiente de pasas que los nativos vendían en bolsas de polietileno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Claro, que siempre se podían intercambiar esos cheques con alguna enfermera o cocinera a cambio de una noche de sexo. Previo regalo de cortesía.

Lo más curioso es que, sin dinero ni productos que comprar, los objetos cotidianos acabaron cambiando de significado, como lo hacen en todas las guerras. Un par de gafas fabricadas por una marca occidental, por ejemplo, se convertían en un tesoro, sobre todo cuando las intercambiabas con un “conseguidor” por alcohol o drogas. Y un cink, una pequeña caja metálica para guardar cartuchos, podía serlo todo. Un orinal, una letrina, un recipiente para la sopa o el té, o para fermentar la repugnante Kishmishovka. Es probable que, en más de una ocasión, sirviera para varios de estos cometidos, y no precisamente en el orden apropiado.

En fin, no se puede dar por concluida esta sucesión de costumbres alocadas sin mencionar el uso más solemne que jamás se dio al cink: el de anfiteatro diminuto.

Se atrapaban e introducían en él un alacrán y una araña del desierto. Furiosos, amarillentos, cargados de veneno. Los soldados se agolpaban alrededor de la caja, observando y apostando mientras las dos alimañas se enfrentaban a muerte. Gritos, carcajadas y palabrotas.

Aquella guerra, aquel modo de vida, llegó a durar una década entera.

 

Ese momento en el que la guerra se volvió peligrosa

La frase parece un chiste. Todas las guerras son peligrosas; si alguien lo duda, le sugiero que se pase por alguna. Pero hay guerras más peligrosas que otras. La tecnología genera nuevos monstruos, y la táctica militar -ese folleto tan gracioso que te dice por dónde pisar y por dónde no, si es que quieres conservar la cabeza- tarda su tiempo en adaptarse al avance tecnológico.

Antes de la Primera Guerra Mundial, las guerras que se habían librado (básicamente, durante la segunda mitad del siglo XIX) no resultaban excesivamente mortíferas. No nos equivoquemos: francotiradores, cargas de caballería, pepinazos artilleros… Oportunidades para morir o volver a casa mutilado las hubo siempre. Sin embargo, un ejército entero en 1860 podía tener unas pocas bajas por batalla si tenía suerte, mientras que en la Batalla del Somme, en 1916, la suerte no existía; un altísimo porcentaje de víctimas estaba asegurado al 100%.

Hagamos una prueba. Vamos a imaginar un batallón napoleónico en 1815, mil hombres con mosquete: disparan mil tiros a cien yardas de distancia. El batallón que cargue contra ellos, si es igual que el primero, recibe dos mil tiros durante el ataque, y le toca a dos tiros por soldado. El cálculo no es mío, por cierto, es de la profesora Tami Biddle del US Army War College.

En 1916, la cosa cambia. Un batallón de mil hombres tiene rifles con cargador y cuatro ametralladoras. Cada minuto, puede disparar unos 21.000 tiros… a más de mil yardas. El batallón atacante recibe nada menos que 210.000 balazos mientras se acerca. Y eso son doscientos tiros por soldado.

Para más alegrías, el fusil Lee Enfield y las ametralladoras Vickers no serían el único avance tecnológico preocupante. Los primeros acorazados Dreadnought se habían puesto de moda desde comienzos de siglo XX; sus cañones podían llegar a distancias antes inimaginables. Los zepelines, por su parte, no sólo eran ideales para observar el frente; también lo eran para bombardear ciudades enemigas. Por otro lado, estar dentro de uno no te garantizaba nada. Cuando las naciones lograron construir cazas que alcanzaron mayores altitudes, entonces el zepelín comenzó a llevarse todas las papeletas para acabar como una inmensa bola de fuego cayendo desde 3000 metros de altura. Claro, que no siempre hacían falta cazas enemigos para eso: el mal tiempo por sí solo podía encargarse de que no volviera ni un solo zepelín de la misión. De hecho, una de esas “masacres” meteorológicas hizo que Berlín se decidiera a reasignarlos al frente ruso.

Volar en caza, por su parte, también podía salirte caro si tenías la mala suerte de cruzarte con un as del aire que te ametrallara o -en el caso más probable de todos- si el aparato se estropeaba en mitad del vuelo. Así, de los 18.000 pilotos franceses entrenados entre 1914 y 1919, el 40% acabó figurando como baja. Los británicos no se quedaron atrás: entrenaron a 20.000 pilotos y el 50% acabó figurando también en aquella lista temida.

La temible guerra en el aire

Algo parecido ocurrió con la guerra en el mar. Ante el bloqueo naval de los Aliados (del que ya hablaremos en otro momento, porque causó muertes por hambre a mansalva), los alemanes recurrieron al submarino. Fundamentalmente, porque ya habían recurrido a sacar sus propios barcos en la Batalla de Jutlandia y el tema no había acabado muy bien para nadie. El submarino tenía un problema para su víctima: era “invisible”, es decir, que no se podía plantar frente al barco, darle el “¡Alto!” y mandarlo de vuelta a casa. O mataba o no mataba. Y vaya si mató, enviando al fondo del mar a todos los buques mercantes aliados que pudo. Cuando los aliados debatieron qué hacer -y descartaron la idea descabellada de los cormoranes-bomba (no es broma)-, se decidieron finalmente por las cargas de profundidad, la navegación en convoy y otras tantas mejoras; ahora, un ataque submarino podía acabar con el agresor estallando en una gigantesca nube de burbujas y precipitándose tranquilamente hacia el suelo marino.

Pero el fenómeno que más atrocidades desató, con diferencia, fue el estancamiento militar en tierra. Los ejércitos se refugiaron en una gigantesca línea de trincheras enfrentadas, al ser incapaces de avanzar. Cualquier ofensiva ganaba, como mucho, unos kilómetros de terreno. Y había que romper ese bloqueo. Los nuevos inventos no tardaron en aparecer: los primeros tanques, latas asesinas que avanzaban lentas como babosas. Los lanzallamas, tan odiados que le costaban la vida a su dueño si este era capturado. Aparte, si la espita quedaba abierta mientras el soldado recibía un tiro, las llamas podían anegar la propia trinchera con facilidad, por no hablar de la explosión que se producía si el balazo lo recibía la bombona de combustible. Y los bombardeos con gas, mortífero para un bando o para el otro… si el viento cambiaba inoportunamente.

Frente a tanta innovación, las tácticas tardaron en adaptarse. En un principio, por ejemplo, se cargaba a caballo contra las ametralladoras. Una gran idea. Los franceses aprendieron por las malas lo poco recomendable que resultaba llevar pantalones rojos como parte de su uniforme (¡y eso que los más conservadores retrasaron el cambio todo lo que pudieron!). Los cascos prusianos llevaban adornos en forma de pico poco útiles para pasar bajo las alambradas. Para más inri, las protestas no eran bien recibidas. Las retiradas bajo fuego, tampoco. Todos los ejércitos -especialmente el italiano- fusilaban a sus propios hombres por una amplia variedad de motivos.

La explosión del Hindenburg en 1937: un oscuro presagio

La explosión del Hindenburg en 1937: un oscuro presagio

Toda esta adrenalina, toda esta mala leche, cuajó en una alegre tendencia a matar, en muchas ocasiones, incluso a los soldados que se hubieran rendido. Dándole la vuelta a los clásicos memes de Facebook, “una sonrisa llama a otra sonrisa”.

En suma, la probabilidad de acabar cadáver luchando en la guerra aumentó mucho a partir de 1914. Lo que los investigadores llaman la letalidad. Y con tanto lanzallamas, zepelín y ametralladora sobre trípodes, lo cierto es que esa letalidad se disparó hasta el techo. Hoy nos quedamos con ese dato. Muchos otros factores contribuyeron a convertir la Primera Guerra Mundial en la carnicería en la que se convirtió, pero de eso ya hablaremos en otro momento. A ser posible, con una buena taza de tila en la mano.