Ese momento en el que la guerra se volvió peligrosa

La frase parece un chiste. Todas las guerras son peligrosas; si alguien lo duda, le sugiero que se pase por alguna. Pero hay guerras más peligrosas que otras. La tecnología genera nuevos monstruos, y la táctica militar -ese folleto tan gracioso que te dice por dónde pisar y por dónde no, si es que quieres conservar la cabeza- tarda su tiempo en adaptarse al avance tecnológico.

Antes de la Primera Guerra Mundial, las guerras que se habían librado (básicamente, durante la segunda mitad del siglo XIX) no resultaban excesivamente mortíferas. No nos equivoquemos: francotiradores, cargas de caballería, pepinazos artilleros… Oportunidades para morir o volver a casa mutilado las hubo siempre. Sin embargo, un ejército entero en 1860 podía tener unas pocas bajas por batalla si tenía suerte, mientras que en la Batalla del Somme, en 1916, la suerte no existía; un altísimo porcentaje de víctimas estaba asegurado al 100%.

Hagamos una prueba. Vamos a imaginar un batallón napoleónico en 1815, mil hombres con mosquete: disparan mil tiros a cien yardas de distancia. El batallón que cargue contra ellos, si es igual que el primero, recibe dos mil tiros durante el ataque, y le toca a dos tiros por soldado. El cálculo no es mío, por cierto, es de la profesora Tami Biddle del US Army War College.

En 1916, la cosa cambia. Un batallón de mil hombres tiene rifles con cargador y cuatro ametralladoras. Cada minuto, puede disparar unos 21.000 tiros… a más de mil yardas. El batallón atacante recibe nada menos que 210.000 balazos mientras se acerca. Y eso son doscientos tiros por soldado.

Para más alegrías, el fusil Lee Enfield y las ametralladoras Vickers no serían el único avance tecnológico preocupante. Los primeros acorazados Dreadnought se habían puesto de moda desde comienzos de siglo XX; sus cañones podían llegar a distancias antes inimaginables. Los zepelines, por su parte, no sólo eran ideales para observar el frente; también lo eran para bombardear ciudades enemigas. Por otro lado, estar dentro de uno no te garantizaba nada. Cuando las naciones lograron construir cazas que alcanzaron mayores altitudes, entonces el zepelín comenzó a llevarse todas las papeletas para acabar como una inmensa bola de fuego cayendo desde 3000 metros de altura. Claro, que no siempre hacían falta cazas enemigos para eso: el mal tiempo por sí solo podía encargarse de que no volviera ni un solo zepelín de la misión. De hecho, una de esas “masacres” meteorológicas hizo que Berlín se decidiera a reasignarlos al frente ruso.

Volar en caza, por su parte, también podía salirte caro si tenías la mala suerte de cruzarte con un as del aire que te ametrallara o -en el caso más probable de todos- si el aparato se estropeaba en mitad del vuelo. Así, de los 18.000 pilotos franceses entrenados entre 1914 y 1919, el 40% acabó figurando como baja. Los británicos no se quedaron atrás: entrenaron a 20.000 pilotos y el 50% acabó figurando también en aquella lista temida.

La temible guerra en el aire

Algo parecido ocurrió con la guerra en el mar. Ante el bloqueo naval de los Aliados (del que ya hablaremos en otro momento, porque causó muertes por hambre a mansalva), los alemanes recurrieron al submarino. Fundamentalmente, porque ya habían recurrido a sacar sus propios barcos en la Batalla de Jutlandia y el tema no había acabado muy bien para nadie. El submarino tenía un problema para su víctima: era “invisible”, es decir, que no se podía plantar frente al barco, darle el “¡Alto!” y mandarlo de vuelta a casa. O mataba o no mataba. Y vaya si mató, enviando al fondo del mar a todos los buques mercantes aliados que pudo. Cuando los aliados debatieron qué hacer -y descartaron la idea descabellada de los cormoranes-bomba (no es broma)-, se decidieron finalmente por las cargas de profundidad, la navegación en convoy y otras tantas mejoras; ahora, un ataque submarino podía acabar con el agresor estallando en una gigantesca nube de burbujas y precipitándose tranquilamente hacia el suelo marino.

Pero el fenómeno que más atrocidades desató, con diferencia, fue el estancamiento militar en tierra. Los ejércitos se refugiaron en una gigantesca línea de trincheras enfrentadas, al ser incapaces de avanzar. Cualquier ofensiva ganaba, como mucho, unos kilómetros de terreno. Y había que romper ese bloqueo. Los nuevos inventos no tardaron en aparecer: los primeros tanques, latas asesinas que avanzaban lentas como babosas. Los lanzallamas, tan odiados que le costaban la vida a su dueño si este era capturado. Aparte, si la espita quedaba abierta mientras el soldado recibía un tiro, las llamas podían anegar la propia trinchera con facilidad, por no hablar de la explosión que se producía si el balazo lo recibía la bombona de combustible. Y los bombardeos con gas, mortífero para un bando o para el otro… si el viento cambiaba inoportunamente.

Frente a tanta innovación, las tácticas tardaron en adaptarse. En un principio, por ejemplo, se cargaba a caballo contra las ametralladoras. Una gran idea. Los franceses aprendieron por las malas lo poco recomendable que resultaba llevar pantalones rojos como parte de su uniforme (¡y eso que los más conservadores retrasaron el cambio todo lo que pudieron!). Los cascos prusianos llevaban adornos en forma de pico poco útiles para pasar bajo las alambradas. Para más inri, las protestas no eran bien recibidas. Las retiradas bajo fuego, tampoco. Todos los ejércitos -especialmente el italiano- fusilaban a sus propios hombres por una amplia variedad de motivos.

La explosión del Hindenburg en 1937: un oscuro presagio

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Toda esta adrenalina, toda esta mala leche, cuajó en una alegre tendencia a matar, en muchas ocasiones, incluso a los soldados que se hubieran rendido. Dándole la vuelta a los clásicos memes de Facebook, “una sonrisa llama a otra sonrisa”.

En suma, la probabilidad de acabar cadáver luchando en la guerra aumentó mucho a partir de 1914. Lo que los investigadores llaman la letalidad. Y con tanto lanzallamas, zepelín y ametralladora sobre trípodes, lo cierto es que esa letalidad se disparó hasta el techo. Hoy nos quedamos con ese dato. Muchos otros factores contribuyeron a convertir la Primera Guerra Mundial en la carnicería en la que se convirtió, pero de eso ya hablaremos en otro momento. A ser posible, con una buena taza de tila en la mano.