¿Nacionalismo o integrismo?

El nacionalismo históricamente está basado y fundamentado en la creación, o en su caso en la exaltación, de un enemigo externo. El nacionalismo precisa para su desarrollo la aparición entre la ciudadanía de un sentimiento gregario de pertenencia a una comunidad (grupo) basado en una razón de nacimiento, raza o identidad.

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El nacionalismo persigue insistentemente consagrar una idea irrebatible e indiscutible: la diferencia y la necesidad de exclusión del discrepante. Junto a esa diferencia propicia también la creación de un espacio de soberanía propia, configurado todo ello en términos utópicos. Estaríamos ahora en nuestro país al final de un proceso, en el que el nacionalismo ha dado un paso más y se ha situado en un integrismo que, al menos parcialmente, se sitúa al margen de la Ley.

Todos los regímenes nacionalistas poseen los mismos sesgos e incurren en las mismas falacias. Por un lado, el uso de falsas dicotomías. La más característica y común es: eres independentista o si no eres un fascista. Pero la cosa no queda ahí y aparecen otras falsedades como: “votar es siempre democrático, luego votar un referéndum siempre es democrático”.  Estamos ante un falso silogismo. Votar no es siempre democrático, sobre todo si se hace fuera de la Ley. Es decir, si se lleva a cabo al margen de las reglas básicas que regulan la convivencia y a la paz social y que la ciudadanía se da a sí misma para que pueda existir una elemental convivencia.

Lo que está pasando es que la sociedad en general, y la nacionalista en particular, está enferma. No hay tolerancia a la frustración y a la adversidad, eso origina una inmadurez creciente y sentimientos de fracaso generalizado. Hoy todo se quiere conseguir inmediatamente, no cabe la espera. Y, lo peor, parece que EL FIN SI JUSTIFICA LOS MEDIOS.

Lo que está ocurriendo en Cataluña se puede analizar desde muchas ópticas. Pasadas las elecciones y desde la perspectiva psicopatológica, estaríamos ante un enamoramiento tóxico y un victimismo enfermizo. Existe una idea sobrevalorada, que da paso a una idea deliroide de que TODO lo malo está y viene del resto España. Cuando el pensamiento alcanza tal grado de irreductibilidad, contundencia y obstinación es imposible diálogo.

Por eso no deja de ser un absurdo, psicológicamente hablando, reclamar soluciones negociadas, cuando no se quiere negociar sino imponer. Es irónico hablar de solución política, cuando la política deja de ser el arte del pacto y de la tolerancia y se transforma en una coacción continua. Es una idea distorsionada creer que el resultado de las elecciones es aplicable, al margen de la legalidad vigente. Pero sobre todo, lo que es iluso es pensar que el fanatismo deje espontáneamente de serlo, cuando además su origen es profundo y ha sido “inyectado” durante mucho tiempo de forma sutil.

 

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