La Autoestima

La autoestima es una palabra que todo el mundo maneja y utiliza convirtiéndose en algo familiar y rutinario. Es más, muchos de los profesionales sanitarios, la emplean con profusión sin tener muy claro ni su significado ni su importancia real.

images ¿Qué es la autoestima? ¿Una palabra que se ha puesto de moda como tantas otras? ¿Un concepto vacío de contenido? o, tal vez, ¿un comodín al que acudimos para expresar significados muy diversos y también a veces dispares ?

La autoestima no es ninguna moda lingüística, ni mucho menos un concepto psicológico vacío y carente de significado. La autoestima es un constructo psicológico de capital importancia para obtener el equilibrio mental que todos deseamos y buscamos.

La autoestima es la base para tener una buena salud mental y un aceptable equilibrio psicológico. La autoestima es un sentimiento de valía personal. O lo que es lo mismo, un sentimiento subjetivo que hace el que yo “me quiera”, “me acepte”, “me valore” y “me respete”, a pesar de mis limitaciones y errores que, como ser humano que soy, voy a tener. Sin una autoestima adecuada es muy difícil, por no decir imposible, tener una aceptable salud mental.

Es fácil de entender el que una persona con autoestima deficiente, es decir, que no confía en sí misma, que no se valora, que no se quiere, que se siente insatisfecha con todo lo que hace, es una persona psicológicamente inestable a la que le va a resultar muy complicado superar las dificultades cotidianas.

Por el contrario, la persona que tiene una autoestima adecuada, se va a sentir apta para la vida y la va a saber disfrutar. Tiene energía y fortaleza. Es capaz de tolerar las frustraciones y ver con objetividad y realismo el mundo que le rodea, modelando su conducta en función de los requerimientos que las circunstancias vitales le exigen.

La autoestima en suma es una experiencia íntima, personal e intransferible. Es lo que YO  pienso y siento sobre MI. No es lo que OTROS piensan y sienten sobre MI. Esto que es tan sencillo y elemental con frecuencia es olvidado y buscamos la autoestima en situaciones, personas, o cosas que no nos la van a poder proporcionar.

Si buscamos la autoestima fuera de nosotros mismos, por ejemplo, en una casa más grande, o en un coche más lujoso y potente, o en una figura más esbelta, o quizá en una cuenta corriente más sustanciosa, habremos errado el camino y nuestra autoestima no sólo no mejorará, sino que nos veremos obligados a actuar repetitiva, obsesiva y casi compulsiva para conseguir nuevas satisfacciones en ese intento vano de sentirnos bien, cómodos y felices.

¿Quiere ello decir que no es bueno y saludable aspirar a tener unas mejores condiciones de vida?. En absoluto. No sólo es bueno sin que además es necesario tener una serie de incentivos e ilusiones que ayuden a superarnos día a día. El problema aparece cuando esta búsqueda se convierte en obsesión y forma compensatoria de lo que carecemos, buscando fuera de nosotros lo que debería estar dentro.

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Vamos a presentarle algunos indicios que nos permitan saber como está nuestra autoestima. Dichos indicios se pueden objetivar a través de la manera de pensar que tenemos, de nuestra forma de sentir y también, como no, de la conducta que desarrollamos.

Si su autoestima es deficiente con toda probabilidad su pensamiento habrá girado en torno a ideas como: “no valgo para nada”, “no merezco respeto”, “todo lo que hago me sale mal”, “así nunca iré a ningún lado”. En cambio si su autoestima es la adecuada sus pensamientos y su actitud ante la vida serán muy distintas.

Como hemos visto, la autoestima depende en última instancia de nosotros mismos. Por tanto es necesario que sepamos tratarnos con amor respeto y comprensión.

Prémiese, perdónese, descubra y potencie sus recursos. Sea “razonablemente egoísta”, ello no implica maltratar ni despreciar a nuestros semejantes. Es más nuestra recomendación en este sentido es muy clara y precisa: “trate a los demás como le gustaría que ellos  hicieran con usted”. Pero no base su vida sólo en el sacrificio y la renuncia. Quiérase, estímese, y preocúpese por sus propios intereses.

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En nuestro intento de facilitarles la tarea nos hemos atrevido a resumir en un sencillo decálogo, fruto de nuestra observación y experiencia como profesionales de la salud mental, una serie de recomendaciones que pueden serle de utilidad para mejorar su autoestima y también la de quienes con usted se relacionen.

1ª)  Trátese siempre con amor, porque: “la caridad bien entendida empieza por uno mismo”.

2ª) Si egoísmo significa estar preocupado por los intereses propios: ¡SEA EGOÍSTA!.

3º) No se exija ni exija a los demás más de lo razonable.

 4ª) No base su vida solo en el sacrificio y la renuncia, y si lo hace no espere que los demás hagan lo mismo con usted.

5ª) Olvide la falsa modestia y disfrute con los elogios sinceros.

6ª) Respete y valore a los otros de la misma forma que le gusta que lo higan con usted.

7ª) Exprese siempre sus sentimientos e ideas con decisión, energía y respeto.

8ª) Viva el presente y no se anticipe al futuro, además de inútil es ridículo y le hace perder una gran cantidad de energía.

9ª) Perdónese sus errores y sea benevolente consigo mismo.

10ª) Empiece cada día riéndose de sí mismo. No olvide que esta vida es un gran circo donde cada uno interpreta su papel. Hágalo con dignidad, pero no se lo crea.

 

 

 

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Llega la Navidad

Llega la Navidad, y con su llegada no es raro ver un aumento del numero de personas que acuden estos días a las consultas de psiquiatría, por que las fechas que se avecinan les producen malestar e insatisfacción, al verse inmersos en una vorágine de “buenismo” generalizado, felicitaciones, regalos, cenas, comidas y un sin fin de gestos  y rituales “obligados” que se repiten cada año ante la llegada de fechas tan señaladas. Y estas personas vienen al psiquiatra no por que tengan una dolencia, sino por que se consideran sobre todo “seres raros” al no sentir toda esa felicidad, amor y paz que se supone todos debemos notar cuando llega la Navidad.

FELIZ NAVIDAD

NAVIDAD

Y es que la Navidad no es lo que era, dicen y repiten los mas viejos del lugar, y nos le falta razón. La Navidad se ha transformado esencialmente en una fiesta comercial y una excusa perfecta para unos días de solaz y divertimento. Ya no existe el llamado “Espíritu Navideño”, todo es mas prosaico y sobre todo mucho mas mercantilista. Hemos convertido las Navidades en las fiestas del consumo y en el paraíso del comprador compulsivo. Y por sino fuera suficiente con los desmanes familiares, los municipios, aquejados de permanentes déficits sociales, gastan en luces y adornos cantidades millonarias que bien podrían servir para dar de comer a muchos hogares necesitados.

Los que todavía se empeñan y se esfuerzan en disfrutar de unas Navidades a la antigua usanza, ven fracasar con frecuencia sus esfuerzos por los problemas y desencuentros familiares que inevitablemente acaban apareciendo. Cenas con unos, comidas con los otros, regalos y detalles para todos, en fin un esfuerzo extraordinario cuya factura habrá que pagar mas tarde, y no me refiero solo en lo económico, que también, sino sobre todo en lo afectivo y emocional.

Como todos los años me permito recomendarles que vivan estas próximas fiestas a su aire. Que no intenten quedar bien con todos, ya que esa es la mejor forma de fallar a la mayoría y de ser infeliz. No se esfuercen en entender ciertas conductas absurdas, fruto mas de los efluvios alcohólicos que invade al personal, que de la lógica y del sentido común. Procuren aislarse de toda esa publicidad sentimentaloide con la que nos bombardean dia tras dia, y cuyo objetivo es enternecernos para que acabemos actuando sin utilizar el filtro de la razón.

Anímense a pasar estos días como mejor le plazca, sin aceptar compromisos y obligaciones. La Navidad debería ante todo un etapa de reflexión y sosiego para darnos cuenta de lo efímera que es nuestra existencia y de que el auténtico bienestar esta siempre dentro de cada uno de nosotros y nunca fuera. El bienestar y la felicidad esta en el ser, no en el tener.

 

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¿Violación, castración?

La violación es siempre un acto deleznable y posiblemente uno de los delitos mas crueles y obscenos que puede haber. Por lo tanto en esta reflexión no pretendemos justificar lo injustificable, sino tan solo de explicar aquello que si puede tener una cierta base patológica, aspecto que nos afecta a los psiquiatras de pleno.

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La psiquiatría sabe muy bien por ejemplo que hay conductas que se repiten de forma continua e inevitable como son las llamadas compulsiones. Es decir, actos que el sujeto “debe” realizar para disminuir o controlar su angustia. A su vez las compulsiones tienen su origen en una serie de ideas que llamamos obsesivas, esto es, autoimpuestas y displacenteras, ideas de las que el sujeto, a pesar de conocer que son absurdas o incluso dañinas, no se puede sustraer. Decir por ejemplo que los violadores tienen conductas compulsivas sería, a priori, un grave error ya que habría que analizar cada caso y, en función de ello, emitir el correspondiente diagnostico.

Pero lo que está demostrado es que muchos agresores sexuales tienen alteraciones psiquiátricas diversas. Unos son sujetos con rasgos psicopáticos muy evidentes. Los hay del espectro psicótico (los mas enfermos y los mas raros). También los podemos encontrar dentro de los llamados trastornos del control de los impulsos con acusadas anomalías en la esfera volitiva, e incluso la violación puede ser una conducta que aparezca en aquellos sujetos que tienen un retraso o déficit intelectual mas o menos importante.

Un agresor sexual es con frecuencia un sujeto narcisista, prepotente, arrogante y altivo. Es un ser que cree que tiene derecho de manejar y utilizar a otros seres humanos a su antojo. Es, en suma, un individuo con un evidente perfil psicopático de personalidad. Estos serían lo peor de lo peor hablando en criterios morales y éticos, y de lo mas difícil de diagnosticar y tratar dentro de los trastornos de la personalidad, ya que sin enfermos, al menos por el momento, si son seres profundamente desequilibrados.

Pero también en otras ocasiones estamos ante sujetos enfermos, incluso a veces gravemente enfermos que precisan un tratamiento, a veces involuntario, para conseguir reconducir la situación. La labor de los profesionales de la salud mental será en afinar el diagnostico y predecir la peligrosidad criminal y social de un determinado sujeto y de sus posibilidades de reincidencia. Es una tarea difícil, pero posible si se le dotan de medios materiales y humanos para hacerlo. Una vez diagnosticado surgirá el siguiente problema: ¿Que hacemos con el sujeto irrecuperable? Sin duda protegerlo de si mismo y proteger a la sociedad de sus actos.

Mucho se ha hablado de la castración como forma de tratar a los agresores sexuales. Los psiquiatras sabemos bien que los violadores en su mayor parte no son tanto enfermos del sexo como de la agresividad, del impulso, de la inteligencia e incluso del pensamiento. Por ello el tratamiento no puede ser solo la castración química, sino que debe abarcar otras técnicas mucho mas complejas.

Con los agresores sexuales habrá que utilizar antipsicóticos, estabilizadores del animo, antidepresivos, ansiolíticos y por supuesto una psicoterapia asociada y un control a veces vitalicio sobre su conducta. De ello se ocupara la psiquiatría forense penitenciaria.

Lo que nos demuestra la experiencia es que utilizar solo la reclusión durante un tiempo mas o menos prolongado sirve para poco, por que a su salida del centro de internamiento la probabilidad de que todos suframos de nuevo su trastorno o, en según que casos, su maldad es muy elevada.

Por ello creemos que es absolutamente necesario modificar el ordenamiento jurídico para poder tratar médica y psicológicamente, incluso de forma involuntaria, a determinados agresores sexuales, para impedir que actos como el ocurrido estos días en Martorell vuelvan a ser una triste noticias en los teletipos informativos.

 

 

 

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Estrés y salud

Estrés y salud son dos conceptos que van muy unidos ya que el uno (estrés) influye directamente sobre el otro (salud). Se define el estrés como toda situación percibida o valorada como amenazante para el propio sujeto. Por lo tanto el concepto tiene una clara impronta subjetiva. Es el individuo quien se estresa en función de la valoración que hace de la situación, por ello lo que es estresante para unos (saltar en paracaídas), puede no solo no serlo para otro (amante de la practica del paracaidismo), sino incluso ser fuente de placer.

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No obstante y aunque lo dicho como regla general sea cierto, también lo es el hecho de que hay situaciones objetivamente estresantes, por ejemplo, la muerte, la enfermedad, una agresión sexual, un cataclismo nuclear, etc. Por lo tanto, y aunque la personalidad sea decisiva a la hora de valorar la repercusión y consecuencias del estrés, también lo será el tipo de hecho o evento que se este produciendo y que nosotros estemos viviendo.

Cuando el estrés nos desborda se pueden producir una serie de alteraciones muy diversas que van desde la depresión hasta el psoriasis, pasando por la ansiedad, episodios psicóticos, trastornos del sueño o de la conducta alimentaria, e incluso alteraciones sexuales o abuso de sustancias diversas. En el fondo son respuestas el organismo ante la presión que se esta produciendo, lo que ocurre que como dice el refrán: “a veces es peor el remedio que la enfermedad”.

Para evitar estresarnos patológicamente, es decir, traspasar la línea y sufrir las consecuencias mas negativas que el estrés puede producir, será esencial en primer lugar cambiar nuestro modo de interpretar la realidad. Para ello deberemos hacer el esfuerzo de pensar de otra forma y darle importancia solo a aquello que la tiene realmente. Es esencial tener el control sobre todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, e intentar siempre hacer aquello que queremos y de la forma que queremos. Es obvio que no siempre es sencillo, es mas, a veces resulta imposible, pero lo que siempre resulta útil y factible es adecuar nuestro pensamiento a la realidad que nos toca vivir y sacarle a esta el mayor y mas rentable partido posible.

Hay muchas personas que sufren (y se estresan) por lo que creen que va a pasar, o también, por aquello que ya paso y que en modo alguno se puede cambiar. Es cierto que la genética juega un papel trascendente en la función cerebral, y que esta es quien decide como vamos a reaccionar ante los acontecimientos, pero no es menos cierto que con un entrenamiento mental adecuado siempre será posible cambiar nuestra actitud vital, nuestra forma de pensar, de sentir y en suma de vivir. No en balde: “Si crees que la vida funciona verás oportunidades; si crees que no, verás obstáculos. Crees, creas”.

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La desaparición de Diana Quer, o la ceremonia de la confusión.

Una vez mas estamos viviendo un “espectáculo” mediático originado en esta ocasión por la desaparición de Diana Dequer de su domicilio vacacional en A Pobra (Coruña). Diana es una joven de 18 años, hija de una familia que podemos denominar “compleja”. Padres divorciados, relaciones inexistentes entre ambos ex cónyuges y antecedentes psiquiátricos en el entorno familiar mas próximo, que a mi modo de ver son pieza clave en el extraño suceso que, conforme pasan los días, se oscurece en lugar de clarificarse.

Durante estos 20 días transcurridos sin saber nada de Diana hemos visto y oído noticias contradictorias de unos y otros. Afirmaciones de la madre que a los pocos días se desmentían o negaban. Datos sobre la búsqueda y la investigación que han ido cambiando por horas. Testigos que afirman una cosa y que poco mas tarde se les cuestionaba por los investigadores encargados del caso. Pero ha habido sobre todo un hecho que me ha inquietado sobre manera: la retirada cautelar a la madre de la guardia custodia de la hija menor. Decisión tomada por el Juez de guardia a raíz de un informe médico, que debió de ser tan contundente como para hacer que su Señoría adoptara tan trascedente, grave e infrecuente decisión para un juez de guardia, como es la separación forzosa de la menor, a la sazón hermana de la desparecida, de su madre.

Poco a poco ha trascendido que Diana Quer había tenido episodios de trastornos de conducta alimentaria. También se ha sabido que la hermana menor había sido ingresada en varias ocasiones por “trastornos conductuales no especificados”. Se ha conocido que la madre, divorciada desde hace cuatro años, padecía presuntamente y previo a la desaparición de Diana, un trastorno afectivo y que había acudido acompañando a su hija menor a urgencias en varias ocasiones. También se ha dicho que había peleas, algo mas que las habituales, entre madre e hijas e incluso que la infausta noche hubo también una pelea, desmentida tajantemente por el abogado materno. En fin, poco a poco, como suele ocurrir en estos sucesos, se ha ido configurando un panorama cada vez mas psicopatológico, que los medios hasta ahora han tratado con la prudencia y contención que el caso requiere.

Lo que en principio se definió como “retención o secuestro”, se ha transformado en una posible huida voluntaria. Lo que era una presunta acción criminal de un feriante acosador, ha dado paso a una mas que probable salida intencionada de Diana de su casa, sola o en compañía de otros. La descripción de la ropa que llevaba la joven desaparecida y que dieron los padres ha variado, por que según nos dice el abogado de la madre, la Guardia Civil le había prohibido entrar en la habitación de Diana y esta no sabía a ciencia cierta si se había cambiado o no de ropa.

En fin, lo dicho, muchas dudas e incógnitas, no solo en lo que le ha pasado a Diana Quer, sino también en este maremagnum de informaciones contradictorias, incluida la retirada por el Juez de guardia de la custodia de una menor, no explicada ni aclarada todavía por nadie, y el alejamiento de la menor de la madre en unos momentos que se nos antojan los menos adecuados para ello, salvo que existan, seguro que será así, poderosas y contundentes razones.

A fecha de hoy solo hay una cosa cierta Diana Quer sigue desaparecida, toda su familia angustiada y la sociedad intentando acompañarles en su dolor, que aunque es una frase hecha, traduce en este caso ciertamente un estado de intranquilidad y preocupación colectiva.

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LA CONGRESITIS

La congresitis ha sido hasta ahora una enfermedad endémica entre los médicos, pero con el nuevo modelo que ha implantado “Farmaindustria” se quiere atajar esta “plaga” que al decir de algunos asolaba la formación medica.

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Para los que no estén avezados en la materia podríamos definir la congresitis como un trastorno psíquico leve caracterizado por una obsesión del profesional de la salud por acudir a todo tipo de eventos (congresos, simposios, mesas redondas, jornadas, reuniones, talleres), y de esta forma incrementar su formación y estar al dia en su materia específica.

Esto, que en principio sería altamente positivo y necesario para una buena practica, al ser uno de los criterios que recoge la llamada “Lex Artis”, acaba convirtiéndose en un despropósito y en un dislate cuando la asistencia a congresos es, sobre todo y ante todo, una forma de salir de la rutina diaria, saludar a viejos compañeros y amigos, hacer turismo y hacerlo, eso si, subvencionado por la industria farmacéutica. La inmensa totalidad de los congresos que se están llevando a cabo no podrían celebrarse sino fuera por la elevada inversión que realizan los diversos laboratorios e industrias del sector, que, de alguna manera, son los “paganos”, eso si, interesados, de la desidia y mediocridad gubernamental en esta materia.

Yo no critico ni cuestiono el fondo, pero si las formas y me limito a exponer un hecho que es evidente y del que he sido testigo directo, sobre todo en mis tiempos de medico residente. Hoy, asistir a un congreso médico supone un desembolso para el profesional muchas veces inasumible. Las inscripciones son excesiva e injustificadamente costosas; los desplazamientos y alojamientos superan las dietas oficiales de cualquier funcionario; la manutención con frecuencia no está incluida en la inscripción; en fin que sale por “un ojo de la cara” la formación y eso no puede, o no debe, ser.

Para evitar tan elevado dispendio en la precaria economía del medico, aparece la figura “salvadora” de la industria farmacéutica que, con un interés legitimo en que el profesional sanitario se forme y actualice, le ayuda en estos menesteres, para luego quizá, solo quizá, ser “mejor considerada y posicionada” cuando llegue la hora de la prescripción correspondiente.

Yo he organizado infinidad de talleres, cursos y simposios formativos para profesionales de la salud, tanto en España como fuera de ella. Y la inmensa mayoría han sido financiados, patrocinados o exponsorizados por la industria. Pero eso si, nunca he hablado de prescripción, de recetas, ni de medicamentos. Siempre he tratado temas psiquiátrico legales o aspectos de comunicación, autoestima, estrés laboral y salud mental. Por lo tanto conozco a fondo el asunto y me creo moralmente legitimado para hacer las criticas que hago y, también, proferir las alabanzas que lanzo.

La industria farmacéutica durante muchos años ha sido la única vía de formación para el médico una vez acabada su licenciatura/grado. La inversión que los laboratorios han hecho ha sido cuantiosa, y a veces poco o nada rentable para el organizador como era mi caso y el de muchos otros profesionales, pero hacían un servicio muy importante y con eso se daban por satisfechos. Al lado de este planteamiento correcto y honesto viene la perversión y el desatino que en otros casos si hemos visto.

He sido testigo directo de cómo algunos compañeros han recorrido el mundo a todo trapo con la “coartada” perfecta de la asistencia a congresos. “Asistencia” que muchas veces era solo teórica ya que en la practica eran meros viajes de placer envueltos en la coartada perfecta de un congreso. He visto invitaciones fastuosas para ir oriente medio, viajes de fin de semana a Nueva York, realización de eventos en balnearios y spa, reuniones que duraban tres días y solo había unas pocas horas de docencia real. En fin algunos colegas han recorrido el mundo entero y con un nivel impropio a sus ingresos reales gracias a la invitación de la industria del medicamento.

Ahora todo eso parece ser ya historia y el buen hacer y la lógica se ha impuesto, quizá en exceso, ya que hemos pasado del todo vale de antaño, a la austeridad extrema, casi esperpéntica y espartana que ahora impone el llamado código ético. Parece que somos un país de extremos en todo y para todo.

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Tan profundo va a ser el cambio que se nos anuncia ya, que algunos laboratorios solo se van contribuir económicamente en congresos “virtuales” a los que únicamente asistirán físicamente los ponentes o comunicantes, pero aquellos que no participen activamente, (los oyentes) tendrán que verlo por las redes sociales, o bien pagárselo de su bolsillo. Quizá sea una buena idea, no lo se, veremos como se desarrollan los acontecimientos, aunque se me antoja a bote pronto injusta y desproporcionada esta medida.

No quiero acabar mi reflexión sin insistir en la importante labor formativa que la industria del sector farmacéutico ha realizado y siguen realizando en nuestro país. Han llevado y llevan el peso de la investigación sanitaria y de la formación del postgrado y lo hacen muy bien. Pero ello no es óbice para criticar, siempre constructivamente, algunos de los métodos empleados, que espero y deseo, sean sólo historia pasada.

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La enfermedad mental ante la ley

 

PSIQUIATRIA FORENSE

 

Si la Psiquiatría se puede definir de forma genérica como la especialidad médica que se ocupa del diagnóstico, prevención y tratamiento de la enfermedad mental, la Psiquiatría Legal o Forense sería un subespecialidad de la psiquiatría general, que tiene como objeto aclarar aquellos casos en los que una persona, por el especial estado de su salud mental, necesita también una consideración especial ante la ley. De todos es conocido que la enfermedad mental posee una serie de peculiaridades que la diferencian del resto de la patología que afecta al ser humano, dichos matices los podríamos resumir en los siguientes puntos:

-       Reducción o pérdida de la libertad del sujeto frente así mismo.

-       Aparición de estructuras psíquicas nuevas cualitativamente distintas a las que tienen los sanos.

-       Alteración del control de la realidad y de la relación social.

-       Graves dificultades para el control instintivo.

Todos estos aspectos hacen comprensible la preocupación que la sociedad ha sentido a lo largo de los tiempos por la enfermedad mental y sobre todo en su relación con el mundo del derecho, relación que, sobre todo últimamente se ha incrementado de forma importante, al ser invocados cada vez con más frecuencia los trastornos psiquiátricos como causa de atenuación o exención de responsabilidad criminal. Esta obligada interrelación entre dos ciencias tan diferentes como son la Psiquiatría y el Derecho, tanto en lo que hace referencia a sus orígenes y principios fundamentales como a su método de trabajo, origina no pocos problemas y dificultades en su aplicación práctica. Pasemos a continuación revista a aquellos aspectos que pueden ser más interesantes y también más problemáticos en su comprensión.

Imputabilidad.-

Imputar, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, significa “atribuir a otro culpa, delito o acción”. Etimológicamente proviene del latín y tiene el significado de “poner en la cuenta de”, siendo la imputabilidad uno de los problemas más importantes para la psiquiatría legal penal, ya que ella es el fundamento y la base sobre la que a su vez se sustentan la responsabilidad y la culpabilidad. La imputabilidad tiene su origen clásicamente en dos planteamientos derivados de la escuela Aristotélico-Tomista: la CAPACIDAD DE ENTENDER y la LIBERTAD VOLITIVA, o lo que es  lo mismo, que una persona tenga la capacidad sustancial de apreciar la criminalidad y lo injusto de su conducta (sepa lo que hace) y la capacidad de dirigir su actuación conforme a dicho entendimiento (sea libre para hacerlo o no).

Trastorno Mental Transitorio.

Se entiende como tal, una alteración psíquica de intensidad y envergadura muy importante, pero limitada en el tiempo y originada por una causa inmediata y fácilmente evidenciable. Este controvertido y polémico concepto que fue introducido en nuestro ordenamiento jurídico en 1932 por el jurista Jiménez de Asúa y el psiquiatra Sanchís Banús, ha quedado sensiblemente limitado en su uso, empleándose  en la actualidad sólo para ciertas intoxicaciones de gran intensidad y para algunos Trastornos Mentales Orgánicos sobre todo de etiología toximetabólica

Capacidad Jurídica.

Se denomina de esta manera la aptitud que tiene el hombre para ser titular de derechos y obligaciones.  Esta capacidad jurídica la tienen todos los seres humanos por el mero hecho de serlo, aunque puede verse restringida o limitada en virtud de sentencia judicial y según lo establecido en las leyes (Artº 199 del Código Civil).

El mismo texto legal añade que son causas de incapacitación las enfermedades o deficiencias persistentes de carácter físico o psíquico que impidan a la persona gobernarse por si mismo (Artº 200 C.C.). Las causas de índole biológica que pueden ser tributarias de incapacitación serían:

-       La Edad (18 años)

-       La Prodigalidad (Conducta desordenada por la que se pone en peligro el patrimonio de forma injustificada).

-       Enfermedades físicas o psíquicas (siempre que sean permanentes en el tiempo e impidan el autogobierno).

Enfermedad Mental y Delito

La peligrosidad social del enfermo mental es uno de los temas más controvertidos y polémicos de la psiquiatría legal. En los momentos actuales no existen datos objetivos que nos permitan afirmar que el enfermo mental sea más peligroso para la sociedad que los sujetos llamados “normales”. Ahora bien, no tenemos inconveniente en admitir que determinadas enfermedades y durante períodos concretos de las mismas (sobre todo psicosis en las fases de inicio), pueden originar conductas agresivas, incluso con resultados letales, que van a producir en muchos casos una cierta alarma social por lo que tienen de desproporcionadas, incomprensibles y violentas.

Otro problema diferente es el que se plantea con un grupo concreto de enfermos como son los toxicómanos (incluyendo en este grupo al alcohólico) ya que en este colectivo la delictogénesis es mucho más elevada, siendo fruto básicamente de dos situaciones: Por la intoxicación aguda de la sustancia lo que les lleva a cometer actividades violentas y antisociales sobre todo con determinadas drogas de estimulante (anfetaminas, cocaína etc..), o por la deprivación de la substancia (síndrome de abstinencia) seguida de la búsqueda patológica la misma. En ambos casos la peligrosidad criminal y por ende la social del sujeto se incrementa notablemente, pudiendo producirse alteraciones conductuales incluibles en un caso dentro del Trastorno Mental Transitorio, y en el otro cercanos a la Enajenación.

Es absolutamente necesario regular en algunos casos la instauración del tratamiento psiquiatrico involuntario como una forma no solo de disminuir la criminogénesis, sino también la de ayudar a disminuir los estigmas y prejuicios que existen con este tipo de enfermos y de normalizar la percepción social frente a los trastornos y alteraciones psiquiátricas.

 

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Las paradojas de la mente: suicidio ampliado

Estos días he hablado en algunos medios sobre el suicidio ampliado a raíz de lo acontecido en un barrio de Zaragoza, y tengo que confesar que, o no me he explicado con claridad, o quizá no se me ha entendido adecuadamente. Opto sin duda por la primera opción.

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Hay personas que sufren lo que llamamos los psiquiatras depresión con ideas psicóticas de ruina o de culpa. Estos enfermos tienen el convencimiento de que la vida en general no tiene ningún sentido ni valor. No tienen esperanza en nada ni en nadie y lo que todavía es peor, están absoluta y ciegamente persuadidos que sus seres queridos están en la misma situación que ellos: condenados sin remedio a una existencia cruel. Por eso hacen lo que hacen, matarlos.

El crimen ocurrido en Zaragoza es una muestra de compasión y de misericordia, claro está, visto siempre desde la perspectiva de una menta muy enferma, absolutamente desquiciada y enajenada. Solo desde esa óptica se puede comprender lo que ha pasado. Un padre de familia de 72 años, que sufría desde hace tiempo una depresión, da muerte de forma brutal (a martillazos) a su mujer enferma de cáncer, y casi lo consigue con un hijo discapacitado dejándole mal herido. El otro hijo del matrimonio que acudió posteriormente al lugar, también fue herido pero se salvó afortunadamente.

No deberíamos valorar ni juzgar este hecho como un crimen machista. Nada tiene que ver lo ocurrido en el barrio de zaragozano de Santa Isabel, con la violencia de genero por mucho que lo diga el código penal. Esta conducta es fruto de una mente muy enferma, absolutamente perturbada y dañada. No hay odio, ni celos, ni venganza, ni vanidad, ni rupturas. Solo hay creencias delirantes que llevan al enfermo a su ruina humana y social.

La barrera que separa la locura de la normalidad es muy lábil y cualquiera puede traspasarla, al igual que también cualquiera puede tener un cáncer, una diabetes o una hipertensión arterial. Lo que ocurre es que de la mente y su funcionamiento dependen las conductas y actitudes humanas, y de ellas dependen según cual sea el nivel de salud la realización de hechos ya sean heroicos, ya sean execrables.

Estoy seguro que, salvo mejor criterio de los Tribunales de Justicia, el homicida será considerado como un enajenado (denominación clásica del enfermo mental inimputable), y se le aplicará una medida de seguridad, es decir, un tratamiento adecuado a su dolencia.

Sin duda el castigo mayor en estos casos es que la persona recupere la cordura y que el sujeto sea consciente de sus propios actos. El considerar a estas personas vulgares delincuentes, sería, en mi opinión, un agravio y un insulto a los criterios médicos actuales.

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Como ser padres y no morir en el intento

Ser padre o madre es una de las asignaturas más difíciles que existen, y, curiosamente, no nos la enseñan en ninguna universidad. Imagínense por un momento lo interesante y útil que sería poder hacer un “master” o un “expertaje”, de esos que ahora se prodigan tanto, para “aprender a ser el padre o la madre perfectos”. Seguro que habría grandes colas para poderse matricular en cualquiera de ellos.

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Sería fantástico poder saber con certidumbre lo que hay que hacer en cada momento con los hijos. Cuando hay que hablarles y cuando no. Cómo hay que hacerlo. Qué tipo de castigos o de correcciones es más conveniente aplicar. A qué horas pueden llegar. Qué hacer cuando el rendimiento académico es insatisfactorio. Cómo saber si las amistades que tienen son las mas apropiadas. Qué actividades deben hacer como complemento de sus estudios. Qué tipo de deporte les conviene más. En fin, en pocas palabras, saber educar correctamente a los hijos.

Pero mientras no dispongamos de esas fantásticas “escuelas de padres”, yo me he permitido la osadía de darles algunas recomendaciones extraídas tanto de mi experiencia personal, como de lo que he visto en mi consulta, a la que por cierto cada vez acuden con más frecuencia padres agobiados por la malas relaciones que tienen con sus hijos y por los problemas de convivencia que les produce todo ello.

 

imagesLo primero que me gustaría llevar a su ánimo es que ser padre o madre es una experiencia realmente interesante desde la óptica psicológica, fascinante desde el punto de vista humano y ciertamente compleja desde la perspectiva pedagógica. Pero también quiero significar algo obvio pero que se olvida con frecuencia. Ser padre o madre es absolutamente natural, fisiológico y para lo que se precisa, sobre todo, mucho interés y elevadas dosis de “sentido común”. Si, de ese que como reza el tópico es, habitualmente y por desgracia, el “menos común de los sentidos”.

En el momento presente existe una desmesurada hiperprotección hacia los hijos. Los padres no sólo cuidamos a nuestros retoños, sino que en cierta manera les “agobiamos” con nuestro exceso de celo impidiéndoles madurar de forma adecuada. No olvidemos que madurez significa, ante todo, tolerancia ante la frustración, ante la adversidad, ante los contratiempos y avatares de la vida. Una persona que no ha sufrido y que no es tolerante, es, en principio y siempre, una persona inmadura.

Los padres tenemos la obligación de frustrar a nuestros hijos. Eso sí, hay que hacerlo con cariño, con medida, con tiento, con prudencia. De forma razonable y proporcional al periodo evolutivo en el que el muchacho o la muchacha se encuentre. Todas las personas, pero los niños y adolescentes más, nos movemos por el “principio del placer”. Es decir, por la tendencia a realizar aquellas actividades que son más cómodas para nosotros y desechar las que nos supongan esfuerzos (principio de realidad).

Es necesario que los padres preparemos a nuestros hijos para soportar las adversidades y contratiempos que la vida les va a originar. Es, insistimos, indispensable “frustrar razonablemente” en el hogar a los hijos, para de esta forma evitar, que cuando salgan fuera de él y se enfrenten con el mundo, cuando nosotros ya no estemos para protegerles, los problemas y contratiempos les hagan un daño mucho mayor, a veces un daño irreversible.

Los padres debemos ser ante todo padres, y no pretender ser los “amigos” de nuestros hijos, los “colegas” como dicen ellos, actitud esta que por cierto se ha puesto muy de moda últimamente invocándose como una forma de progresismo a mi modo de ver absurda e inconveniente pedagógicamente hablando. Por supuesto que es imprescindible hablar, dialogar, bajar a su nivel, ser comprensivos, tolerantes, ceder, darnos cuenta de las angustias e incertidumbres que la maduración de la personalidad origina. Pero ello no quiere decir que cometamos el error de querer ser como un compañero más. Somos los padres y como tales debemos constituir un referente y un modelo que ellos quieran y deseen imitar.

Por lo tanto, dialogar y comunicarse con ellos siempre. Pero ceder por sistema a sus chantajes y caprichos, tolerar reiteradamente sus desmanes, no corregir sus equivocaciones, aguantar permanentemente sus impertinencias, nunca. Los padres tenemos la obligación de sentar un principio de autoridad y servir de referencia y modelo. Ello, además de necesario para una buena convivencia familiar, es muy útil y ventajoso para el desarrollo y equilibrio psicológico del muchacho o muchacha. Por ello hay que saber castigar, o si lo prefieren corregir, las actitudes y comportamientos inadecuados que hayamos observado. Cierto que el castigo a de ser proporcional al hecho, que debe tener también una cierta inmediatez y nunca ha de ser una forma de descargar nuestra agresividad. Pero, mientras el ser humano este hecho de la pasta que esta, el castigo es necesario. Absolutamente necesario para fortalecer y encauzar la personalidad del joven.

Que es difícil ejercer el “oficio” de padre o de madre creemos que nadie lo puede cuestionar. Pero también es una de las tareas más hermosas que un ser humano puede realizar. ¡Ánimo y adelante!. Con un poco de buena voluntad, grandes dosis de paciencia, y un aceptable sentido común, el trabajo está medio hecho y es muy probable que cuando echemos la vista atrás nos sintamos satisfechos de la labor realizada.

 

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¡La vida es un circo!, no se la tome en serio.

Efectivamente, si lo pensamos bien, la vida es un circo, un enorme y atractivo circo donde cada uno de nosotros interpretamos un papel. Unos hacen de domadores, otros de trapecistas, otros de payasos, otros de funambulistas, otros de saltimbanquis. En fin, cada uno, parafraseando el conocido refrán popular, “según lo que natura le ha dado y Salamanca le ha prestado”, representa lo mejor que puede su papel en este mundo.

¿Sencillo, verdad?. Pero a pesar de ser sencillo y evidente hay personas que se empeñan en vivir la vida, la efímera y corta vida de la que disponen, llenos de angustia y de pesares. Hay individuos que tienen, lo que algunos han dado en llamar con cierto tono humorístico pero con mucha razón, el “arte de amargarse la vida”. Pero cuidado, no es que voluntariamente quieran vivir y ser de esa forma. No son masoquistas, en absoluto. Son personas enfermas que tienen un precario control sobre sus sentimientos y afectos. Son sujetos que se anticipan negativamente al futuro; que no se perdonan sus errores; que rumian una y otra vez ideas absurdas que les hacen padecer intensamente; que tienen miedos irracionales e ilógicos. En definitiva, son pacientes que sufren esperpéntica, innecesaria, y también, aunque nos parezca mentira, inevitablemente durante toda su vida.

Lo que antaño llamábamos neurosis es lo que la psiquiatría moderna llama ahora “Trastornos de Ansiedad”. La verdad es que, además de sonar mejor,  esta denominación es mucho más precisa y correcta. Ser neurótico ha sido, y todavía sigue siendo, un insulto. En cambio sufrir un trastorno de ansiedad tiene otra connotación mucho más aceptada por la sociedad actual. Es un término más suave y que nos suena mejor.

Se le llame como se le llame el denominador común y la base de todas las conductas y comportamientos neuróticos es la ansiedad. Claro está, una ansiedad que es siempre excesiva, desproporcionada, incongruente, absurda, inmotivada, o, si lo prefieren, irracional e ilógica. Pero cómo, doctor, ¿Es que hay ansiedad normal?. Por supuesto que sí. No tengan la menor duda. Tener ansiedad es saludable y hasta necesario para desarrollar determinadas actividades con eficacia y eficiencia. Todos a lo largo de nuestra vida tenemos que superar obstáculos, y enfrentarnos a situaciones difíciles e incluso hostiles. La mayoría de nosotros debemos saltar barreras y capear problemas. Pues bien, para todo ello hace falta tener ansiedad. Una ansiedad moderada que nos estimule. Una ansiedad proporcional a la situación. Una ansiedad natural que nos haga estar atentos ante las dificultades, y que de esta forma nos sea más fácil superarlas. Ese tipo de ansiedad es buena, saludable y necesaria. La otra, la enfermiza, la patológica, es una de las peores cosas que nos puede ocurrir.

Los “neuróticos” de antes ansiosos de ahora no necesitan enemigos. Ellos son sus peores enemigos. Los problemas y adversidades no están fuera, en el mundo que les rodea, sino dentro de su mente enferma. Ellos mismos todos los días se ponen un montón de chinitas en su camino y hacen de su vida un problema constante. Ante el más mínimo contratiempo o adversidad se desencajan. Se agobian, se preocupan de forma tan innecesaria como incontrolable. No viven la vida, la malviven llenos de temores y de preocupaciones por algo que, o no ha ocurrido, o si ya ha pasado, no tiene en ningún caso la importancia y trascendencia que ellos le dan.

La ansiedad, y en general todos los trastornos neuróticos, son enfermedades muy molestas. El paciente además de sufrir se encuentra solo. Profunda y desconsoladamente solo. Su familia, amigos, vecinos, compañeros, jefes, hasta el señor que le vende todos los días el periódico, todos les dan buenos consejos. Todos le dicen lo mismo: ¡Pero hombre, no te preocupes por eso. No ves que no tiene tanta importancia. Tranquilízate que todo irá bien! Sin embargo nuestro personaje, el neurótico, es incapaz de hacerlo. Tiene miedo, inseguridad, dudas, incertidumbre, angustia que no le es posible controlar a través de la voluntad.

Ese es precisamente su gran drama personal. Es consciente de que esta agrandando y distorsionando los problemas y las dificultades. Se da cuenta de lo absurdo de la situación, de lo inútiles que son sus agobios. Pero no tiene a penas control sobre todo ello.

Sólo un tratamiento médico serio y prolongado le ayudaran de verdad y le pondrán en el buen camino permitiéndole eliminar la ansiedad que le sobra y que le bloquea. Recuérdenlo siempre y no se dejen engañar. Cuando la ansiedad es patológica y no es la respuesta proporcionada ante un acontecimiento vital; cuando la tristeza deja de ser un sentimiento y se convierte en una enfermedad; cuando las obsesiones nos atormentan y nos obligan a hacer rituales compulsivos; cuando los miedos que nos invaden son irracionales y nos llegan a impedir tener una vida corriente; cuando sufrimos por temores indefinidos y por desgracias que no han venido; cuando creemos que tenemos todo tipo de enfermedades a pesar de las múltiples exploraciones que nos han hecho. Cuando todo esto ocurra no sea tonto. No se deje tomar el pelo por esos personajillos de tres al cuarto que con pócimas misteriosas, rocambolescos ejercicios y prácticas de todo tipo le prometerán una curación que no conseguirán y lo que es peor, le harán perder un tiempo precioso, además de disminuir sustancialmente su cuenta corriente.

 

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