Encerrado en el infierno

“Los Seres Humanos somos animales sociales y tenemos que interactuar con otras personas. Escuchar, ver, tener una conversación agradable, comer una buena comida… Ese tipo de cosas fueron las que me privaron y de las que fue imposible disponer. Lo único que podíamos ver eran soldados norteamericanos, interrogatorios, traductores y torturas”, sentencia recordando los cinco años que pasó privado esos placeres de la vida. Esos placeres que son despreciados por la Humanidad hasta que se ven privados de ellos. No hay mayor condena para un hombre que estar relegado a la oscuridad y a la soledad de una celda…

Ezatullah Nastayar escenifica, mejor que nadie en este mundo, la demencia de la guerra. Él conoce, de primera mano, la brutalidad del Ser Humano para con otro de su misma especie. “A algunos presos los carceleros les empujaban y les pegaban. Cuando los llevaban de la celda a la sala de interrogatorios también les pegaban por los pasillos. A veces, les echaban un espray en la cara y en el cuerpo para inmovilizarlos. Cuando nos trasladaban a la sala de interrogatorios íbamos encapuchados y esposados con las manos a la espalda”. “En varias ocasiones vi con mis propios ojos cómo otros prisioneros eran torturados y cómo los guardias les pegaban… A mí nunca me pegaron”, puntualiza con un gesto de alivio.

George W. Bush, ex Presidente de Estados Unidos, legó al mundo dos guerras (Afganistán e Irak) y un lugar de infausto recuerdo para miles de personas, entre ellas Ezatullah. “Guantánamo es el infierno en la tierra”. Este afgano pasó, nada más y nada menos que cinco largos y penosos años encerrado en la cárcel cubana. Ese mísero lugar donde el adalid de la paz y la justicia global condenó (sin juicio- y muchas veces sin cargos firmes) a todo aquel que rezumaba un tímido tufillo a Islam…  Guantánamo escenifica la puñalada que el mundo libre asestó al corazón de los Derechos Humanos. Ningún país occidental ha levantado una queja formal. Nadie ha pedido que el responsable sea juzgado por el Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra. Todos hemos callado… Todos somos cómplices… Sordos ante el lamento de los que allí tuvieron que penar bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo global y la amenaza latente de Al Qaeda (los mismo que ahora estrechan manos a unos ‘políticos’ de dudosa pasado en la Nueva Libia- el petróleo es capaz de limpiar expedientes y dejarlos impolutos).

“Todavía no sé porque me arrestaron y de qué cargos me acusaron. No sé en qué tipo de pruebas se basaron los cargos. No tuve opción de que mi proceso fuera revisado por ninguna organización de derechos humanos… Sigo sin saber en base a qué me arrestaron”, se queja. Su caso no es aislado… Cuando comenzó la Operación Libertad Duradera en las estepas afganas cientos de afganos fueron trasladados a Guantánamo acusados de pertenecer a Al Qaeda; pero el tiempo ha ido poniendo las cosas en su sitio y muchos de los que pagaron una dolorosa penitencia en la bahía cubana fueron vendidas por Señores de la Guerra o mafiosos de medio pelo; que vendían a sus compatriotas a granel a los norteamericanos. ¿Cuántos de los miles de presos que pasaron por Guantánamo han sido condenados? ¿Alguien se disculpó? “No. Nunca nadie me pidió perdón por nada… y si no me pidieron cómo me van a dar algún tipo de compensación económica. Desde que salí de Guantánamo no he podido recuperar mi vida. No he podido trabajar porque todavía estoy traumatizado de aquella experiencia.   Después de todo lo que he pasado… con este trauma no puedo tener una vida normal”, finaliza maldiciendo la vida que le ha tocado vivir ahora en libertad.

Ezatullah Nastayar, al igual que su padre (que también pago en Guantánamo a pesar de ser minusválido) durante la ocupación soviética perteneció al partido Hizb-e-Islami, uno de los más importantes de Afganistán. Financiado con dinero y armas provenientes de la CIA, los milicianos lucharon ferozmente contra el diablo comunista para expulsarlo del país. Pero no todos los cuentos de hadas acaban con final feliz. Tras la caída de las Torres Gemelas los antiguos amigos tornaron en enemigos y Ezatullah Nastayar, que había sido designado por el gobierno de Hamid Karzai como representante de proceso de Desarme, Desmovilización y Reintegración (DDR, por sus siglas en inglés) fue detenido. “Karzai me eligió para encargarme del desarme de los talibanes del distrito de Srobi. Guardaba las armas en mi casa junto con el dinero con el que pagaba los salarios de las 50 personas que trabajaban para mí. Cuando los americanos registraron en mi casa me arrestaron. Me acusaron de tener conexiones con Hizb-e-Islami y con los talibanes. Además de planear ataques contra las Fuerzas Internacionales”, recuerda.

Tras ser arrestado, Ezatullah pasó 18 días en la base aérea de Bagram. Este lugar, de infausto recuerdo para los muyahidines, era, en época de los soviéticos, la cárcel más famosa de todo Afganistán. “Me afeitaron la barba y me dijeron que me iban a llevar a Guantánamo. Me metieron en un avión con otras 30 personas. Nos bajaron del avión con la cabeza tapada y con las manos esposadas. Nos desnudaron, nos colocaron el mono naranja y nos llevaron a una celda de aislamiento donde pasamos un mes”. “Cuando llegué pensaba que esos iban a ser los últimos días de mi vida… Si el suicidio no estuviese prohibido en el Islam no solamente yo, si no cada uno de los presos de Guantánamo hubiésemos cometido suicidio”, se sincera.

El ingenio diabólico que ideo el campo de concentración de Guantánamo le dividió en diferentes áreas donde ir premiando a los presos según su grado de docilidad, cuales perros en un experimento de Paulov. “La vida en el campo 1 y 2 era normal. En el 3 fue horrible. En el 4 estuve bien y en el 5 la vida también resultó difícil. En el campo 3 no nos daban suficiente comida, ni pasta de dientes, ni suficiente ropa, no teníamos cama para dormir y los soldados nos maltrataban psicológicamente…”, afirma Ezatullah Nastayar.

En lugares como Guantánamo es donde el mundo libre ha comenzado a perder la razón…

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