Arrioladas y apostasías

Con las candidaturas aún por rellenar, con los consensos cuidadosamente ocultos, con el tiempo atmosférico y político aún impredecibles, las urnas en Cataluña esperan sus peces de colores.

A estas alturas no se puede hacer pronósticos, ni siquiera basados en las encuestas al gusto del consumidor que nos ponen en cada desayuno al lado de la mantequilla. Sí se podrían anticipar, sin embargo, algunas conjeturas, basadas en la racionalidad remota de las reacciones de los políticos y de los que, no siéndolo, mueven los hilos de la política. Pero las arrioladas son un ejercicio que no compete a este manual para esperanzados utópicos.

La actualidad judicial nos indica que todos los que están sometidos a procedimiento han apostatado de la declaración unilateral de independencia. Sincera o no, su rectificación, ha quedado inscrita, para desesperación de algunos, decepción de otros muchos y leve regocijo de quienes se consideren autores del prodigio.

En la campaña electoral tratarán de disimular el arrepentimiento con argumentos como la insoportable gravedad de ver la vida tras los barrotes y, para hacerse perdonar, dirán que su apostasía del independentismo por las bravas es momentánea y oportunista, aunque siempre con exquisito cuidado, no vaya a llegar a oídos del juzgado su impostura.

Y ¿luego? Digan lo que digan las urnas, la tabarra para los próximos años será el referéndum pactado. Y a este coro se unirán en una incesante carrera de relevos los siempre bien timbrados ochotes vascos, los comunes, las mareas y toda la tipología rupturista que, para abreviar, llamaremos el pablismo.
Esta demanda, por organizada que esté y por pesada que se ponga, nunca podrá llegar antes de la reforma de la Constitución del 78 y eso, en el supuesto de que esta reforma habilitase el tipo de referéndum que se pide, que ya veremos.

Como lo anterior se tomará, a buen seguro, su tiempo, los catalanes no políticos profesionales pueden ir pensando en reorganizar su vida en común, en trabajar como siempre, con ahínco, en exigir que las instituciones velen por sus derechos y sus necesidades vitales y en oxigenarse en su preciosa tierra o en las que tienen más próximas, donde nunca les van a considerar extranjeros.

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