Europa merece la pena

Europa, una larga paciencia, decía Leopoldo Calvo -Sotelo, cuando para los españoles todavía era un objetivo. Europa, una larga paciencia, ahora cuando cuatro potencias europeas se reúnen en París y posan en la fotografía los representantes de tres países signatarios del Tratado de Roma, Alemania, Francia, Italia y el representante de un país que lleva la mitad de tiempo que ellos en la Unión, España. Es una foto simbólica  si se le da esta lectura, pero aquí  lo hemos despachado con un par de gracietas de mal gusto sobre las personas y no sobre lo que representan.

Poco antes de esa reunión, la Comisión Europea, por boca del besucón Jean-Claude Juncker, emitía un papel en el que esbozaba de manera simplista y casi escolar cuales eran las posibles salidas para una Europa traumatizada por el desplante británico y la pésima evolución del populismo interno en Holanda, Francia, Alemania, Italia, Hungría…  y, al mismo tiempo, instruía a los estados para que tomen medidas contra la inmigración ilegal. ¿Cabe mayor torpeza?

El desafortunado mensaje de Bruselas se resume en dos ideas. Por un lado, las pérdida real del Reino Unido cambia radicalmente la trayectoria de la Unión Europea y por otro lado, si no irritamos demasiado a los grupos más reaccionarios, podemos seguir adelante, pero renunciando a la mayor. Ni el Reino Unido va a dejar de ser Europa ni Europa va a dejar de ser lo que es con el Reino Unido fuera de su estructura. Y, en cuanto a los movimientos reaccionarios, ningún paso atrás de la Europa de la libertad va a calmar su miedo a la diversidad.

Para quienes hemos vivido con pasión la peripecia europea de España (mis primeros artículos sobre el destino europeo de nuestro país datan de 1970), vivimos la situación con zozobra, con pesadumbre, con una tremenda frustración y con mucha responsabilidad por nuestra parte. Dimos por hecha la irreversibilidad del proceso y bajamos la guardia. Yo entre los primeros, lo confieso. Las generaciones que hoy están en las cercanías del poder no tuvieron aquel objetivo político y personal, por lo tanto no lo valoran. Y no hay que reprochárselo. Para ellos, Europa es una rutina, unas veces agradable y otras veces molesta, pero rutina, al fin y al cabo.

La pregunta que hoy me formulo a mí mismo es muy sencilla. ¿Merece la pena Europa? Y me viene una respuesta larga y llena de matices. Y me sorprendo a mí mismo. ¿Me he quedado en un europeísta tipio? Me rebelo ante esa idea. No puede ser que tantos millones de personas en el tiempo estuviéramos tan dramáticamente equivocados. No puede ser que los millones de muertos que sonrieron en sus tumbas cuando por fin se firmó la paz en Europa con el Tratado de Roma de hace sesenta años queden defraudados.

Si tuviera a mano a los dirigentes europeos de hoy, solo les diría, merece la pena.

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