Aún es tiempo

He leído un artículo, con un cierto runrún brechtiano, de la cineasta catalana Isabel Coixet. Habla de como la combinación perversa entre desentendimiento de unos y marginación por otros deja fuera de juego a una parte muy importante de la población de Cataluña. Ocurre siempre en los procesos que se saltan la normalidad democrática, que frente a la presión y movilización de unos, se opta por la confianza en que sus fogatas de artificio se apagarán en algún momento.
El problema es que la historia nos enseña que esos chisporroteos, con frecuencia derivan en pavoroso incendios de la legalidad, especialmente en lo que atañe a las libertades individuales de los que esos mismos airados consideran tibios, conformistas, gentes sin principios, al fin y al cabo.
Nunca me atrevería a calificar de cobardes a quienes frente a la presión, toda presión es un ejercicio de violencia en mayor o menor grado, deciden esperar a ver, confiar en que la torpeza humana tiene límites o en que habrá alguien en alguna parte encargado de sofocar el incendio.
Comprendo y participo de su frustración. Porque su confianza es sincera y porque yo también creía en algún momento que en una democracia del siglo XXI debía de haber alguien, en alguna parte que resolviera los problemas de la gente. Y comprendo y participo de esa angustia de comprobar que no es así y, lo que es peor, de que estábamos equivocados.
En la democracia representativa, la mía, la que yo quiero y en la que confío, no todo puede estar delegado. Hay recintos, como las convicciones, como los sentimientos, como los valores, que son por naturaleza indelegables y, por tanto, es de nuestra única responsabilidad su mantenimiento y eventualmente su defensa.
Los que han callado y los que se han dejado llevar, en Cataluña y en el conjunto de España, tienen ahora la oportunidad de evitar que los vociferantes (espero que se queden en eso, en vociferar) usurpen sus derechos, sus convicciones, sus sentimientos, sus valores. Hay tiempo.

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Con un mapa es suficiente

El secretario general del PSOE ha superado la fase institucional de su retorno y, salvo el grave inconveniente de no ser diputado, todo vuelve por donde solía. Trata de componer una mayoría artificial para llegar a desbancar a Mariano Rajoy de la jefatura del Gobierno y se supone que al PP de su poder actual. La iniciativa es puro voluntarismo. Quiere situarse Sánchez entre Podemos y Ciudadanos, o sea, ser el centro entre el centro-derecha y la izquierda radical. La cuerda floja.
Esta maniobra de amplio espectro parece que es el único objeto de su preocupación, ya que el verdadero compromiso político del momento se sitúa muy lejos de estas veleidades. Ese compromiso no es otro que dirimir si España conservará su territorio y su población actual o se divide en dos o tres o cuatro o “n” partes.
Para este conflicto territorial, la nueva respuesta de Sánchez es la plurinacionalidad. Ya ha pasado por el federalismo, el cuasifederalismo, la profundización del modelo autonómico y no recuerdo cuantas fantasías organizativas más. El nuevo hallazgo ha sido ilustrado por una adlátere de Sánchez con el modelo de República Plurinacional de Bolivia, que reconociendo más de un centenar de variedades raciales de su población, mantiene un estado unitario regionalizado.
La plurinacionalidad boliviana es como la que se mencionaba en los western de John Ford para las tribus indias, la gran nación siux, la gran nación comanche. Aquí me temo que no tenemos diferencia racial alguna entre los actuales españoles. ¿O sí?
Superada la desafortunada explicación a bote pronto, el nuevo enunciado sigue sin explicar nada. La pregunta del millón que tiene que responder Sánchez es la misma que le hacía cuando hablaba de federalismo. ¿Cuántas nacionalidades son las que completan esa pluralidad? ¿Cuáles son?
Llevamos años con este asunto abierto y los tránsitos de nomenclatura del PSOE no arrojan luz alguna. ¿Tan difícil resulta pintar un mapa con las nuevas particiones ?

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Progreso, en dirección contraria

El sistema democrático es generoso. Sobre todo es generoso con sus actores principales y secundarios. De esa generosidad se ha servido el jefe de la izquierda extrema (lo otro que queda aún más a la izquierda es post-terrorismo) para platear un lance parlamentario llamado moción de censura. La versión ampliada de las sesiones de control parlamentario ha permitido un conocimiento más amplio de lo que ese grupo representa ideológicamente y de lo que es capaz de ofrecer a la sociedad española. Desde ese punto de vista podríamos estar agradecidos a la sesión continua del martes y miércoles. Y utilizo deliberadamente la expresión cinematográfica porque el show ha tenido el mismo aroma rancio y penetrante del ozonopino Rui-Ram que esparcían los acomodadores del cine del barrio poco antes de empezar la sesión y que permitieron al gran Jardiel acuñar aquel término afortunado de “ozonoopinión”.
Pues bien, la ozonoopinión que tengo tras la maratón es claramente peor de la que tenía antes. Mi curiosidad impenitente se ha saldado con un cambio a bastante peor de lo que yo creía antes.
La capacidad de inventar la historia, la apropiación indebida de hechos y causas, la soberbia alimentada por la ignorancia, la invención de derechos a medida, la falsificación del pensamiento progresista, han sido tan palmarios en los discursos de kilometraje castrista de los portavoces de esta amalgama de grupos, que han dejado sus desnudeces a plein air.
Está ocurriendo a izquierda y derecha que las supuestas alternativas que se jalearon en los últimos años tienen una acusada vocación de bisagra, de instrumental auxiliar para los dos partidos que administran España desde hace cuarenta años. Uno esperaba que, tras esa experiencia de cuatro decenios, sobre los que no escatimaría ni un solo adjetivo favorable, la política alumbrara algo original a diestra y siniestra, pero se ve que no. Que no hay un repuesto que aporte algo que no sea la menor edad relativa de los ofertantes.
El país que ofertan la Pasionariazara y el Chavezitomango es más negro que gris. Es un país pobre y triste. Es un país de funcionarios adeptos, de subvenciones como retribución, de clientes sumisos y de muy poca calidad democrática. El progreso, en dirección contraria.

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El ajuste y el billón de deuda

Algún día, un economista meticuloso nos dirá con exactitud en que consistió el “inhumano y cruel” ajuste económico derivado de la crisis de 2008 a 2015. Para lo que no tenemos que esperar es para saber la demasía de gasto que se produjo en en esos años, en los que la deuda pública brincó desde 362.890 millones en 2008 a 916.929 millones en 2015, o lo que es lo mismo, desde el 32,5 por ciento al 85,2 por ciento del PIB. Son 554.039 millones, salvo error u omisión, lo que el Estado se excedió en sus cuentas, una cifra considerable, grosso modo, algo más de la mitad del PIB español.
A menos que entendamos que ese medio billón largo se nos fue por las cañerías sin mover molino, habría que pensar que los recortes, calificados con el melodramatismo que lo hacen algunos partidos políticos, algunos sindicatos y algunas asociaciones pías, no fueron para tanto. Y es que algunos confunden las penurias personales de los perjudicados por la crisis, como los que perdieron sus empleos en el sector privado y en la facción arbitraria del sector público, con los recortes presupuestarios, corregidos, ya sabremos en qué medida, por la puerta de atrás, con unas emisiones de deuda elefantiásicas.
A lo mejor, de lo que hay que hablar es del empleo de los recursos, de cómo se gastó y en qué se gastó en el maldito periodo, más que de aquello de lo que no se dispuso. Ocurre que nuestros políticos se mueven permanentemente por slogans, frases tópicas y, más recientemente, twits, y no tienen el menor interés por pasar de lo epidérmico a lo profundo, no vaya a ser que su esquematismo sea sólo una ligera capa de pintura sobre la realidad.
Espero con mucho interés ese meticuloso estudio sobre el gasto público sobre la crisis y confío en que no me fuercen a ser yo quien lo haga recurriendo a la cuenta de la vieja. ¡Qué pereza!

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Gobiernos en la sombra y tontos al sol

En esta etapa política en la que la transparencia de los poderes públicos se ha convertido en la mayor exigencia ética y, como envés, en la mejor garantía para los ciudadanos, se dan fenómenos inquietantes de paralelismo de poder y de uso arbitrario de la información en beneficio de parte. Sé que lo que digo es muy grave, pero no conviene callar.
Si Putin ofrece hacer pública la transcripción de la conversación de Donald Trump con el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, además de una broma macabra, estaríamos ante una supuesta aportación a la transparencia que no tiene nada de constructiva y, mucho menos, de generosa. Medio mundo sabe (y al otro medio no le interesa, porque si no, lo sabría también) que el presidente de Estados Unidos depositó en el ministro ruso información que un tercero le había proporcionado para su exclusivo conocimiento y utilidad en la lucha contra el terrorismo islamista. El cinismo de Putin al ofrecer contar como discurrió esta reunión no tiene disculpa. Sabe y quiere decir porque, estrictamente, le conviene.
También tenemos en España algunos casos de utilización interesada de la transparencia arrojadiza. Y es bien inquietante que sean algunos funcionarios los que utilicen su conocimiento de una situación cualquiera, obtenido por razón de su empleo, para hacerlo llegar al público amparándose en la transparencia debida, sin atender a disciplina ni procedimientos.
Conocemos todos los días grabaciones telefónicas en su literalidad, textos de correo electrónico entre particulares cuyas intervenciones, por su abundancia, deben expenderse con manivela; simples indagatorias convertidas en heroicas aventuras policiales o judiciales… todo revestido de celofán transparente, pero con una indudable intencionalidad y sesgo.
A los partidos políticos no parece interesarles ni la legalidad o no, ni la oportunidad o no, ni el abuso o no, que suponen estas prácticas, porque viven de ello, alimentan su presencia pública con ello y esconden su mayúscula vagancia institucional con ello.
Abriendo de nuevo el zoom, se trata, con los necesarios matices, de lo mismo que los casos Assange, Snowden o Falciani. No importa la inmoralidad de sus conductas, la falta de fidelidad a sus instituciones o empresas, la ausencia absoluta de principios, son héroes de la transparencia, medida su heroicidad en seguidores en internet, incapaces de discernir entre una información y una memez.
¿Y sus víctimas inocentes, mientras no se demuestre lo contrario?

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Errores, delitos y cazarrecompensas

Esta política que sufrimos nos obliga con frecuencia a retomar los libros, a rebuscar apuntes, a dedicar un tiempo a pensar. Siendo así, deberíamos agradecer a nuestros retorcidos jerarcas los esfuerzos que hacemos por entender su conducta. Pero no. Yo no les agradezco nada, entre otras cosas, porque cualquier piedad con ellos sería tomada como un apoyo, una asistencia o una conformidad con lo que hacen. Y hoy por hoy, ninguno lo merece.
Uno de los asuntos sobre los que me siento obligado a volver y desempolvar es la diferencia abismal entre el error y el delito, diferencia ominosamente ignorada por los medios de comunicación, por periodistas y por supuestos expertos que actúan como cazarrecompensas y también soslayada en una mayoría de las instrucciones judiciales.
Según los nuevos inquisidores, el gestor público debe pagar por sus errores, no sólo en términos políticos, sino penalmente. Unas veces es por pura ignorancia y otras se sostiene que el error ha supuesto un perjuicio a lo público. Y, ay, lo público es sagrado.
Tengo para mí que hay casos en los juzgados en los que una parte de los encartados no son ni en apariencia culpables de un delito, sino gestores que han tomado decisiones que, analizadas ex post, pueden resultar erróneas. Aún más, gestores que toman decisiones derivadas de sus postulados y programas políticos y que otros partidos reprochan penalmente, en busca de rentabilidad política.
En ningún caso intento que las conductas penalmente perseguibles lo sean con la contundencia que exige la ley. Sólo pido que en las aguas pestilentes de la corrupción no se ahoguen conductas no delictivas, errores administrativos, fiascos de expectativas, operaciones fallidas que el mundo privado se cometen todos los días, sin que sus consecuencias lleguen más allá de un cese por incompetencia.

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El tic totalitario y el impuesto azucarado

Una nueva y peligrosa intromisión de un gobierno, en este caso el de Cataluña, en la vida de los individuos. En Cataluña, el consumo de bebidas con azúcar está económicamente penalizado con un nuevo impuesto a sumar a los que ya le corresponden. Por supuesto, la insuperable injerencia administrativa está revestida del buenismo al uso: el azúcar es malo para la salud, o sea, lo mismo que pensar o que respirar el aire de una gran ciudad (por eso se limitan los derechos ciudadanos a circular libremente en su entorno).

La estupidez sin paliativos de esta norma, solapada por esa preocupación de un gobierno por la salud de los ciudadanos, es rotunda. Nada podrá impedir (¿o sí?) que un ciudadano pida dos estuches de azúcar para su café, exija que le expolvoreen los churros con azúcar glasé o que se atiborre de bollos recubiertos de azúcar. Los fervoroso de la nueva cocina, en la que la cebolla caramelizada se ha convertido en ingrediente imprescindible, por el momento podrán pedir doble o triple de cebolla caramelizada. Chupachups, piruletas y demás chucherías también están libres de penalización fiscal (entre otras cosas, porque la sanidad pública no cubre las caries y las extracciones dentarias).

La escalada de intromisión de los gobiernos en la vida de los ciudadanos, hasta en la más íntima, roza el autoritarismo. La individualidad es atropellada a diario por cualquier concejalillo, que exhibe la pancarta del bien común y de lo mucho que se preocupa por los demás. Ya deciden qué cine o que teatro se puede ver en sus salas (que con frecuencia son las únicas en muchos lugares), qué libros hay en sus bibliotecas, qué artistas pueden mostrar la obra en sus espacios, quién y cuándo puede llegar a su centro de la ciudad en el coche… Injerencias y limitaciones siempre selectivas, claro, no vaya a ser que algún lobby amigo se sienta perjudicado. Y ya sabemos los que eso puede significar. Todo por nuestro bien espiritual y corporal. ¡Qué sarcasmo!

En la mayoría de los casos, estos prebostes se manifiestan partidarios del derecho a la eutanasia y a la muerte digna (yo lo soy de ambas, porque son decisiones que aún son individuales y no están gravadas con una tasa), pero por las causas que a ellos les convienen. Borrachera de ideología, ruina fiscal, miseria cultural, disolución moral, falta de expectativas, son sus principales recomendaciones para que la diñemos, a ser posible, antes de cobrar la pensión.   

 

 

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Esencias, existencias y disidencias

En el punto de partida de las elecciones primarias en el Partido Socialista habrá tres aspirantes. Al final de esta carrera ya veremos quién acaba concurriendo a las urnas. Para empezar, los tres candidatos están obligados a decir aquello tan manido de que una vez decantado el secretario general, hay que hacer una piña con él. Es ritual, pero nunca ha sido verdad, como hemos presenciado en la lidia de Podemos en Vistalegre, en la que claramente el número dos salió escaldado de la confrontación con el número uno y sus ideas han sido enviadas al desván de las cosas que nunca existieron.

El PSOE juega la carta de las personas antes que la carta ideológica, estratégica y táctica, que la fijará el congreso del partido. Un juego arriesgado, habida cuenta de que las ponencias van por un lado y la votación del secretario general por otro. Si el nuevo líder no está de acuerdo con lo que salga del Congreso, ¿qué hará?, ¿marcharse como hizo Sánchez tras la constitución de la gestora y la decisión de ésta de desautorizar su política?

En los partidos políticos (y en otros órdenes de la vida) la ortodoxia la define quien tiene el poder; el administrador de las esencias es quien tiene la caja y quien hace las listas. No voy a negar la existencia de las difusas ideologías que caracterizan a cada partido, ni las tradicionales estrategias en la esgrima política, pero son solamente una referencia sentimental.

Ningún partido ha sido clemente con la disidencia, aunque haya medios más sutiles que otros en aplicar los grados de crionización del perdedor. En la izquierda, la manera de sobrevivir ha sido crear una nueva internacional (a escala nacional, un nuevo grupo político) que reclama para sí  las esencias. En la derecha se dan más los exilios áureos, si puede ser a costa del erario, mejor.

Cuando acabe la carrera por la secretaría general del PSOE, habrá vencedor y vencidos. El ganador encarnará la ortodoxia, y lo que diga el Congreso se interpretará de acuerdo con ella. A los perdedores les considero, desde ya, amigos míos, que soy un sentimental.

 

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El traspiés liberal de míster C

La política de los días sirve como ejemplo de las ideas o de las malas ideas. No es completamente cierto que la política traicione los idearios, es sólo que la cortedad de miras de la política práctica se impone con facilidad sobre las ideas, la cordura y la coherencia. Si todos los políticos fueran consecuentes con el ideario que dicen profesar, la política sería más previsible y, por tanto, más aburrida.

Un ejemplo palmario de la inconsecuencia de la acción política lo acaba de ofrecer el partido Ciudadanos. Apenas hace unas semanas, en su Congreso, dio un giro ideológico que muchos consideraron de simple oportunidad. Abandonaron la socialdemocracia templada para abrazar el liberalismo progresista. Este cambio, debería significar que la prioridad del partido es ahora la libertad, cuando antes era la solidaridad. Otra cosa es lo que los viejos liberales, generalmente escépticos,  pensemos sobre los que Hayek, definió como los socialdemócratas de todos los partidos.

Unas semanas más tarde, el partido al que me refiero se vio en la tesitura de explicar cuánto de giro ideológico real hay en su nueva formulación doctrinal. La conclusión ha sido fácil e inmediata. Ninguno. Se votaba la convalidación de un Real Decreto del Gobierno que regula la transformación del monopolio airado de la estiba en los puertos españoles. Una organización que no supera ni el más grosero cedazo de libertad de mercado.

Los nuevos liberales progresistas votaron en contra de la libertad de mercado. ¡Qué bautizo! No se trata, al menos aquí, de enjuiciar la decisión política desde el punto de vista de la lid partidista que a mí, dicho sea de paso, me importa una higa, sino de la palmaria disgregación que existe entre la nueva ideología que inspira al partido y la volubilidad de su vigencia práctica.

Los partidarios de Ciudadanos deben saber que lo bueno de profesar la libertad es que, a partir de ese momento, todo está mucho más claro. La libertad no es acomodaticia, la libertad no es fraccionaria, la libertad tiene contornos definidos. Se cree o no se cree en ella. Y a veces, duele; a veces repugna, pero hay que seguir defendiéndola aunque se utilice contra nosotros. Así de sencillo es ser liberal.De nada, Mr. C.

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Europa merece la pena

Europa, una larga paciencia, decía Leopoldo Calvo -Sotelo, cuando para los españoles todavía era un objetivo. Europa, una larga paciencia, ahora cuando cuatro potencias europeas se reúnen en París y posan en la fotografía los representantes de tres países signatarios del Tratado de Roma, Alemania, Francia, Italia y el representante de un país que lleva la mitad de tiempo que ellos en la Unión, España. Es una foto simbólica  si se le da esta lectura, pero aquí  lo hemos despachado con un par de gracietas de mal gusto sobre las personas y no sobre lo que representan.

Poco antes de esa reunión, la Comisión Europea, por boca del besucón Jean-Claude Juncker, emitía un papel en el que esbozaba de manera simplista y casi escolar cuales eran las posibles salidas para una Europa traumatizada por el desplante británico y la pésima evolución del populismo interno en Holanda, Francia, Alemania, Italia, Hungría…  y, al mismo tiempo, instruía a los estados para que tomen medidas contra la inmigración ilegal. ¿Cabe mayor torpeza?

El desafortunado mensaje de Bruselas se resume en dos ideas. Por un lado, las pérdida real del Reino Unido cambia radicalmente la trayectoria de la Unión Europea y por otro lado, si no irritamos demasiado a los grupos más reaccionarios, podemos seguir adelante, pero renunciando a la mayor. Ni el Reino Unido va a dejar de ser Europa ni Europa va a dejar de ser lo que es con el Reino Unido fuera de su estructura. Y, en cuanto a los movimientos reaccionarios, ningún paso atrás de la Europa de la libertad va a calmar su miedo a la diversidad.

Para quienes hemos vivido con pasión la peripecia europea de España (mis primeros artículos sobre el destino europeo de nuestro país datan de 1970), vivimos la situación con zozobra, con pesadumbre, con una tremenda frustración y con mucha responsabilidad por nuestra parte. Dimos por hecha la irreversibilidad del proceso y bajamos la guardia. Yo entre los primeros, lo confieso. Las generaciones que hoy están en las cercanías del poder no tuvieron aquel objetivo político y personal, por lo tanto no lo valoran. Y no hay que reprochárselo. Para ellos, Europa es una rutina, unas veces agradable y otras veces molesta, pero rutina, al fin y al cabo.

La pregunta que hoy me formulo a mí mismo es muy sencilla. ¿Merece la pena Europa? Y me viene una respuesta larga y llena de matices. Y me sorprendo a mí mismo. ¿Me he quedado en un europeísta tipio? Me rebelo ante esa idea. No puede ser que tantos millones de personas en el tiempo estuviéramos tan dramáticamente equivocados. No puede ser que los millones de muertos que sonrieron en sus tumbas cuando por fin se firmó la paz en Europa con el Tratado de Roma de hace sesenta años queden defraudados.

Si tuviera a mano a los dirigentes europeos de hoy, solo les diría, merece la pena.

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