Reformas y polémicas solubles

Ya he dejado dicho aquí que la comodidad no aparece en la doctrina como concepto político. Decir que hay que adoptar tal o cual propuesta para que alguien se encuentre más cómodo es una estupidez al uso. La comodidad tiene que ver con el diseño y la ergonomía, no con las leyes. En plata, para quien se siente incómodo con una ley que impide o pena el robo, no es solución despenalizar el robo. Con la Constitución pasa lo mismo.
Se ha creado una Comisión en el Congreso para estudiar el sistema autonómico español y muy especialmente la manera de financiarlo. Uno, casi escandalizado, pregunta ingenuamente, ¿pero es que no existía una comisión permanente en el Congreso, en el Senado o en ambas cámaras, encargada de estudiar este asunto? Puede parecer llamativo, incluso estúpido, pero parece que no existía, puesto que ha habido que ponerla en marcha ahora. Era imperativo tenerla con carácter estable, como, por mal ejemplo, la del Pacto de Toledo.
Eso evitaría la agria polémica, soluble en un vaso de agua, como casi todas, a propósito de si esa Comisión recién abierta puede o debe estudiar también la reforma constitucional. Resulta que en el Congreso y en el Senado existen desde siempre sendas comisiones constitucionales. ¿A qué se dedican entonces?
Reducir la reforma constitucional a acomodar el difuso Titulo VIII a las exigencias de unos y otros es desconocer que la Constitución del 78 tiene que adaptarse a los tiempos en otras muchas materias, que atañen a garantías individuales (las principales, sin duda), sociales, administrativas, políticas, europeas y un amplio etcétera.
Mezclar lo doctrinal, el Estado de derecho, con la praxis política no reporta sino confusión. Hagan los señores diputados y senadores algo más que los fuegos artificiales de las sesiones de control parlamentario. Estudien, sean serios, profesionales, como la mayoría de los españoles lo son en sus afanes. Hagan, de una buena vez, méritos para ser renovados en las próximas elecciones, si es que el servicio a la nación y la decencia les vienen anchos.

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El auto judicial y la botella de lejía

En el mundo de los grafiteros rige la norma no escrita de que el “trabajo” de uno no puede ser tapado por el trabajo de otro. Todos, sin embargo, pueden cubrir de espantosos trazos y borrones cualquier muro que les dé la gana, sea una simple tapia o la pared de un monumento gótico. Por supuesto, cualquier fachada de casa ajena es objeto de sus ataques, pero cuidado con que, una vez pintado, alguien se permita emborronar encima. Esta tosca manera de imponerse recuerda mucho a la conducta de los dirigentes felizmente cesados de la Generalitat.

Han mangoneado un proceso sobre el que nadie puede poner la mano. Todos se creían Bansky, su obra debe permanecer, aunque su “trabajo” sea una solemne chapuza. Los ahora encarcelados o los que están en busca y captura cuando escribo, parecen ajenos a los males causados. Como argumentan los descubiertos depredadores sexuales de Hollywood, todo fue consentido. Pretenden hacernos ignorar que una conducta reprobable no la hace mejor la resignación de las víctimas.

Los presuntos delitos sobre los que se les investiga estaban ahí, no hay disculpa de ignorancia, sino la desfachatez de quien se cree por encima de la ley y de quien presume que no hay quien sea capaz de hacer valer esta ley contra ellos. Nadie se atreverá a emborronar sobre su pintada.
Pues al parecer sí que lo había, una jueza de instrucción de la Audiencia Nacional.

Ahora, con esa afición tan nuestra, volvemos a hablar de la prisión preventiva, reanudamos el debate sobre la independencia del poder judicial (olvidando el “poder judicial” que diseñaron los presuntos sediciosos, subordinado hasta la humillación al presidente de su vertiginosa república), nos metemos en pinturas sobre la oportunidad de las decisiones judiciales y aún, de manera más cínica y autoritaria, prevenimos sobre el efecto de exacerbación que estas decisiones puede tener en una parte de la sociedad catalana, como si un auto judicial fuera la etiqueta de una botella de lejía, que advierte del poder irritante del contenido.

En la España actual han pasado por calabozos y cárceles vicepresidentes del Gobierno, presidentes de comunidades autónomas, consejeros, parlamentarios, alcaldes, concejales, sindicalistas, representantes patronales y un largo catálogo de profesionales, incluidos jueces venales. Los que eran políticos fueron elegidos tan democráticamente como los depuestos, los ilegitimó su conducta. Y eso es lo que vuelve a pasar. Decir que tal figura penal no les es de aplicación es querer cambiar las normas a mitad del partido. El argumento fatuo, como hemos oído estos días, de que esto en Europa nunca ha pasado, rebela ignorancia y falta de cálculo. Están reconociendo que una ridícula proclamación de independencia no se le ha ocurrido a ningún iluminado europeo.

Pese a lo extravagante de la situación creada por el ex gobierno de Cataluña, los hechos son muy graves y corresponde al garante de la ley, juzgarlos y sancionarlos y a la política resolver las cuestiones funcionales que devuelvan la normalidad institucional a una parte importante del territorio español.

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La tentación constitucional y el catálogo de IKEA

Una solución aceptable por Galicia, Andalucía, las dos castillas o Canarias…, ¿lo sería por Cataluña? La pregunta me la suscita un comentario de Luis Garicano durante su intervención en un coloquio con Antón Costas y Jordi Sevilla, organizado en torno al último libro de Costas sobre la necesidad de un nuevo contrato social para España. Debo decir que fue un coloquio con enjundia e inteligencia por parte de los tres ponentes. La actualidad se comió parte del sugerente planteamiento inicial sobre el contrato social, sea renovado, sea de nueva planta que necesita España, importante para el futuro de todos nosotros, incluidos aquellos a los que ya el futuro lo contamos de veinticuatro en veinticuatro horas.
Pero volvamos al asunto catalán que todo lo engulle, que todo lo roe, que todo lo carcome.
Garicano dejó caer la pregunta ¿se puede conciliar la salida para Cataluña con la salida para el estado autonómico? La interrogante esconde una duda. Una duda que abre el debate sobre las excepcionalidades en la Constitución, un problema de envergadura política que no solo atañe al estatuto de partes del territorio español, sino también y principalmente, a los ciudadanos donde quiera que vivan.
La reforma constitucional no ha hecho más que enunciarse y ya ha ensalivado las apetencias de muchos de esos que hemos dado en llamar colectivos, que aspiran a que su peculiaridad, sea ésta la que sea, tenga un reconocimiento constitucional explícito que blinde su hecho diferencial. Para no excitar una lluvia de acusaciones de anti casi todo, obvio poner ejemplos de los colectivos a los que me refiero.
La duda-pregunta de Garicano estriba en la tentación de una constitución a la carta del modo y manera que algunos estados europeos pedían que lo fueran las normas de contenido constitucional de la Unión Europea. Con una simpleza torpe algunos lo reducen a que unos u otros se sientan cómodos, lo que reduce los valores constituyentes a un catálogo de Ikea.
Es cierto que en los debates previos a la Constitución de 1978, las excepcionalidades vasca y navarra dieron mucho juego y han producido algún que otro quebranto. Es un hecho que el principio de igualdad de los ciudadanos se supeditó a unos derechos históricos de los territorios. Y en aquel tiempo se creyó que se hacía lo mejor posible. Pero toda excepcionalidad crea víctimas y excita envidias.
Si ahora se suscita una nueva excepcionalidad para Cataluña (que le haga sentirse cómoda en España) estaríamos en presencia de lo que, tratando de disfrazar los conceptos, los socialistas llaman en sus textos “asimetría” para salvar que ya no creen en la igualdad. Una trampa para sostener la igualdad ante la ley, porque lo que sería desigual es la propia ley.
Nos vamos acercando al nudo gordiano de la situación española. Espero que, como Alejandro Magno, no se resuelva con un sablazo, real o más probablemente, económico.

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Carta abierta a Juncker, Tusk y Tajani

Distinguidos y respetados señores:
No se alarmen que no voy a escribir hoy de su incompetencia en la gestión de la mayoría de los asuntos que les atañen como responsables (¿?) de la Unión.
Sólo quiero recordarles que el orden democrático en España es de responsabilidad exclusiva del Estado Español. Tendría bemoles que quienes son incapaces de conseguir un mínimo avance en materia de integración fiscal, en armonización de las condiciones laborales, en los compromisos sobre refugiados… Que quienes coquetean con regímenes como el de China o los de la mayoría de los países del Golfo Pérsico, tendría bemoles, digo, que juzguen Uds. las decisiones del Gobierno español democrático, legítimo y también falible, para reprimir la rebelión de un gobierno regional ilegitimado por sus obras y escondido tras los ciudadanos enardecidos por ellos mismos. O que practicando ese buenismo que está dejando a Europa en manos de los populismos de izquierda y derecha, ofrezcan echar una mano, mediar entre esos indómitos iberos irreconciliables.
Les ruego que recuerden con qué contundencia han actuado las fuerzas de orden público de los países en los que han celebrado reuniones del G-8 o del G-20, frente a los grupos llamados antisistema. ¿Acaso son más defendibles sus egregias personas que la vigencia de la democracia en una parte de España?
Recuerde la guerra, sí la guerra, por las veleidades separatistas de Irlanda del Norte.
Aquí hemos tenido una dictadura que practicaba la misma presión social sobre los ciudadanos que ahora ejercen los insurrectos catalanes con quienes no les siguen. Aquí hemos tenido cerca de mil muertos, la mayoría policías y sus familias, esposas e hijos, militares, civiles por un caso semejante al catalán, resuelto con los mismos recursos que ahora.
Es inconcebible que acepten como buenos los datos comprobables en su falsedad, manejados por los que mandan ahora en Cataluña y desdeñen la legitimidad del Gobierno español para defender la integridad de España, la vigencia de su Constitución democrática y los derechos de millones de catalanes que no tiene las tragaderas que ustedes parecen tener con los sediciosos.
Con la pena inconsolable de un militante europeísta, reciban mi saludo junto con mi decepción.

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La patria como botín de guerra

Hablando de la persuasión, Roberto Coll-Vinent  cita a Jaime Balmes para decir que “no es lícito ir al corazón sin apuntar a la mente. Lo contrario es demagogia”. Y uno de los instrumentos más utilizados por los demagogos es el término patria y sus derivados.

Ignoro lo que piensan los españoles sobre el patriotismo porque jamás invoco mayorías o minorías que no tenga empíricamente contrastadas (prudencia que los demagogos no observan). Supongo que algunos hablarán de amor a la patria y si se les pregunta a qué patria, es cuando empezaríamos a tener problemas. Algunos dirían, claro, a España, otros a su comunidad lingüística, otros, sencillamente a su pueblo o a su barriada.

Si fuéramos tan pérfidos como parecemos, continuaríamos preguntando como a los niños ¿Y a quién quieres más? Observen que la violencia está en la pregunta; no conozco a nadie que inicie su jornada respondiendo a esta interrogante.

Una cuestión previa es el significado de patria. Y al plantearlo, desde la emotividad a la enajenación caben cuantas divisiones se quieran. A riesgo de pecar de prolijo, diría que se identifica como patria, en primer lugar, un territorio en el que uno se siente arraigado por tan múltiples razones que rozan la infinitud de posibilidades. Hay patria que tiene sentido de propiedad y, por el contrario, hay patria que tiene un sentido de ausencia. Hay patrias de presente, de pasado y de futuro utópico. La patria es un sentimiento, hermosa palabra que por ignorancia, pudor o corrección política se sustituye implacablemente por emoción u emotividad, que no tienen mucho que ver.

 

Después del territorio, la patria encuentra explicación en la lengua, que es lo que facilita el ser social. En la lengua tiene origen una cultura que se considera propia, que se traduce en una supuesta manera de ser colectiva y en un acervo cultural, se conozca o no.

Otra gente identificará la patria con unos determinados símbolos, atendiendo a que los símbolos son una decantación de la historia (sólo de la historia que se considera edificante o heroica) o bien la representación de un presente (el estado que te protege, la familia y los amigos, las creencias y hasta los clubes deportivos).

La patria es, desde luego, un bien patrimonial. Pertenece a cada uno. Si es bien entendida, no será un bien privativo, sino compartido. Si se entiende con desvío, se entenderá como un bien de disfrute exclusivo por uno o varios individuos que excluyen de ese disfrute a los demás. Esta patología patriótica se materializa en la dictadura. La patria se convierte así en un botín de guerra.

Los escépticos, hasta ahora, al oír patria, echábamos mano a la cartera. En los tiempos que corren, oír patria, invocada por algunos, nos destierra de la historia.

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Ensayo general de una tragicomedia

Mi última entrada en estas columnas, publicada un lejanísimo 13 de julio, parece que ha pasado un siglo, se titulaba Aún es tiempo. En esos 71 días todo lo peor imaginable ha sucedido, incluido un atentado atroz que hizo creer a algún iluso que la sociedad catalana tenía voluntad bastante para frenar lo que a la postre ha sido irrefrenable. Quedan 9 días, cuando esto escribo, y nada indica que el delirio de las autoridades catalanas se vaya a desvanecer en esta semana.
Se ha atropellado la razón, se ha destrozado la convivencia, se han vulnerado las leyes, se ha instrumentalizado a los niños, se han aniquilado los símbolos, se ha mentido hasta la náusea … un ensayo general de una tragicomedia de república bananera en la que sólo falta la sangre derramada, que nos puede ensombrecer aún más en cualquier momento. Y que no van a tener pudor alguno en instrumentalizar, si se diera el caso, que fervientemente deseo que no se produzca.
Y todo esto, para dar satisfacción a una partida de difusa ideología anarquista incrustada y beneficiaria del sistema que dicen querer destruir, a los que les han facilitado la estrategia unos políticos inanes que apenas disimulan que su patriotismo se reduce a una ley de amnistía (embutida en unas leyes de fotomatón) que borre su estela corrupta.
Se ha utilizado mucho la imagen del choque de trenes queriendo significar que los errores son de doble dirección, que no es nada afortunada. Cuando dos trenes chocan, uno va por donde no debe y cuando no debe. La imagen responde a una de las miserias políticas que ha descubierto esta situación, el interés del secretario general del PSOE en propalar la idea de que en el cuadrilátero del asunto catalán hay dos contendientes, el Gobierno español y la Generalitat. ¿Por qué Sánchez ni siquiera ha querido posar con Rajoy y Rivera para visualizar su compromiso de evitar la secesión catalana? Sencillamente, porque da al traste con esa estrategia, de la que piensa sacar réditos políticos. Si el Gobierno central falla, Rajoy candidato del PP falla.
Sánchez está para la política cicatera, no parece dar para más. Las heridas que le han inferido sus propios correligionarios siguen tan abiertas, que esta semana pudo producirse un nuevo drama socialista en el Congreso de los Diputados. Su desconfianza es explicable, pero no justificable como pauta de comportamiento. Y miren que Podemos, con sus previsibles veleidades a lo Inmaculada Colau, se ha puesto en un lugar en el que podría sacar dividendos, pero Sánchez está en no se sabe qué otras cosas. Como dice un socialista castizo, qué se puede esperar de un secretario general que no es ni diputado y de una portavoz parlamentaria que no es ni del partido.
Y aquí estamos, con una vela a San Antón y otra a la Purísima Concepción (¿se dice así?). Ni Puigdemont recapacita ni Sánchez se faja en la defensa constitucional y, sin establecer comparación alguna entre ambos, los dos mirando como Un hombre tranquilo (John Ford) se queda en casi Solo ante el peligro (Fred Zinnemann).
Respiren profundo y vean cualquiera de las dos o las dos. Y olviden los telediarios hasta dentro de dos semanas, por lo menos. Salud.

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Aún es tiempo

He leído un artículo, con un cierto runrún brechtiano, de la cineasta catalana Isabel Coixet. Habla de como la combinación perversa entre desentendimiento de unos y marginación por otros deja fuera de juego a una parte muy importante de la población de Cataluña. Ocurre siempre en los procesos que se saltan la normalidad democrática, que frente a la presión y movilización de unos, se opta por la confianza en que sus fogatas de artificio se apagarán en algún momento.
El problema es que la historia nos enseña que esos chisporroteos, con frecuencia derivan en pavoroso incendios de la legalidad, especialmente en lo que atañe a las libertades individuales de los que esos mismos airados consideran tibios, conformistas, gentes sin principios, al fin y al cabo.
Nunca me atrevería a calificar de cobardes a quienes frente a la presión, toda presión es un ejercicio de violencia en mayor o menor grado, deciden esperar a ver, confiar en que la torpeza humana tiene límites o en que habrá alguien en alguna parte encargado de sofocar el incendio.
Comprendo y participo de su frustración. Porque su confianza es sincera y porque yo también creía en algún momento que en una democracia del siglo XXI debía de haber alguien, en alguna parte que resolviera los problemas de la gente. Y comprendo y participo de esa angustia de comprobar que no es así y, lo que es peor, de que estábamos equivocados.
En la democracia representativa, la mía, la que yo quiero y en la que confío, no todo puede estar delegado. Hay recintos, como las convicciones, como los sentimientos, como los valores, que son por naturaleza indelegables y, por tanto, es de nuestra única responsabilidad su mantenimiento y eventualmente su defensa.
Los que han callado y los que se han dejado llevar, en Cataluña y en el conjunto de España, tienen ahora la oportunidad de evitar que los vociferantes (espero que se queden en eso, en vociferar) usurpen sus derechos, sus convicciones, sus sentimientos, sus valores. Hay tiempo.

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Con un mapa es suficiente

El secretario general del PSOE ha superado la fase institucional de su retorno y, salvo el grave inconveniente de no ser diputado, todo vuelve por donde solía. Trata de componer una mayoría artificial para llegar a desbancar a Mariano Rajoy de la jefatura del Gobierno y se supone que al PP de su poder actual. La iniciativa es puro voluntarismo. Quiere situarse Sánchez entre Podemos y Ciudadanos, o sea, ser el centro entre el centro-derecha y la izquierda radical. La cuerda floja.
Esta maniobra de amplio espectro parece que es el único objeto de su preocupación, ya que el verdadero compromiso político del momento se sitúa muy lejos de estas veleidades. Ese compromiso no es otro que dirimir si España conservará su territorio y su población actual o se divide en dos o tres o cuatro o “n” partes.
Para este conflicto territorial, la nueva respuesta de Sánchez es la plurinacionalidad. Ya ha pasado por el federalismo, el cuasifederalismo, la profundización del modelo autonómico y no recuerdo cuantas fantasías organizativas más. El nuevo hallazgo ha sido ilustrado por una adlátere de Sánchez con el modelo de República Plurinacional de Bolivia, que reconociendo más de un centenar de variedades raciales de su población, mantiene un estado unitario regionalizado.
La plurinacionalidad boliviana es como la que se mencionaba en los western de John Ford para las tribus indias, la gran nación siux, la gran nación comanche. Aquí me temo que no tenemos diferencia racial alguna entre los actuales españoles. ¿O sí?
Superada la desafortunada explicación a bote pronto, el nuevo enunciado sigue sin explicar nada. La pregunta del millón que tiene que responder Sánchez es la misma que le hacía cuando hablaba de federalismo. ¿Cuántas nacionalidades son las que completan esa pluralidad? ¿Cuáles son?
Llevamos años con este asunto abierto y los tránsitos de nomenclatura del PSOE no arrojan luz alguna. ¿Tan difícil resulta pintar un mapa con las nuevas particiones ?

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Progreso, en dirección contraria

El sistema democrático es generoso. Sobre todo es generoso con sus actores principales y secundarios. De esa generosidad se ha servido el jefe de la izquierda extrema (lo otro que queda aún más a la izquierda es post-terrorismo) para platear un lance parlamentario llamado moción de censura. La versión ampliada de las sesiones de control parlamentario ha permitido un conocimiento más amplio de lo que ese grupo representa ideológicamente y de lo que es capaz de ofrecer a la sociedad española. Desde ese punto de vista podríamos estar agradecidos a la sesión continua del martes y miércoles. Y utilizo deliberadamente la expresión cinematográfica porque el show ha tenido el mismo aroma rancio y penetrante del ozonopino Rui-Ram que esparcían los acomodadores del cine del barrio poco antes de empezar la sesión y que permitieron al gran Jardiel acuñar aquel término afortunado de “ozonoopinión”.
Pues bien, la ozonoopinión que tengo tras la maratón es claramente peor de la que tenía antes. Mi curiosidad impenitente se ha saldado con un cambio a bastante peor de lo que yo creía antes.
La capacidad de inventar la historia, la apropiación indebida de hechos y causas, la soberbia alimentada por la ignorancia, la invención de derechos a medida, la falsificación del pensamiento progresista, han sido tan palmarios en los discursos de kilometraje castrista de los portavoces de esta amalgama de grupos, que han dejado sus desnudeces a plein air.
Está ocurriendo a izquierda y derecha que las supuestas alternativas que se jalearon en los últimos años tienen una acusada vocación de bisagra, de instrumental auxiliar para los dos partidos que administran España desde hace cuarenta años. Uno esperaba que, tras esa experiencia de cuatro decenios, sobre los que no escatimaría ni un solo adjetivo favorable, la política alumbrara algo original a diestra y siniestra, pero se ve que no. Que no hay un repuesto que aporte algo que no sea la menor edad relativa de los ofertantes.
El país que ofertan la Pasionariazara y el Chavezitomango es más negro que gris. Es un país pobre y triste. Es un país de funcionarios adeptos, de subvenciones como retribución, de clientes sumisos y de muy poca calidad democrática. El progreso, en dirección contraria.

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El ajuste y el billón de deuda

Algún día, un economista meticuloso nos dirá con exactitud en que consistió el “inhumano y cruel” ajuste económico derivado de la crisis de 2008 a 2015. Para lo que no tenemos que esperar es para saber la demasía de gasto que se produjo en en esos años, en los que la deuda pública brincó desde 362.890 millones en 2008 a 916.929 millones en 2015, o lo que es lo mismo, desde el 32,5 por ciento al 85,2 por ciento del PIB. Son 554.039 millones, salvo error u omisión, lo que el Estado se excedió en sus cuentas, una cifra considerable, grosso modo, algo más de la mitad del PIB español.
A menos que entendamos que ese medio billón largo se nos fue por las cañerías sin mover molino, habría que pensar que los recortes, calificados con el melodramatismo que lo hacen algunos partidos políticos, algunos sindicatos y algunas asociaciones pías, no fueron para tanto. Y es que algunos confunden las penurias personales de los perjudicados por la crisis, como los que perdieron sus empleos en el sector privado y en la facción arbitraria del sector público, con los recortes presupuestarios, corregidos, ya sabremos en qué medida, por la puerta de atrás, con unas emisiones de deuda elefantiásicas.
A lo mejor, de lo que hay que hablar es del empleo de los recursos, de cómo se gastó y en qué se gastó en el maldito periodo, más que de aquello de lo que no se dispuso. Ocurre que nuestros políticos se mueven permanentemente por slogans, frases tópicas y, más recientemente, twits, y no tienen el menor interés por pasar de lo epidérmico a lo profundo, no vaya a ser que su esquematismo sea sólo una ligera capa de pintura sobre la realidad.
Espero con mucho interés ese meticuloso estudio sobre el gasto público sobre la crisis y confío en que no me fuercen a ser yo quien lo haga recurriendo a la cuenta de la vieja. ¡Qué pereza!

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