Abdalá de Jordania y su última encrucijada

Petra es una ciudad excavada y exculpida en roca que ha sido elegida entre las siete maravillas del mundo y utilizada como escenario en la película Indiana Jones y la última cruzada. Todo un espectáculo visual que atrae cada año a cientos de miles de turistas a Jordania, cuya oferta cultural también se beneficia de sus desiertos salvajes, lujosos spas a lo largo del Mar Muerto y una sorprendente estabilidad que, sin embargo, parece tener los días contados. El contagio de las ideas revolucionarias engendradas en la Primavera Árabe, el conflicto palestino y la llegada masiva de refugiados sirios amenazan con derribar su monarquía y sumir al país en la barbarie y el caos.

Vista del Tesoro de Petra

Vista del Tesoro de Petra

El Action Man y la Barbie
Toda nación necesita un héroe nacional. Dada la corta historia del país -hasta 1950 no podemos hablar de Jordania como tal- ese espacio lo quiere ocupar el rey Abdalá II. Perteneciente a la dinastía de los Hachemitas -encargados de proteger los Santos Lugares del islam- y cuadrigésimo tercer descendiente directo del profeta Mahoma, Abdalá estudió en las mejores academias militares británicas y estadounidenses hasta ingresar en las Fuerzas Especiales de Jordania, donde llegaría a ocupar el puesto de comandante. Su entronización, en 1999, se vio envuelta en una fuerte polémica debido a que su padre, poco antes de morir, había modificado la línea dinástica en detrimento de su hermano. Esto originó una grave división en la Corte Real y el Ejército que, aún hoy, persiste…
En su libro autobiográfico, Nuestra Última Oportunidad (edición Debate, 2012), a Abdalá le gusta mostrarse como el garante de la unidad y el progreso del país. Durante su reinado, según cuenta, se ha liberalizado la economía, creado un robusto sector bancario, proliferado las universidades de prestigio y forjado el ejército más profesional y moderno de Oriente Medio. A lo largo del libro, en el queda patente su desmedido ego, también alardea de hacer de chófer para Spielberg; interpretar un cameo en Star Trek ; participar en el Rally de Jordania; patrullar en tanques y desplazarse en lo que él llama su “juguete”, un helicóptero Black Hawk.
A pesar de no contar con un gran carisma, entre las cualidades del monarca jordano hay que destacar su talante negociador, lo que le ha permitido contar con el respaldo de personajes tan dispares como Obama, Netanyahu, Mahmud Abás o el papa Francisco. Con España mantiene una estrecha colaboración gracias a su amistad con el rey Don Juan Carlos, a quien visitó recientemente en Madrid para interesarse por su salud. No en vano, el rey jordano, obsequiado anteriormente con el Collar de la Orden de Carlos III, siempre ha puesto a la monarquía española como espejo en el que mirarse.
Enemigo declarado de los takfiríes, el sector islamista que defiende una lectura radical del Corán, Abdalá siempre se ha mostrado un aliado fiable de EE.UU. en la lucha contra Hizbula y Al Qaeda, lo que se refleja en la ingente cantidad de ayuda económica y militar que reciben de los estadounidenses. Debido a ello, el país ha sufrido numerosos ataques de los talibanes, como la oleada de atentados a hoteles jordanos en 2005 que dejaron un saldo de 60 muertos.
Por otra parte, el reinado de Abdalá no podría entenderse sin la alargada sombra de su mujer, Rania, la reina de las revistas de corazón y la diosa de las redes sociales (en Twitter, el único mandatario político que le supera en seguidores es Obama). Hija de una familia adinerada kuwaiti, esta exempleada de Apple ha convertido el progreso de la mujer árabe en su caballo de batalla. Suya es la frase de “a la mujer hay que juzgarla por lo que lleva dentro de su cabeza, no encima de ella” y la idea de crear tribunales especiales para endurecer las penas de los asesinatos por violencia machista y dejar de tipificarlos como crímenes de honor.
El esfuerzo de la pareja real por combatir el integrismo religioso se refleja en las bulliciosas ciudades jordanas, donde abundan las mujeres con mini falda, escote y sin velo; la poligamia se ve con malos ojos; hay una buena convivencia entre las distintas religiones; y la homosexualidad no es delito, algo excepcional en el mundo árabe.
Pero que nadie se confunda, detrás de todas estas bondades se esconde una bomba de relojería con el cronómetro puesto en marcha…

Rania, en portada de la edición española e inglesa de la revista Hola

Rania, en portada de la edición española e inglesa de la revista Hola

Derroche y represión
Aeropuertos, universidades, calles, hoteles y toda clase de instituciones públicas y privadas reciben nombres de miembros de la corona. Los monumentos y cuadros con la imagen de Abdalá o su hijo primogénito, Husein, a quien se le pretende dar publicidad para una próxima sucesión, inundan el paisaje urbanístico de Amán. Pequeños detalles que, sin embargo, denotan un afan por imponer el culto a la realeza… y un carácter totalitario.
No en vano, el último informe de Freedom House califica la libertad de expresión de “no libre” debido a que la legislación jordana estipula que hay cuatro temas que no se pueden criticar: el Rey, el Ejército, los servicios secretos y la religión. Además de las diferentes modalidades de censura clásica (retirada de licencias para imprimir, bloqueo de páginas web, etc), se encuentran los métodos extraoficiales. Algo de lo que puede dar buena fe Enas Musallam, una joven bloguera que fue apuñalada cincuenta veces por un desconocido al grito de “Viva la monarquía”, poco después de escribir un artículo crítico contra un miembro de la familia real. El juzgado dictaminó que el ataque estuvo motivado por “un asunto amoroso” y el agresor quedó absuelto y sin cargos…
Mudar Zahran, un palestino que trabajaba en la embajada estadounidense de Jordania, exiliado en Londres tras recibir amenazas de muerte, es una de las voces más combativas contra el régimen. En una entrevista vía skype nos asegura que “Abdala es un rey muy irresponsable. Derrocha el dinero en construcciones faraónicas, goza de inviolabilidad ante la ley, cuenta inmensas fortunas escondidas en paraísos fiscales y pasa la mayor parte del tiempo en Londres.” Critica el trato discriminatorio que reciben los ciudadanos palestinos: “pagan impuestos más altos, tienen menos derechos y está vetados de los puestos importantes de poder”. Y, además, asegura que en la sombra existe “una unidad de policía secreta [Muhabarat] que persigue, encarcela, tortura e incluso mata a todo aquel al que consideren un peligro para el gobierno.” De Rania asevera que es una “María Antonieta: ostentosa, arrogante, prepotente y vanidosa. Por eso es odiada en todos los sectores de la sociedad”. Durante mi estancia en el país, pude corroborar estas últimas declaraciones al no encontrar a nadie que defendiese la figura de la reina: sus bolsos Gucci, manolos y constantes operaciones quirúrgicas son criticados sin piedad por una población que tiene dificultades para acceder al agua, la cual, solo se distribuye una vez por semana. Tras conocerse gracias a los cables de Wikileaks que participaba activamente en la toma de decisiones políticas, su reputación se ha desplomado por completo.

Democracia o morir
El sistema de gobierno jordano es una monarquía parlamentaria en la que el rey designa al primer ministro, que a su vez elige a los ministros. El presidente y los miembros del Congreso de los Diputados los votan directamente los ciudadanos en unas elecciones que se celebran cada cuatro años. Una forma de gobierno que nunca se había cuestionado… hasta ahora. Las primeras muestras de desafecto comenzaron en 2010, al calor de la Primavera Árabe, con tímidas protestas contra los políticos por la decisión de subir el precio de la gasolina. Una medida suicida si tenemos en cuenta que Jordania sufre una inflación del 4,2 por ciento, una tasa de desempleo del 14 por ciento y un tercio de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Tres años y seis primeros ministros después, la situación ha degenerado en masivas protestas diarias que han puesto en la mira de la diana a la corona real.
Ante este panorama, Abdalá habló de impulsar una “revolución blanca” que culminaría con la transición a una democracia total. Sin embargo, sus últimos pasos no parecen que vayan en esa dirección: en las recientes elecciones parlamentarias de enero, el Frente de Acción Islámica (FAI), brazo político de los Hermanos Musulmanes jordanos, y varios partidos laicos boicotearon los comicios en protesta por la injusta ley electoral que favorece a los distritos con mayoría de población beduina, siempre fieles a las corona. Sirva como ejemplo que mientras que al distrito de Karak, de carácter tribal y con una población de 200.000 habitantes, le corresponde diez sitios en el parlamento; a Zarqa, de mayoría palestina y una población de un millón, le corresponde el mismo número de parlamentarios.
Tras la celebración de dichos comicios, en la que participación no alcanzó el 50%, se escogió como primer ministro a Abdalá Ensur, un hombre perteneciente a la élite jordana que ya ocupó ese cargo en la época donde la represión policial alcanzó sus cotas más altas.
A pesar de que las potencias occidentales, con EEUU. a la cabeza, siguen manteniendo su apoyo al régimen por temor a que los Hermano Musulmanes se hagan con el poder y el país se convierta en un nuevo Egipto, en una entrevista para el periódico estadounidense The Atlantic, Abdalá confesó que su poder absolutista está tocando fondo (“¿dónde estáran las monarquías en 50 años?”) y que la única solución para mantener la corona pasa por implantar el modelo inglés.

Con todo lo dicho, las grandes amenazas al país vienen de fuera…

Vista de la capital de Jordania, Amán.

Vista de la capital de Jordania, Amán.

Árbitro de la causa palestina
Jordania y Egipto son los únicos países árabes que mantienen una relación amistosa con Israel. Dado la incertidumbre política que acecha a Egipto tras el reciente golpe de estado, Jordania se sitúa como el principal actor árabe para mediar entre las dos partes. Para entender su importancia en el conflicto palestino hay que remontarse a la primera guerra árabe-israelí, en 1948. Jordania (llamada por aquel entonces Transjordania) se mostró contraria a la creación del estado de Israel y participó en el conflicto con el bando árabe. Tras el armisticio, que definió los límites fronterizos poniendo fin al conflicto, Cisjordania pasó a ser controlado por la administración jordana. Este status quo se mantendría hasta 1967, fecha en la que el ejército militar de Israel invadió dicho territorio durante la Guerra de los Seis Días.
El conflicto del 67 condujo a un dramático aumento del número de palestinos en Jordania. Como consecuencia de ello, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), liderada por Yasir Arafat, y otros grupos de guerrilleros palestinos (fedayines), establecieron sus bases en territorio jordano, creando un auténtico estado paralelo que rivalizaba en poder con la casa real hachemí. Tras una escalada de tensión en los sucesos conocidos como ‘Septiembre Negro’, el entonces rey Husein lanzó una ofensiva total contra los insurgentes, que acabaron siendo expulsándolos del país en julio de 1971. Esta acción enturbió las relaciones entre la OLP y el gobierno jordano, pero la situación entre ambos mejoró en las sucesivas décadas, hasta el punto de que Arafat asistió al funeral de Hussein.
En el año 1988, Jordania renunció a sus pretensiones soberanas sobre Palestina. Y, en 1994, se firmó el Tratado de Amistad con Israel, una reconcilación histórica que puso fin a 46 años de encontronazos y en la que se reconoció el derecho de Jordania a proteger los Santos Lugares del islam en Jerusalén.

El actual monarca jordano, Abdalá II, defiende la existencia de un estado israelí y otro palestino, pide la desmilitarización israelí de Cisjordania y exige la vuelta a las fronteras previas a la guerra de 1967. Para conseguir estos objetivos, siempre ha defendido el diálogo como única vía y ha tratado de mediar en las negociaciones. Su neutralidad le ha servido para ganarse tanto el aprecio del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, como del presidente de Palestina, Mahmud Abás. No obstante, su recibimiento en enero de este año al líder de Hamas, Jaled Meshal, a quien expulsó de Jordania en 1999 y se le negaba el acceso al país desde entonces, ha provocado que numerosos medios israelíes le acusen de ser un lobo disfrazado de oveja.
Por otra parte, desde los años setenta la derecha israelí ha venido insistiendo en lo que se denomina la “opción jordana”, según la cual, Cisjordania y Gaza formarían parte del estado israelí y Jordania pasaría a ser Palestina. El exiliado Mudar Zahran, de nacionalidad jordana pero origen palestino, defiende esa posibilidad: “El mayor número de palestinos se concentra en Jordania, donde más del 85% de su población es palestina. Sólo la casa real, la élite económica y algunos beduinos no lo son.” Y añade: “Antes de la creación artificial del Reino Hachemita de Jordania, los beduinos ya eran la comunidad minoritaria.” Opción que es calificada de “utópica” por numerosos expertos y rechazada periodicamente por Meshal, Abdalá y Mahmud Abás, quienes insisten en que Jordania no es la patria de los palestinos.

Un bañista flota en el Mar Muerto

Un bañista flota en el Mar Muerto, entre Jordania e Israel

 

Daños colaterales de la guerra siria
En su libro autobiográfico, Abdalá escribió: “Aunque Al Asad y yo no estemos de acuerdo en aspectos de política regional, hoy nuestros países colaboran más que nunca. Nos consultamos en proceso de paz y estamos alentando a los sectores privados de nuestro país a crear vínculos más fuertes. Incluso nuestros hijos se han hecho amigos.”
Poco después de la publicación del libro, la guerra de Siria estalló, provocando un auténtico terremoto en todo Oriente Medio que ha afectado de manera especialmente virulenta a Jordania, la cual ya ha recibido a cerca de medio millón de refugiados sirios repartidos en los dos campamentos habilitados para la ocasión (Zaatari y Muraiyeb al Fohud), a los que en pocos meses se sumará uno nuevo. En un país de seis millones de habitantes, está ingente cantidad de refugiados pone en riesgo la seguridad del país. El gobierno estima el coste anual de ofrecerles asistencia alimenticia en 420 millones de euros, de los cuales, solo han recibido poco más de la mitad.
Hani Hazaimeh, un reputado periodista del Jordan Times y el Huffington Post, lleva meses informando sobre la vida diaria de los refugiados sirios. En una entrevista concedida a TIEMPO alerta de que “el incesante incremento del número de refugiados está provocando que algunos jordanos les acusen de robarles el trabajo y ser los responsables de la subida de precios de los alquileres”. A lo que añade los “continuos roces” entre los guardias de seguridad de los campamentos y los refugiados, quienes se han manifestado en multitud de ocasiones por la escasez servicios y porque se les impide abandonar el campo.
Pese a que el gobierno jordano ha respaldado oficialmente a la Coalición Siria y albergado una reunión con los ejércitos de diez países para debatir un posible ataque, Abdalá sigue reiterando que su país no participará en ninguna intervención militar. Hazaimeh explica esta política de neutralidad por el temor a que el país se desestabilice: “Compartimos más de 350 kilómetros de frontera; entrar en guerra exigiría una gran despliegue militar. Cientos o quizá miles de sirios armados se infiltrarían en nuestro territorio y el contrabando de armas se dispararía.”

¿Será está la última oportunidad de Abdalá para encumbrarse como el mediador entre oriente y occidente o, por el contrario, la estocada que precipite su caída? La respuesta, en los próximos meses…

Vista del desierto jordano de Wadi Rum

Vista del desierto jordano de Wadi Rum

 

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