Pocos, pero valientes

Cuando Félix Blanco y yo nos reuníamos para hablar de literatura en los bares más baratos de Malasaña bromeábamos sobre la importancia de esos encuentros, a los que llamábamos cumbres, sin saber que algún día le podrían interesar a alguien nuestros delirios literarios. En mayo de este año publicamos en la editorial Bandaàparte el libro Los escritores plagiaristas, que tuvo una buena acogida en algunos medios y generó una pequeña marejada, marejadilla, de comentarios negativos sobre el Movimiento plagiarista que lo alienta. Unos meses después hemos comprobado que, efectivamente, a casi nadie le importan esos delirios, como se pudo ver el pasado viernes 24 de noviembre en la librería El Molar de Madrid.

La periodista Karina Sainz se armó de valor para dialogar con Félix, conmigo y con Daniel Remón. El otro cuate plagiarista, Minke Wang, no pudo asistir al evento porque estaba recitando sus inextricables poemas ni más ni menos que en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Los asistentes al acto fueron exactamente doce personas. Doce personas, sí. Doce lectores aguerridos y valientes. Doce héroes. Porque ¿cómo si no calificamos a las personas que eligen por su propia voluntad asistir a un acto literario un viernes por la noche?

Por supuesto, ningún medio de comunicación se hizo eco de esta cumbre. No es muy alentador que nadie hable de nosotros, peor aún que no nos lean, casi igual de perjudicial que el libro no se venda. También es triste que tenga que ser yo quien intente llamar la atención de los lectores sobre nuestro libro, uno más de los miles que pasan más o menos inadvertidos por las librerías españolas. Pero ¿acaso no hacen eso mismo todos los escritores y todas las editoriales en este momento? ¿Hablar de sus propios méritos?

Arturo Pérez-Reverte comentaba hace unos días en este artículo, a raíz de un nuevo encuentro con su amigo Javier Marías, el mal uso de la expresión recoger el guante. Algunos periodistas están usando esa expresión, que significa aceptar un desafío, para hablar de la posibilidad de un diálogo, como si lo que significara fuera, digamos, tender puentes. Me gustaría, aquí y ahora, tender un puente hacia el diálogo con esos dos grandes autores, y al mismo tiempo lanzar un guante al suelo para retarles a que salgan de sus zonas de confort y vuelvan la vista hacia otros escritores, no solo hacia ellos mismos y a esos tiempos gloriosos de los que hablan, sino hacia todos los que luchamos cada día contra el olvido, el desdén y la cobardía.

Algunos comentaristas de noticias, que ni siquiera se han tomado la molestia de leer el libro, nos han tomado por caraduras. Nos desprecian sin habernos leído. Nos rechazan o nos ningunean. Quieren encerrarnos de nuevo en los bares o en la caverna. ¿Por qué a nosotros, oh, señor? ¿Qué les hemos hecho? ¿Qué podemos hacer frente a esos ataques? No tenemos amigos que nos defiendan. No agitamos las redes sociales. Apenas tenemos followers y tampoco tenemos colegas influencers. No opinamos sobre política. Lo único que hacemos, lo único que hemos hecho siempre ha sido leer y escribir sobre lo que hemos leído, transformarlo, tergiversarlo y ensalzarlo para hacer de la literatura algo subversivo, para insuflarle vida y movimiento. Para darle la importancia que debería tener. Basta con leer uno de los cuentos que componen Los escritores plagiaristas para darse cuenta de que nuestro empeño es insuficiente, sí, pero también valeroso.

Somos jóvenes, somos plagiaristas, y todavía nos queda mucho que aprender, es cierto. A veces nos lamentamos de nuestro destino y a veces sonreímos ante la adversidad, pero pase lo que pase no vamos a dar tregua. Aunque nadie recoja este guante. 

 

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