¿Quién teme al OULIPO?

No es difícil encontrar lectores que temen al OULIPO. Principalmente porque no todos sabemos qué es el OULIPO y quiénes son sus miembros, si los hay, ni qué hacen, si es que hacen algo, ni por qué están entre nosotros, disfrazados o desnudos, lo que genera un miedo previsible ante lo(s) desconocido(s), un sentimiento de rechazo por lo que tiene(n) de extraño(s), amén de una suerte de cautela preventiva frente a lo que pueda pasar respecto a ello(s). Porque una vez que sabemos qué es y quiénes son los miembros del OULIPO, toda precaución es poca.

El OULIPO, lo sepamos o no, es el grupo literario más longevo de la historia de la literatura. Un grupo, no un movimiento, ni una escuela, ni una tendencia, ni un juego. Bueno, quizá sí sea un juego, un juego demasiado serio como para tomárselo a broma. Un juego, unos jugadores, que pelean a diario con las restricciones del lenguaje, de las formas y de las convenciones. Un juego, unos jugadores, que rompen, o han roto ya, de manera deliberada las normas de la buena educación literaria, las estrecheces de la conducta autoral, las rimbombancias, la rigidez, el academicismo y la presuntuosidad. Desde luego, la cuestión no es baladí.

El OULIPO, en cualquier caso, es un asunto (una permutación, una estrategia, un modo de vida) demasiado complejo para tratar de explicarlo aquí (y demasiado complejo, además, para que yo sea capaz de explicarlo). Pero en realidad no. En realidad no es tan complejo. Para entendernos, el OULIPO es un laberinto construido por las mismas ratas que están dentro y que al mismo tiempo intentan salir de él. Parece una premisa demencial, lo sé, pero es una de las primeras descripciones que hicieron de sí mismos los oulipianos.

Un laberinto, un mapa, un laboratorio, un juego de espejos deformantes, una trampa, una celda, una rueda que no deja de girar, una noche de insomnio, una fiesta que no acaba nunca. Todo eso (y mucho más) es el OULIPO. ¿Para qué intentar explicarlo ahora si gracias al cielo dos editoriales se han puesto de acuerdo para sacar sendos volúmenes explicando qué es y quiénes son los miembros del OULIPO? Sus orígenes, sus manifiestos, sus argucias, sus herramientas, sus reglas, sus no-reglas, sus atajos y sus caminos, sus manifestaciones y sus portavoces, sus intérpretes, su legado y su futuro, todo ello, o casi todo ello, está en los dos libros que todo lector intrépido, sagaz, valiente e indomable (ah, menudo lector ese) no debería pasar por alto.

Oulipo libros

Son dos, en efecto, pero hay y vendrán más. De momento son:  OULIPO. Atlas de literatura potencial, 1: Ideas potentes, publicado por Pepitas de calabaza, una edición a cargo de Hermes Salceda, apoyada en la traducción de los textos que ha hecho Diego Luis Sanromán; y también: OULIPO. Ejercicios de literatura potencial, publicado por Caja Negra Editora, en una edición al cuidado de Ezequiel Alemian, que también se ha encargado de la traducción, y Malena Rey . En ambos han participado, de una manera imposible de precisar, como supongo que ellos mismos deseaban, los dos escritores hispanohablantes que a día de hoy pertenecen al grupo: Eduardo Berti y Pablo Martín Sánchez. Quizá ellos sí sepan decirnos qué es y quiénes son los miembros del OULIPO, porque yo no sé nada o sé poco y todo lo que sé es una fuga y todo lo pierdo o se desvanece.

Por todo lo anterior, nadie en su sano juicio debe temer al OULIPO. O sí, o no, o qué sé yo. Además, ¿qué significa eso de estar en su sano juicio? Yo, desde luego, no podría decir eso de mí. ¿Alguno de vosotros, oulipianos en potencia, oulipianos por anticipación, podría decir de sí mismo tal cosa? Rezo por que no sea así. De lo contrario, la literatura, sus creadores y sus lectores, estaríamos al borde del colapso, y nunca seríamos capaces de salir del laberinto que nosotros mismos hemos creado. Pero lo somos.

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Queridos Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:  El año se acaba. Sí, se acaba. Ha sido un año difícil, como todos. Ha sido un año extraño, como todos, ¿verdad? Ha sido un año feo y también hermoso y también terrible y también apacible. Un año maravilloso y un año de mierda. ¿O acaso no son así todos los años?

Este año, queridos Reyes Magos,  he leído menos de lo que debería y he escrito menos de lo que conviene. Nadie tiene la culpa, pero así ha sucedido. Este año he publicado, he viajado, he llorado, me he mudado de casa, he asimilado las críticas, a veces sí, a veces no, he lidiado con el nuevo vecino de arriba, a quien le da por trasladar muebles de una estancia a otra a las tres de la madrugada, he hecho amigos y también he hecho, a mi pesar, algún que otro enemigo.

Este año, queridos Reyes Magos, he aprendido cosas. ¿Qué cosas? Pues bueno, por ejemplo, qué sé yo, he aprendido que siempre hay esperanza, que todos nos merecemos una oportunidad, que el trabajo y el esfuerzo no deberían caer en saco roto, que la perseverancia y la lucha y la voluntad son más importantes que la suerte, que la suerte existe y está cerca pero que también es necesario doblegarla y hacerla entrar en razón.

Este año, queridos Reyes Magos, he comprobado que la literatura no está muerta. Quizá está débil, sí. Quizá está triste. Oh, princesa. Quizá está aburrida. ¿Cómo no iba estarlo? Yo he hecho todo lo que he podido por ayudarla, pero no ha sido suficiente. Un hombre solo no puede modificar nada. Por eso ni siquiera me atrevo a hacer una lista con las mejores lecturas del año. Que la hagan otros. Los que saben de esto. Los que lo han leído todo.

Por eso, queridos Reyes Magos, por favor, dejadme tranquilo. No tengo nada que decir y el tiempo apremia. Gracias por venir, en cualquier caso. El año que viene, quién sabe, tal vez, si seguimos aquí, …

 

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Entrevista imaginaria a Bolaño

Después de leer con entusiasmo y regocijo la entrevista imaginaria que le ha hecho la escritora María Negroni al escritor chileno Vicente Huidobro (que podéis leer aquí), me he puesto en contacto con el espíritu del también chileno y también escritor Roberto Bolaño para hacerle exactamente las mismas preguntas que la poeta argentina le ha planteado al espíritu de Huidobro, como si se tratara de un juego de espejos de realidades paralelas, o de una broma macabra para lectores irredentos. Que sea el lector, en definitiva, quien juzgue este juego, un juego tan valioso y tan estéril como la propia literatura.

 

―¿Qué tipo de novelas prefiere?

―Las que escriben mis amigos.

―¿Y por qué?

―Porque las de mis enemigos son infinitas.

―Ahá… ¿y qué es escribir, para usted? 

―Respirar dentro de un ataúd, ver los rostros de los monstruos cuando todo está oscuro, caminar sobre el agua. Esas cosas.

―¿En qué sentido?

―En sentido literal, por supuesto.

―¿Y para qué sirve la poesía? 

―¿Y tú me lo preguntas? Para tomarse las cosas con sentido del humor. Para clavar una lanza en el desierto. Para abrazar la mendicidad. Para llorar lágrimas de sal por quienes no creyeron en nosotros, que diría Amado Nervo. Para mejorar la caligrafía. Para pagar impuestos desde luego que no.

―¿Cómo se relacionan poesía, verdad y belleza? 

―De ninguna forma. La poesía nunca es tan verdadera como la belleza, que a su vez nunca alcanza la verosimilitud de la poesía. Todo lo que no es verdad es bello. Todo lo bello es poesía. De todas formas, no creo que nada de lo que estoy diciendo sea verdad.

―¿Cosas que le desagradan?

―Los premios amañados, las fotos de las solapas de los libros que no ha hecho Daniel Mordzinski, las catapultas, las persecuciones, los homenajes póstumos, las entrevistas imaginarias, las visitas guiadas, los planes quinquenales.  

―¿Cuál sería su máxima ambición literaria?

―Que se borraran las fronteras entre los géneros literarios. Y después, si eso fuera posible, que me dejaran en paz.

―¿Cuál es, para usted, la función social del arte?

―Disparar a bocajarro. Desde dentro o desde fuera. Casi mejor desde fuera.

―Pero cómo, ¿un escritor no debe comprometerse con la realidad?

―Un escritor debe comprometerse, en primer lugar, consigo mismo. Después, si le quedan tiempo y ganas, debe comprometerse con la literatura y su destino. Y al final, si aún tiene valor y esperanza, debe comprometerse con su editor y con los distribuidores de libros, sobre todo con ellos, que son quienes tienen la capacidad de llevar lo que uno escribe a las manos de los lectores, quienes son los últimos con los que un escritor debe comprometerse, pero en cualquier caso no demasiado.

―Pero sus poemas tratan sobre cosas concretas.

―Hace mucho tiempo que no leo mis poemas.

―Usted ha vivido afuera de su país.

―Creo que nunca he tenido un país. He vivido en muchos, sí, pero ninguno ha sido mío realmente. Los he rondado, los he explotado, los he maltratado, los he amado. Pero yo me conformo con la patria chica, con el olor de la guayaba, del pan recién hecho, del café humeante y del tabaco. Fumo mucho, ¿sabe? Me ayuda a escribir y a estar solo.

―¿No escribe, entonces, para romper la soledad?

―No, escribo para descifrarla, que se parece pero no es lo mismo.

―¿Por qué es difícil su poesía?

―¿Eso crees? Qué poco has leído, amigo mío.  

―¿Qué piensa del realismo en arte?

―Lo amo. Lo amo y lo odio al mismo tiempo. Pero qué manía con preguntarme sobre arte. ¿Estás seguro de que arte y literatura son la misma cosa?

―¿Poetas que lo han influido?

―El espectáculo de la literatura es de risa. Si digo que me han influido todos es lo mismo que decir que no me ha influido ninguno.

―¿Títulos tentativos para futuros libros? 

―Pero cómo, ¿todavía quieren que saque más libros?

―¿Algo que lamente no haber hecho o que le gustaría hacer antes de morir? 

―Cantar a dúo con Dylan un poema de Nerval.  

―¿Qué consejos le daría a un escritor joven?

―Que haga caso a su madre y deje de escribir y se matricule en un módulo de grado superior de electrónica.

―¿Qué le diría del mundo? 

―Que no es tan cruel como parece. Pero que tiene sus riesgos. La escritura es uno de ellos, quizá el mayor de todos.

―¿Algo que agregar? 

―Sí. Todos mis libros están relacionados. Por eso estoy, ¿estaba?, condenado a tener pocos lectores, pero fieles. Son lectores interesados en entrar en el juego metaliterario y en el juego de toda mi obra, porque si alguien lee un libro mío no está mal, pero para entenderlo hay que leerlos todos, porque todos se refieren a todos. Y ahí entra el problema.

 

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La mudanza y el fuego

No sé a quién se le ocurrió decir que siete mudanzas equivalen a un incendio. ¿Churchill? ¿Wenjamin? ¿Nabokov? Poco o nada importa, en realidad. A veces nos creemos que las frases heredadas, simbólica o realmente, significan algo, tienen que significar algo, puesto que han sido pensadas y escritas antes de que nosotros tuviéramos conciencia de ellas. Pero tal vez estemos equivocados. La compulsión por la cita, por la refrenda, oscurece nuestras propias experiencias. Yo he vivido más de siete mudanzas y también un incendio y no sería capaz de igualar ambos percances. Un incendio destruye muchas de tus cosas por casualidad. Una mudanza, en cambio, exige que seas tú mismo quien se desentienda de algunas de esas cosas. El azar y la voluntad no deberían estar emparentados, por muy lúcido que parezca el epigrama que los consigna.

Cada vez escribo menos. Nunca imaginé que el acto de la escritura me iba a resultar cada vez más difícil, más incómodo, más precario. Escribir se ha vuelto un ejercicio insustancial porque todo lo que escribo carece de sustancia. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? Me gustaría poder decir por qué la Academia sueca está equivocada, por qué no deberíamos perder un minuto hablando del Premio Planeta, por qué don Arturo Pérez-Reverte y don Francisco Rico están demasiado mayores para andar peleando públicamente por la merienda, por qué la literatura no tiene nada que ver con lo que se dice de ella y sin embargo es tan importante.

En el incendio se quemaron muchas cosas. Se quemaron fotos y cuadros y muebles y plantas y ropa. Se quemaron libros. Muchos libros. Libros que quería y libros que no necesitaba. Libros que había leído y libros que aún tenía que leer. La fatalidad o el destino me privaron de ellos. Mis pertenencias se redujeron. Mi templanza y mi dolor se amoldaron a la catástrofe. ¿Qué había perdido, al fin y al cabo? Cosas. Muebles. Fotos. Libros. Pero la casa seguía en pie. Las paredes estaban ennegrecidas. Todo allí olía a humo y parecía a punto de derrumbarse, pero no se derrumbó. Sobrevivimos. Pintamos. Pusimos otros muebles y otras plantas. Otros libros. Pasó el tiempo. Nos cambiamos de casa. Hice cajas. Dejé de escribir. Organicé el espacio. Compré plantas. Monté estanterías. Puse lámparas y cortinas. Y cuando todo estaba preparado encendí el ordenador y me senté a escribir. Habían pasado muchas cosas y no había pasado nada. No tenía nada que escribir. Todo lo habían dicho ya. El Nobel, el Planeta, el affaire Rae. Sobre lo único que no se había escrito era sobre el incendio de mi casa y sobre mi mudanza. Sobre los libros que quería leer y que ya no tenía.

En este tiempo de silencio he leído varios libros que no quería leer simplemente porque eran los libros que seguía teniendo a mano. No se quemaron, y como no se quemaron les di un valor añadido en vez de meterlos en una caja y donarlos a una librería de segunda mano. Sobrevivieron, y al hacerlo, de alguna manera, me impusieron su lectura. ¿Qué puedo decir de ellos? Poco o nada, en realidad. Me siento contrariado porque el hecho de leer por leer me ha puesto contra las cuerdas. Siempre he pensado que leer un libro, fuera el que fuera, serviría para algo. Un incendio y otra mudanza me han hecho ver que no, que quizá estaba equivocado, que leer algunos libros mal escritos, mal planteados y mal resueltos, cuando no abiertamente catastróficos, no sirve para nada. Ni siquiera recuerdo, no quiero recordar, sus títulos. Pero todavía puedo sentir el dolor por haber perdido el tiempo en su compañía. Lo que me lleva a imaginar una situación atroz: el dolor de los lectores a quienes hice perder el tiempo con mi libro.

Hace un par de días se falló el III Premio Dos Passos a la Primera Novela, que este año ha recaído en la obra Párpados, del escritor Toni Quero, y que se publicará en 2017. Como ganador del II Premio Dos Passos, de alguna manera, mi momento de gloria ha pasado. Escribo esto, y creo que se nota, sin saber muy bien qué quiero decir. Sólo quería dejar constancia de que el tiempo, el azar, las decisiones y las nuevas noticias no siempre consiguen que avancemos. Unos libros se queman, otros se olvidan; algunos se leen sin ganas y a otros nos obligan a hacerles caso. Lo único que quiero decir en esta misiva desesperada a los lectores que han sido míos es gracias, si sirvió para algo, y lo siento, si no fue así. Sobreponerse al fuego, al cambio y a la rotación de títulos y autores son algunas de las circunstancias que reafirman nuestra supervivencia. Os haya pasado lo que os haya pasado con mi libro, o con cualquier otro, no os dejéis intimidar por mi actitud temblorosa y seguid leyendo. No es una orden, es un ruego.

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Cuatro mil personas

Hoy quiero recordar esta historia. ¿Me lo permiten? Estábamos en Sevilla. Pero ¿qué importa dónde? La promoción de Cocaína, el libro en el que contaba la adicción de un escritor en ciernes a la farlopa, estaba a punto de empezar, y mi hermano estaba preocupado por saber qué le diría a los medios de comunicación por el evidente paralelismo que había entre el personaje y yo. Hablaré de la autoficción, le dije, contaré que todo parte de experiencias personales hasta que dejaron de serlo para formar parte de una trama novelesca a partir de la cual lo más importante ya no era yo sino los avatares del personaje que había creado. Lo que viene siendo un álter ego. Lo que habían hecho tantas veces escritores como Henry Miller, Paul Auster, Vila-Matas o Bolaño. Entre muchos, muchísimos otros. Aun así, mi hermano no se quedó tranquilo.

En el libro, el personaje, que puedo ser y no ser yo, atraviesa una crisis existencial por el suicidio de su hermana pequeña. Las devastadoras consecuencias que tiene en su familia y las crudas reflexiones que le genera este hecho al protagonista están relatadas con la mayor veracidad de la que fui capaz. No en vano, lo más real del libro es eso: la muerte de mi hermana por su propia mano. ¿Qué vas a hacer cuando te pregunten sobre el suicidio de nuestra hermana?, me dijo mi hermano en un bar de Sevilla. ¿También dirás que forma parte de la invención, o asumirás la realidad? En ese momento me asusté, no lo puedo negar. ¿Qué era lo que tenía que decir en ese caso? La literatura del duelo ha sido reconocida y visibilizada gracias, por ejemplo, a libros recientes como También esto pasará, de Milena Busquets, o El comensal, de Gabriela Ybarra, pero, que yo supiera, hacía tiempo que nadie hablaba con claridad y honestidad sobre el suicidio de un familiar o amigo. Al menos desde Amarillo, de Félix Romeo. ¿Qué debía hacer yo entonces?

Cocaína se publicó y llegó el momento de la promoción. Me entrevistaron en una docena de medios impresos y digitales, acudí a la radio y a la televisión, dije y desdije cosas sobre la autoficción, la adicción a la cocaína, la ruptura, la provocación, la rabia y el odio del personaje al entorno que le rodeaba. A veces dije que era un trasunto de mi personalidad y mis obsesiones. A veces negué la mayor y me desmarqué de sus circunstancias y sus opiniones. Me entretuve haciendo declaraciones, metí la pata, hice alguna broma de mal gusto y en alguna ocasión dije alguna cosa interesante, o que yo creí interesante, sobre la nueva literatura y su destino.  Me había preparado un discurso creíble y bien argumentado para responder a la pregunta que tanto temía mi hermano, quien había vivido y sufrido el suicidio de nuestra hermana pequeña. Pero la pregunta nunca llegó. Todos los periodistas me preguntaron qué tenía el personaje que tuviera yo, cuánta cocaína me había metido en mi vida, si eran reales los personajes que me acompañaban en la aventura, si alguna vez había escrito drogado, si la droga era un estimulante para mí, si la cocaína estaba bien o mal vista, si los artistas se drogaban más que la media y si yo era o había sido un drogadicto, tal y como se explica en la novela. Pero ninguno quiso saber si mi hermana pequeña se había suicidado realmente o no.

Cuando escribía el libro, cuando lo presenté al premio Dos Passos y cuando tuve que defenderlo en entrevistas, tenía claro que el suicidio era un tema tabú en la sociedad. Cuando mi hermana se suicidó, mi familia reaccionó de forma desesperada. Negamos el hecho y dijimos a familiares y amigos que había sido un accidente de coche. Que nada ni nadie había tenido que ver con su muerte. Que había sido una fatalidad, una más de las muertes en la carretera con las que abren los informativos cada lunes. Pero la realidad era otra. La realidad era que todos nos sentíamos culpables o avergonzados de algo que no supimos o no pudimos frenar. Cuando una persona se quita la vida siempre queda esa sensación amarga y desesperante de que los que estábamos a su lado podíamos haberlo evitado. Pero la verdad es otra. Si un suicida quiere quitarse de en medio, tarde o temprano lo consigue.

Ningún periodista me preguntó sobre el suicidio de mi hermana. Tampoco los lectores que se acercaron a la feria del libro para que les firmara la obra. Mi novela, Cocaína, se recrea en ese hecho y en el sufrimiento que le ocasiona al protagonista, temeroso de repetir la “hazaña” de su hermana. Ahí puede estar la clave del asunto. Un suicida nos pone contra las cuerdas, nos enseña la cara oculta de la realidad, nos demuestra que tal vez nada de lo que pasa en nuestras vidas merece la pena, nos interroga y nos asusta, nos hace temblar de miedo y nos devuelve una imagen terrorífica de nosotros mismos,  de lo que podemos llegar a ser capaces de hacer en los peores momentos de nuestra existencia. Las estadísticas dicen que alrededor de cuatro mil personas se suicidan al año en España. Cuatro mil personas que mueren por voluntad propia, enajenados o convencidos, derrotados o airosos, cuatro mil personas que se niegan a creer que siempre hay una alternativa mejor que la muerte. Cuatro mil personas que no acaparan titulares ni preguntas, ni siquiera cuando son coprotagonistas de una novela.

He escrito una novela sobre el suicidio y sobre el miedo a morir pero nadie parece haberse percatado de ello. Quizá tendría que haber sido yo quien hiciera énfasis en el asunto, quizá tendría que haber dicho que la adicción a la cocaína y otros desbarres que uno puede cometer en su vida no son más que el reflejo del miedo a perder el sentido y la conciencia y la razón. Quizá debería haber explicado que quien nos mira desde el otro lado del espejo no siempre quiere lo mejor para nosotros. Quizá hubiera sido mejor no esperar a que pasara tanto tiempo para decirle al mundo que mi hermana se había suicidado porque ya había tenido bastante. Pero parece que nadie, ni siquiera los que lo vivimos tan de cerca, podemos aceptar que la vida de los demás es suya, y lo es hasta las últimas consecuencias.

 

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Gracias

La 75 edición de la Feria del libro de Madrid ha terminado con un aumento de ventas del 3,5% respecto al año pasado, lo que se trata, sin duda, de una gran noticia. Sin embargo, todos los libreros consultados afirman que la afluencia de lectores hambrientos por conseguir la rúbrica de los autores “serios” que firmaban en sus respectivas casetas se ha reducido. Es decir, que se vende más, pero se firma menos. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado para que las largas colas que solía tener, por ejemplo, Almudena Grandes se hayan reducido, o bien se hayan ocasionado delante de las casetas donde firmaban los youtubers, los falsos profetas y los famosos de turno?

Durante esta feria del libro, por primera vez, y después de haber trabajado como librero en años anteriores, he compartido caseta, ahora como autor, con libreros, con editores y con dependientes. La experiencia ha sido extraña, tan maravillosa como aterradora. Lo maravilloso, por supuesto, ocurre cuando un paseante de los tantos que deambulan por el paseo de coches del Retiro se convierte en lector, y se acerca a la caseta, a nuestra jaula, y mete la mano para echar comida a la fiera y se atreve a ser mordido por ella, por nosotros, por los libros que tenemos apilados delante de nuestras narices como si fueran verdura fresca. Lo aterrador sucede al comprobar que durante mucho tiempo estamos solos, viendo pasar paseantes que no tienen tiempo o ganas de echarnos unas migas de pan, que no quieren alimentarnos ni ser alimentados por nosotros, que debemos sobrevivir sin ellos, porque no nos quieren, porque no nos conocen, porque no les importamos.

La literatura es una forma de supervivencia, pero no es, para la mayoría de nosotros, un sustento económico suficiente. Después de todo es normal. Muchos somos los que escribimos y, según las estadísticas y las encuestas, pocos los que leen. Muchos escribientes, escribidores y escribas, y cada vez menos escritores. Muchos libros y pocos lectores. Muchos objetos y pocos libros. Muchos entretenimientos y poco tiempo. Por eso, después de todo, cuando alguien se acerca a ti y te saluda y se lleva tu libro a casa, o lo trae de allí, la sensación revitalizante es tan poderosa, tan necesaria como el agua y tan nutritiva como una buena comida. Ese instante, ese acercamiento, esa reciprocidad y esa confianza son, a fin de cuentas, de lo que nos alimentamos los escritores. Sin ventas no habría negocio, no habría editoriales ni librerías, no habría escritores. Sin escritores, seamos “serios” o no, no habría lectores. Y sin lectores, sin vosotros, no habría nada. Así pues, gracias. Gracias, sobre todo, a los que nos habéis alimentado, pero también a los que no lo habéis hecho, porque a pesar de eso nosotros seguiremos escribiendo y siempre habrá tiempo, por qué no, para que os unáis al convite.

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Olmos versus Pron

Al parecer, los escritores Alberto Olmos y Patricio Pron no se llevan bien. Se ha dado la casualidad de que ambos han publicado libro recientemente, y además en la misma editorial. Los dos han estado de promoción y los dos han sido entrevistados en esta revista, el primero por su libro de cuentos, Guardar las formas, y el segundo por su novela, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Pero, por extraño que parezca, esta vez no vamos a hablar de sus libros. Ni siquiera vamos a hablar de su enemistad más o menos reconocida públicamente, que poco importa. Vamos a hablar, si es posible, del papel del escritor en la prescripción de libros, un papel que los dos, Olmos y Pron, juegan cada uno a su manera, con disimilitudes pero también con coincidencias.

Tanto Olmos como Pron ejercen la crítica literaria con pasión ejemplarizante. Los dos son grandes, grandísimos lectores, insaciables y totalizantes. Están preocupados por lo que se publica y por lo que se reedita, por los autores contemporáneos y por las relecturas de eso que llamamos clásicos, por los nuevos escritores y por los descubrimientos inesperados. No se conforman con las publicaciones de las editoriales mayoritarias, bien al contrario, bucean en las nuevas, en las independientes y en las marginales. Interrogan textos de todo tipo con presupuestos radicales, originales y exhaustivos. A veces, es cierto, son cruentos con ellos; a veces son tolerantes. Siempre son, eso sí, exigentes, y nunca son, o no suelen ser, complacientes. No tienen la misma forma de leer, ni de juzgar ni de exponer, pero coinciden en la integridad.

Desde luego, en lo que no coinciden es en los gustos, en las pasiones, en la concepción de la literatura ni en sus cometidos. Es difícil imaginar dos obras tan divergentes en el tratamiento de los temas y en las obsesiones resultantes. Ambos son dos escritores verdaderos, ambiciosos y luchadores, pero tampoco en sus méritos o debilidades pueden ser comparados.  Acaso les une la voluntad de estilo y el inconformismo, pero puede que me equivoque y por eso no voy a pisar ese terreno. Entiendo que también les iguala la propensión a sincerarse en las entrevistas, la tentación de hacer declaraciones rotundas, como machetazos, que no dejan indiferente a nadie. Más allá de eso, como dicen los escritores plagiaristas, padrastros ni en los dedos.

Y bien, ¿qué podemos sacar en claro de todas estas afinidades y rechazos? Ahí van mis conclusiones. Uno, que los escritores a veces son los peores críticos de sus obras pero son los mejores comentaristas de las obras de los demás. Dos, que los escritores son imprescindibles en la elaboración del canon, tan encogido como está, en la construcción de listas, tan aleatorias como son, y en la filtración de las recomendaciones, tan caprichosas ellas. Tres, que los escritores son antes que nada lectores y que no se puede pretender crear una voz propia si previa o simultáneamente no se han depurado y asimilado las voces de los demás. Y cuatro, que se puede estar en desacuerdo con las políticas o criterios de los demás pero que irremediablemente se ha de estar de acuerdo en la argumentación de postulados analíticos y constructivos que favorezcan la exaltación y el crecimiento de la literatura. Sí, la literatura, esa cosa a la que todos debemos amistad eterna, incluso los que no se tienen por tales.

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Editar y resistir. VII. DIRTY WORKS

Que la literatura no tiene fin es algo que suele olvidarse. Por supuesto, saber que no lo tiene es algo agotador. Echar un vistazo a las mesas de novedades y descubrir cada día a centenares de autores de los que no habíamos oído hablar deslumbra y desespera a partes iguales. Ser consciente de las limitaciones que acortan nuestra vida como lectores nos coloca en una tesitura incómoda y rebelde. ¿Por qué tengo que leer a este o aquel autor? ¿Por qué tengo que estar al tanto de cada novedad, ya sea de un escritor inédito en castellano, novel o consagrado? ¿Por qué la maquinaria editorial no me deja perder más tiempo en asuntos cotidianos como el cuidado buco dental o las apuestas por internet?
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Ha nacido una nueva editorial. Al parecer,  el riesgo y la valentía de los nuevos editores tampoco tiene fin. Se llama Dirty Works y ha venido, consecuentemente, para hacer el trabajo sucio: editar a escritores que no conocíamos o conocíamos de oídas, y publicar novelas que rabian, que duelen, que insultan, que se saltan las normas y nos obligan a pensar qué haríamos nosotros si pudiéramos comportarnos así. Qué haríamos nosotros si supiéramos escribir así. Por el momento han publicado cinco títulos: La primera novela de Larry Brown, Trabajo sucio, una historia que planea con humor y coraje sobre los desastres de la guerra. Maldito desde la cuna, de William S. Burroughs Jr., sí, el hijo del autor de El almuerzo desnudo, que desmenuza su corta e intensísima vida así como la relación con su padre y otros miembros de la generación beat. El amante de las cicatrices, de Harry Crews, un intento de escribir una historia de amor frustrada por la sombra de las marcas que dejan las heridas más dolorosas. El libro de cuentos Volt, de Alan Heathcock, donde la violencia se reproduce y se expande dentro de los confines de un mismo territorio. Y por último, otro libro de relatos, El hielo en el fin del mundo, de Mark Richard, que desmenuza la otra cara del sueño americano, y que fue galordonado en su día con el PEN/Ernest Hemingway Foundation Award.
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Para saber algo más sobre esta editorial, Javier Lucini, editor y traductor, ha tenido a bien contestar con originalidad a cinco preguntas tan normales y corrientes que asustan.
1- ¿Para qué sirve la literatura?
Para no matar. Para no asesinar a nadie. Para no comenzar a darle importancia a robar, para no pasar del robo a la bebida y a la inobservancia del Día del Señor y acabar por faltar a la buena educación y acabar dejando las cosas para el día siguiente.
2- ¿Por qué seguir editando libros y qué significa ser un editor independiente?
Por lo mismo que hay que seguir escribiéndolos: para sobrevivir. Lo decía Harry Crews, uno de nuestros autores: las historias lo son todo y todo son historias. Contar historias es una manera de sobrevivir y de comprenderse. Nada muere si hay historias. Todo se incorpora y se traspasa de una generación a la siguiente y quienes cargan con ese legado son los que acaban por darle forma y color. De ahí la importancia y la responsabilidad de la edición. Ser pequeño e independiente significa, básicamente, no disecarse (como los viejos dinosaurios).
3-¿Cuándo se acabará el mundo en papel?
Tenemos una amiga que estuvo en Japón y se trajo varios WC electrónicos, de esos con calefacción y chorrillo de agua templada. Los probamos, pero no nos convenció. Seguimos prefiriendo un buen papel, suave y sedoso. No sé si eso responde tu pregunta.
4- ¿Qué libro o autor representa mejor su catálogo y sus ambiciones?
Larry Brown, sin duda. Su ópera prima es la que da nombre a nuestra editorial. Trabajo sucio. Dirty Works. Publicaremos toda su obra. De todas formas, hablar de un catálogo que por ahora solo tiene cinco títulos es un poco precipitado.
5- ¿Confía en descubrir al mejor autor contemporáneo o prefiere rescatar del olvido una gran novela del siglo pasado?
Lo cierto es que no pensamos en términos de canon. Si la historia nos seduce, nos da igual que sea el peor autor contemporáneo o la peor novela del siglo pasado. En realidad es parte del “trabajo sucio”. Quizá sea esa la labor del editor independiente que nos preguntabas antes: hacer el trabajo sucio. Alguien tiene que hacerlo (de la profilaxis, la pulcritud, la urbanidad y la impecabilidad ya se encargan otros).
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Pensar. Sufrir. Llorar

Me he dado cuenta de que no soy, no puedo ser un crítico literario al uso. Algunas veces he pensado que lo era, algunas veces he llegado a decir que lo era; pero no, no lo soy. Respeto demasiado la profesión del crítico literario para querer suplantarla. A veces he jugado a hacerlo, he jugado a decir que sabía esto y aquello otro y que lo que yo decía no se atrevía a decirlo nadie. Pero ¿cómo puede un hombre estar tan equivocado?

En todo este tiempo me he creado unas expectativas demasiado altas, he jugado a creerme que la literatura estaba por encima de la vida, he desdeñado planes y propuestas y viajes y placeres por unas cuantas horas más de lectura silenciosa, de escritura disciplinada. Desde ésta y otras tribunas he comentado la actualidad literaria con descaro, con procacidad, sin pudor, a veces con demasiada intensidad, a veces con demasiada ligereza. He hablado de los premios, de las corruptelas, de las injusticas, de los escritores que leo y de los que no leo, de los escritores que admiro y de los que me dejan indiferente, de qué es y para qué sirve la literatura, si es que tal cosa puede saberla alguien.

Ricardo Piglia se pregunta: “¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).”

Ahora, tras leer mòh, el primer libro de poemas de Minke Wang, publicado por Amargord Ediciones, yo me pregunto: ¿cómo se convierte uno en poeta? Pero no en un poeta cualquiera, no. Porque Minke Wang es un poeta destructor, un poeta de la tiranía hermenéutica, un poeta del sonido y de la velocidad, de la ruptura y de la transgresión, un poeta del non sense, un poeta que aúlla en lo alto de una pradera, un poeta que se rasga las muñecas con sus versos, un poeta que separa a conciencia el significado del significante, un poeta sin igual en la reciente literatura en castellano, un poeta chino que masajea, transforma y tergiversa la lógica de nuestro idioma mejor que el más avezado de los poetas españoles contemporáneos. Y eso que yo no estoy al tanto de toda la poesía que se reproduce, y la palabra no es aleatoria, en este tiempo y en esta época. Minke Wang, léanlo si no me creen, no reproduce poesía, la crea de la más absoluta nada, le entrega su vida, su corazón y sus vísceras y la lanza al mundo de una patada. “Ahí la tenéis, malditos, a ver qué podéis hacer con ella”. Y la respuesta que le damos es unívoca. ¿Nosotros? ¿Qué podemos hacer nosotros con ella? Nada. Pensar. Sufrir. Llorar.

Desde que asistí a la presentación del libro, hace ya unos meses, he estado leyendo, interrogando al texto, discutiendo en voz alta, insultando a las páginas que me hacían desentenderlo todo una vez más. Entonces, un buen día, amanecí completamente desquiciado. Mi chica me dijo que qué me estaba pasando, que llevaba varios días como enajenado, apático, indiferente. ¿Es por el libro que estás leyendo, el del chino?, me preguntó. Sí, es por él, le dije. Esta noche has hablado en sueños, me dijo, no es la primera vez que lo haces, pero esta noche lo has vuelto a hacer y has dicho cosas rarísimas, frases incompletas, inconexas. ¿Recuerdas alguna?, le pregunté con las pupilas dilatadas. Y ella respondió que sí, que había dicho algo de un pájaro sucio, de una mantis, de una polilla emperatriz. Lo reconocí al instante. Eran los versos del primer poema del libro, el mismo que Minke Wang leyó el día de la presentación. Los versos que yo recité en sueños eran estos:

 

Ojos que incubáis Violenta virgen. Mapa sobre tierra.

Lápida. Pinta un nombre con tu meñique ¿qué? ¿No es

llama de amor nonata? Pájaro sucio o Niño Polla no para

o no pregunta:

 

¿De qué vale juntar zapatos en este descampado, si a pie

de hojalata no hay más que madres o jazmines? Parálisis

facial de mantis Sí: Aquél que yo más quiero

decidle golpeadle decidle

 

Rojo bosque que incubáis la polilla emperatriz. Clama

por flores de PVC o que llueva sangre de adolescente.

Tu erizo de mar no bebe ya?

 

¿Y bien? ¿Qué habéis entendido de todo este asunto? ¿Sabríais decirme de qué está hablando Minke Wang, qué quiere mover, remover, expresar, reivindicar? ¿Podríais decirme qué clase de poeta es Minke Wang y por qué lo es? Yo no, yo no puedo decir nada más. Por eso no puedo ser un crítico al uso. Un crítico al uso no deja que la ficción entre en sus sueños y trastoque su existencia. Un crítico al uso tendría una explicación para todo. En cambio, yo, la verdad es que no tengo nada más que decir. He soñado con un poema que no entiendo y he leído un libro plagado de neologismos que me increpaban y me devoraban y a ratos me sobrecogían y a ratos me hacían cantar. Si la poesía no es eso, locura, provocación, desgarramiento y exaltación, será mejor que dejemos de preocuparnos por ella.

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La necesidad

Esto no es una crítica de cine, en bastantes jardines me estoy metiendo por culpa de un libro recién publicado como para adentrarme ahora con los ojos tapados en una jungla. Esto no es un comentario sobre el argumento, el ideario, la fotografía o la música de la última película de Paolo Sorrentino, La juventud. Esto no es un análisis de su filmografía ni una discusión sobre su estilo narrativo. Esto sólo es una reflexión al hilo de ciertas imágenes, sentimientos y emociones que provoca o puede provocar el visionado de esta película unido al de su anterior film, La gran belleza.

Una reflexión, o más bien unas cuantas ideas dispersas y mal avenidas sobre la decrepitud y la belleza, sobre la soledad y el sentido del humor, sobre la amistad y sobre la muerte. Esos son los conceptos recurrentes que yo he encontrado en ambas películas (pero puede haber muchos más) y sobre ellos he compuesto una serie de aprensiones o agudezas de incierta puntería. Epigramas alegres o sentencias de sobremesa, lo que sigue es una incitación al error, al trascendentalismo y a la epifanía.

Que la decrepitud no es un síntoma de la decadencia del ser humano sino una extraña forma de pureza. Que la belleza puede ser una representacion deformada de la relación entre el yo y el mundo. Que la soledad es una consecuencia directa de las exigencias extremas que se imponen a sí mismos los seres demasiado ambiciosos. Que el sentido del humor es una forma elevada de inteligencia sin el cual es difícil concebir cualquier intento de enfrentar las profundidades del ser. Que la amistad es más hermosa con el paso del tiempo porque sobre ella recae la inmortalización de los mejores recuerdos. Que la muerte potencia el redescubrimiento del amor aunque quizá ya sea tarde para ello y quizá ya no importe.

Dice Antonio Díaz (él sí crítico de cine en Tiempo) de Sorrentino que “su huella en este mundo es señalar al público precisamente la necesidad de dejar huella en este mundo.” Esa insaciable necesidad de trascendencia es la que nos lleva a todos los que queremos hacer ficciones al borde del abismo, a caminar a tientas por la realidad y a dar explicaciones constantes sobre lo que nos desborda y nos impele: la necesidad de hacer ficciones para comprender algo tan incomprensible como el sentido de la vida, algo tan difícil de comprender como nosotros mismos.

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