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Por un millón de multas

La penúltima –habrá más- ocurrencia –no se le puede llamar de otra manera- del Gobierno confuso de Zapatero ha consistido en reducir, por decreto-ley, el límite de velocidad en las autovías y autopistas. Pasará de los actuales 120 kilómetros por hora a 110. Las justificaciones y las explicaciones son tan inconsistentes como estrambóticas. El vicepresidente Rubalcaba, al que empiezan a crecerle rivales para la sucesión como hongos, esgrime el alza del precio del crudo derivada de la crisis en Libia y que una menor velocidad significará una reducción considerable de la factura petrolífera, que pagan los ciudadanos, por cierto. Al mismo tiempo, afirma que no existe ningún problema de abastecimiento. Algo no cuadra. El barril de petróleo cuesta 110 dólares y la tendencia es alcista. El precio del crudo, sin embargo, está lejos de los máximos que alcanzó en 2008, cuando un barril costaba 146 dólares, es decir, un 30% aproximadamente más que ahora. Nadie entonces, y mucho menos el mismo Gobierno que ahora, planteó reducir los límites de velocidad. Hay que matizar que el Gobierno era el mismo, pero que desde entonces ha habido algunos cambios, entre ellos el de Pedro Solbes, que dejó su puesto al frente de la economía española a Elena Salgado. Tampoco estaban en el ejecutivo figuras como Leire Pajín, pero el presidente, que es lo que importa, era el mismo, y también ya sentaban en el Consejo de Ministros Rubalcaba y el titular de Industria, Miguel Sebastián, a quién algunos señalan como el padre de la ocurrencia. Seguir leyendo

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Ruíz Mateos, fracaso 2.0

Casi treinta años después, como un personaje novelesco, como un pícaro sin gracia, José María Ruíz Mateos ha acudido, incluso con algo de puntualidad, a su cita con el fracaso. Es la crónica de un desastre anunciado, del final de años de tejemanejes estrafalarios, negocios imposibles y palabrería de charlatán de feria. Ruíz Mateos, casi treinta años después de que un Gobierno presidido por Felipe González le expropiara, tan sorprendente como justamente, Rumasa, vuelve a estar ante el abismo. Ha llegado allí, al precipicio, por sus propios méritos, por encima de todas las advertencias que ha recibido durante años, y con él ha arrastrado al desastre a varios miles de inversores que –también a pesar de los avisos recibidos- confiaron en él. Pueden y deben reclamarle su dinero, pero también deben cargar con la culpa de haber confiado en alguien que –era bastante obvio- sólo ofrecía humo, aunque a algunos les agradara ese aroma. Ruíz Mateos ahora, enfrentado a su segundo gran fracaso, tampoco puede culpar a nadie, aunque lo haga. El Gobierno no ha intervenido y si las autoridades económicas han pecado de algo ha sido de omisión, de benevolencia y de falta de intervención ante lo que se vislumbraba en el horizonte como una catástrofe predecible y anunciada. Ruíz Mateos se queja, claro, de los bancos, pero ni él ni sus empresas son diferentes a tantos miles de empresas y empresarios que acuden a las entidades financieras en busca de dinero y no lo consiguen. Protesta también de los medios de comunicación, que si de algo son culpables son de haber hecho la vista gorda ante lo que era un escándalo empresarial manifiesto y más o menos conocido. El tinglado de Ruíz Mateos se basaba ahora, como hace 30 años, en un montaje piramidal, en donde el dinero último que conseguía de destinaba para remunerar al viejo y tapar, de forma temporal, algunos agujeros. Tampoco era muy complicado descubrir que había gato encerrado, si se quería ver, claro está. Nadie paga el 8% ó el 10% cuando el precio oficial del dinero es el 1% y cuando las ofertas más agresivas de bancos y cajas de ahorros, lanzado en ocasión también a una carrera suicida, ofrecían el 3% ó el 4%. El viejo refrán de que “nadie da duros a cuatro pesetas” no ha perdido su validad. El tinglado –no tiene otro nombre y desde luego nunca sería el de empresa- de Ruíz Mateos es un conglomerado opaco de sociedades que, en muchos casos, son propiedad de compañías holandesas, a su vez controladas por otras instaladas en paraísos fiscales del Caribe. ¿Cómo ha resistido hasta ahora? No hay nada extraño. En tiempos de bonanza, siempre hay dinero fácil y el camino es la huida hacia delante. Igual que en cualquier estafa piramidal o en caso como el del célebre Madoff, en prisión por vida en Estados Unidos. La crisis, y una tan grave como la actual, lo único que hace es adelantar el desplome de estos tinglados piramidales, basados en la confianza ajena que obtienen, por distintos motivos, vendedores de humo como Ruíz Mateos. Miles de españoles –tampoco se conoce con exactitud su número- invirtieron un mínimo de 50.000 euros dónde se lo pidió el jerezano. Creían en él y les atraía la rentabilidad que ofrecía. Es difícil, muy difícil, que recuperen su dinero. Quizá cuando lo asuman dejen de creer en José María Ruíz Mateos. Fiel a sí mismo, como hace casi treinta años, acaba de protagonizar su “Fracaso 2.0” Seguir leyendo

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El negocio de la influencia

Son, por ahora, 17 empresas importantes. Las más importantes y poderosas del país. Mejor dicho, son los responsables de esas empresas. Desde César Alierta (Telefónica) hasta Isak Andic (Mango). Por en medio, por supuesto, los banqueros. Siempre se apuntan a lo que creen que puede interesarles. Incluso pagarán parte de la factura. Todos están muy preocupados, por el presente y por el futuro. La idea surgió por azar y, en cierta manera, alguien se quedó en situación de disponible. El hombre y el nombre es Fernando Casado, hasta hace muy poco director general del Instituto de Empresa Familiar. Hace también muy poco, fue nombrado presidente de Catalunya Caixa, en sustitución de Narcís Serra, que se ha retirado no con grandes honores, precisamente. La peripecia de Casado en la caja catalana, que sin remedio acabará en manos de alguien porque no tiene salida por sí misma, duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Le prometieron funciones y salario, más o menos 500.000 ó 600.000 euros. Al final no le dieron ni lo uno ni lo otro y, por supuesto, eligió una salida airosa, digna y además explicada. Faltan por concluir los detalles, pero todo está zanjado. Otros cargarán con el marrón de la caja catalana. Seguir leyendo

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El sudoku más imposible de Solbes

Pedro Solbes, agobiado por la crisis económica, se enfrenta además a un “sudoku” imposible de resolver. El “sudoku” se llama financiación autonómica. El vicepresidente ha convocado una reunión con todos los responsables autonómicos la semana que viene. El objetivo es presentarles su modelo de reforma y, sobre todo, convencerles de sus bondades. A todos menos a vascos y navarros, que por motivos históricos, van por libre y tienen su modelo propio. El cupo los vascos y el foral los navarros.El “sudoku” de la financiación autonómica, como barrunta Solbes -diga lo que diga-, no tiene solución porque algunos de sus protagonistas no quieren que la tenga. Mejor dicho, la que desearían es una especie de ruptura de baraja. Las cosas claras. El equipo de Solbes ha tenido que publicar hace un par de días las llamadas balanzas fiscales de todas y cada una de las Comunidades Autónomas. De esas balanzas se deduce -aunque no es una medición exacta, ni mucho menos- qué Comunidades aportan más recursos en términos neto al conjunto del estado español -por lo tanto a otras Comunidades- de los que reciben y que Comunidades reciben más de lo que aportan. Hay, además, varios sistemas de calcular esas aportacione y los resultados son también diferentes.  A grades rasgos Madrid, Baleares, Cataluña, Valencia, La Rioja, Navarra, Aragón y el País Vasco -aunque en diferentes cuantías- aportan más que lo que perciben. La diferencia en lo aportado y lo recibido es importante, sobre todo, en los casos de Madrid y Cataluña. En los últimos años, uno de los caballos de batalla de Cataluña, del tripartito y también de Convergencia, es que hay que reducir ese déficit fiscal. Les parece -también a los socialistas y neocomunistas catalanes- que es injusto el porcentaje de sus aportaciones y el de lo que reciben. Su objetivo, aunque no lo dicen, es llegar al equilibrio, es decir, de alguna manera desentenderse de llamado principio de solidaridad interterritorial. La teoría nacionalista -no sólo procedente de Cataluña- de la necesidad de un equilibro fiscal conduce al caos. Si se aplica por extensión a todo el conjunto impositivo, los contribuyentes más ricos exigirán que se le compense en la misma medida que aportan. En resumen, algo imposible. Por eso, y sobre todo porque muchos nacionalistas no están dispuestos a renunciar a esa pretensión, el “sudoku” que intenta hacer Pedro Solbes también es imposible. Rellenará unas cuantas filas e incluso podrá crear la ilusión de que está a punto de ser completado, pero entonces, sin duda surgirá algún problema. La solución pasa por un acuerdo entre todos y a muy largo plazo, aunque incluya mecanismos correctores. Sin embargo, hay nacionalistas que dirán que sí para seguir adelante y, al mismo tiempo, mantendrán sus pretensiones y volverán con sus exigencias en cuanto puedan. Seguir leyendo

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El sudoku imposible

Pedro Solbes lo dijo cuando era ministro, con aquella mezcla de desgana, ironía y cinismo con la que hablaba. Habló entonces del imposible sudoku autonómico. Tenía razón, aunque tampoco hizo nunca demasiado para resolverlo. Fue vicepresidente de Zapatero porque el inquilino de la Moncloa, cuando llegó a poder por sorpresa en 2004, necesitaba alguien con credibilidad al frente de la economía. Solbes, en ese periodo, salvo excepciones, siempre hizo lo que quiso Zapatero, quizá adornado con algún matiz técnico. Después, fue el propio presidente quien lo retiró de la primera fila del Gobierno, porque él nunca dimitió de ese puesto. Sin embargo, su escaño en el Congreso de los Diputados lo abandonó en cuanto pudo. Nadie recuerda quien lo sustituyó como parlamentario y eso que él había sido el número dos en las listas socialistas, sólo tras Zapatero, en las elecciones de 2008. Es otra de las pequeñas minucias, pero son tantas, que explican la desafección de los ciudadanos con los políticos. Hay países y sistemas electorales, como el británico por ejemplo, que cuando dimite un parlamentario se convocan elecciones parciales para cubrir su vacante. En España corre el escalafón. Seguir leyendo

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Las siete vidas de ZP

José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, es un superviviente. Lo ha sido siempre y lo será, primero mientras siga en política, y después, siempre. Alguno diría que tiene más vidas políticas que un gato, que en teoría serían siete. Ahora, el inquilino de la Moncloa acaba de culminar, con éxito, porque es así y hay que reconocerlo, la gran semana de la foto, que le ha dado un balón de oxígeno y una inyección espectacular de euforia. Es posible que sea artificial –otros dirán que falso-, pero como el interesado, es decir, el mismo Zapatero se lo cree y se lo quiere creer, también ha sido más que suficiente para que el jefe de los socialistas haya recargado las pilas para una pequeña temporada. Los ciudadanos, incluidos muchos de sus votantes ya no le creen, como apuntan todas las encuestas, pero eso le llega poco al presidente en su torre de marfil de la Moncloa, rodeado de fieles y asesores que son los primeros interesados en convencerle de que él es quien tiene razón. Todavía más, por sobre todos los rumores y maniobras que apuntan a la retirada, más o menos próxima, de presidente, también hay muchos –los más próximos, sin incluir a la familia- interesados en que continúe. Para algunos es casi un asunto de supervivencia. Seguir leyendo

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La traición de Toxo y Méndez

“Marcelino, mientes, y tú lo sabes”, le espetó al entonces líder de CC.OO,, Nicolás Redondo, en un debate televisado en los albores de la transición, en el que también participaba José María Cuevas, en aquellas fechas secretario general de la CEOE y luego presidente. Treinta años después, no es un líder sindical sino dos, quiénes no sólo desprecian a la verdad, sino que también traicionan a sus militantes y representados y, por extensión, a todos los trabajadores. José Ignacio Fernández Toxo, secretario general de CC.OO. y Cándido Méndez, secretario general de UGT, ofuscados y atrapados en el descrédito sindical han querido salvar los muebles con su apoyo a la reforma de las pensiones ideada por el Gobierno de Zapatero, con la excusa de que han conseguido mejorar –suavizar- las primeras propuestas gubernamentales. Sin embargo, es probable que Toxo y Mëndez haya empezado a cavar el final de sus organizaciones, que parecen condenadas a convertirse en marginales. La reforma de las pensiones del Gobierno consiste, en roman paladino, en menos y peores pensiones. Los sindicalistas lo saben, mienten cuando lo ocultan y, por ello, traicionan a los trabajadores y, en último extremo, al propio sindicalismo que dicen defender. Nada menos que el 75% de los trabajadores ahora en activo tendrán que jubilarse a los 67 años y, además, si quieren acceder a la pensión máxima tendrán que haber cotizado entre 37 y 38,5 años. Por otra parte, como la pensión se calculará según la cotización de los últimos 25 años, su cuantía bajará entre un 6%, como reconoció Toxo cuando en teoría se oponía al proyecto, y el 20% del que hablan otros estudios que también han manejado los sindicatos, pero que ahora han enviado al desván del olvido. El histórico José María Zufiaur, de la UGT, no se ha cansado en explicarlo hasta hace apenas unos días. Ahora calla, pero no es probable que Zufiaur –entre otros- se anime a ponderar la reforma gubernamental. Seguir leyendo

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Un pacto social cobarde

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, a punto de que sonara la campana, como estaba previsto, ha alcanzado un acuerdo con los llamados “agentes sociales”, es decir, sindicatos y empresarios. El pacto, que no es más que un enjuague cobarde, que la oposición del PP también verá bien, santifica por la puerta grande la reducción de las pensiones del futuro. A partir de ahora, para los españoles será más difícil acceder a una pensión de jubilación y, además, si lo logran, la cuantía cada vez será menor. Los expertos calculan que el acuerdo Gobierno-empresarios-sindicatos, con la oposición de convidado de piedra, significará una reducción del 20% de las pensiones futuras. Todo eso adornado con la retórica habitual de que, de esta forma, se garantizan las pensiones. Es una verdad a medias, que quizá sea la mayor de las mentiras. El pacto alcanzado, es cierto, da un cierto oxígeno a un sistema –el de las pensiones- que tenía y tiene un futuro oscuro. Es posible que las pensiones estén garantizadas –de hecho ya lo estaban-, pero lo que nadie garantiza, ni tan siquiera por aproximación, es cuál será la cuantía de esas pensiones de dentro de 20 ó 30 años y, mucho menos, cuál pueda ser su poder adquisitivo. Además, gracias al acuerdo cobarde, la posibilidad de acceder a la pensión máxima se convertirá, para millones de españoles, en una quimera, un sueño imposible de realizar. El Gobierno, los sindicatos y los empresarios han pactado que haya que haber cotizado 38,5 años para poder disfrutar de una jubilación, sin recorte de prestaciones, a los 65 años. El objetivo es que la mayoría de la gente se retire a los 67 años. Durante un periodo transitorio será voluntario, pero no hay que ser profeta para llegar a la conclusión de que todos los que puedan acogerse a una jubilación, sin merma de prestaciones, a los 65 años lo harán. Los más jóvenes, lo nacidos a partir de 1960, no tendrán opción. Deberán esperar a los 67 años y, claro, tampoco es fácil que alcancen los 38 años de cotización que se exigirán ahora y algunos más dentro de poco. Una juventud que accede a sus primeros trabajos como tales alrededor de la treintena está condenada a una vejez complicada, salvo que se lo organice por su cuenta. Las pensiones están en el alero. Los políticos lo saben, pero son incapaces de explicárselo a los ciudadanos. Todavía peor, intentan, de forma cobarde, escurrir el bulto y, lisa y llanamente, engañan a su propia clientela. Quizá todavía no han comprendido que es imposible engañar a todos durante todo el tiempo. El desprestigio de los políticos, y también de sindicatos, es evidente. Tampoco es sorprendente. El llamado pacto social, alumbrado por el Gobierno, los sindicalistas y los empresarios, es el mejor ejemplo. Se ha urdido y acordado al margen de los ciudadanos y lo que es peor, ahora todos sacan pecho y pretender convencer que ha sido por el bien de todos. El que el parto haya sido un engendro cobarde tampoco puede ocultar que el sistema de pensiones español necesita una reforma, porque el actual es inviable a medio plazo. Incluso, como punto de partida, sería aceptable la hipótesis de una reducción de prestaciones para garantizar su viabilidad. Pero eso no justifica, en ningún caso, que unos y otros argumenten que la reforma beneficia a todos. Es algo así como ese gestor, que abunda en estos tiempos, que le explica a un trabajador al que tiene que despedir que lo hace por su bien. Es un insulto a la inteligencia, pero no es una broma. Ha ocurrido y ocurre. Quizá sean imprescindibles sacrificios, aunque hay otras fórmulas para garantizar e incluso mejorar las pensiones, pero entonces el Gobierno y los agentes sociales deben explicárselo a los ciudadanos. Si lo hacen con claridad y con honradez, quizá se sorprendan y los españoles los acepten y los entiendan. Las medias verdades y los pactos cobardes, sin embargo, sólo conseguirán ahondar el abismo que existe entre los ciudadanos españoles y sus representantes. Pero eso no les preocupa ni al Gobierno, ni a los sindicatos, ni a los empresarios –los más claros en el fondo en este asunto- ni tampoco a la oposición. Todos quieren salvar la cara. Nada más. Y que venga después, que arree. Seguir leyendo

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El sino de González y Aznar

José María Aznar, por fin y en Sevilla, ha ofrecido un apoyo incondicional y explícito a Mariano Rajoy. Fue él quien lo eligió sucesor en el otoño de 2003 para que venciera en las elecciones de 2004, pero perdió, por muchas razones, algunas achacables al propio Aznar. Luego, fue evidente, el ex presidente se distanció de ya líder de la oposición. El alejamiento y la frialdad aumentaron tras la segunda derrota de Rajoy, en 2008. Ahora, con el viento a favor, el líder del PP recibe el único espaldarazo que le quedaba en su orilla, el de Aznar, que todavía concita muchas adhesiones en la clientela de la derecha, más allá de su discurso cada vez más adusto. Para muchos votantes del PP, Aznar todavía es aquel político que ganó por dos veces a los socialistas y gobernó durante ocho años. Durante meses, incluso años, existían dudas de hasta dónde apoyaba el expresidentes a su sucesor. Bastantes jugaron con la hipótesis de que Aznar pensaba que se había equivocado al elegir a Rajoy y que vería bien otro candidato al frente del PP. Ya no importa si fue más o menos real, aunque algo hubo. Aznar acaba de cerrar filas con Rajoy, justo cuando otro histórico del PP, Francisco Álvarez Cascos dejaba el partido y abría las puertas a una crisis que, de momento, ha sido sofocada con contundencia. Persisten las insinuaciones de Esperanza Aguirre, más partidaria de Álvarez Cascos que de la candidata del PP en Asturias. Aznar apoya y lo ha demostrado públicamente a Rajoy porque no tenía otra alternativa. No podía hacer otra cosa y él era el que mejor lo sabía. El PP, aunque no debería vender la piel del oso antes de cazarlo, parece que camina veloz hacia la Moncloa. Aznar estará más o menos de acuerdo ahora con Rajoy, pero no puede poner ni una sola chinita en ese camino. Nadie en el PP se lo perdonaría y tampoco nadie lo olvidaría. Seguir leyendo

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Confidencias de un banquero

Fue el martes 11 de enero. Sí. Estuve allí. José Luis Rodríguez Zapatero, para mayor gloria suya y, sobre todo, para que le vieran en Europa y en el mundo, presentó el llamado “Informe económico del presidente del Gobierno”. Es una costumbre moderna, inaugurada en 2007. Entonces, “el informe” fue presentado en la Bolsa de Madrid. Aquel año, con portada azul, tenía 157 páginas. También en el mismo color, en esta ocasión, llevado a sociedad en la Moncloa, abarcaba 115 páginas. En tiempos de crisis hay que ahorrar incluso en el papel de unos informes que muy pocos leen y todavía menos analizan en detalle. Zapatero convocó, y acudieron prestos, ¡faltaría más!, a la mayoría de empresarios y financieros del país. Los sindicalistas, heridos en el orgullo perdido, hicieron mutis por las pensiones y la negociación colectiva. Sí, yo estuve allí. Escuché con paciencia, menos que la Job es cierto, la lectura tediosa y con frecuencia deshilvanada, del resumen del informe que hizo el presidente. Luego, hablé con empresarios, financieros, altos cargos del Gobierno, pelotas gubernamentales y también con algunos de los miembros de los equipos presidenciales. No quiero, por muchas razones, acordarme de quiénes me dijeron lo que me dijeron, pero había empresarios, financieros y también banqueros. Es cierto, no hablé con la estrella de la reunión, Paul Volcker, un americano de 85 años, que fue jefe de la Reserva Federal en tiempos de Ronald Reagan, sí, y que ahora idolatran algunas pseudo-izquierdas del mundo y, sobre todo de Europa. No sé, porque no tengo las pruebas, aunque sí mis sospechas, quién lo había invitado, quién pagó su viaje y lo que, directa o indirectamente, cobró por asistir a un acto en el que Zapatero presumió de su presencia. Tengo mis sospechas. Nada más. También barrunto cuánto pudo cobrar, pero son elucubraciones mías nada más. También me sorprende que uno de los ideólogos económicos de Reagan, el presidente americano que cambió el paso de la extinta Unión Soviética, sea alabado en la Moncloa de Zapatero. ¡Cosas veredes! Se le atribuye a Cervantes, en boca de don Quijote, pero, ¿quién sabe? Zapatero, sin duda, ha sido y es el presidente más dúctil de nuestra democracia. Seguir leyendo

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