El día después más complicado

Enrique Fuentes Quintana (1924-2007), el vicepresidente económico de Adolfo Suárez que alumbró los Pactos de la Moncloa (1977), solía decir que “una guerra se hace con balas y una inflación con dinero”. Era una perogrullada, pero tenía que convencer a todo un país de la importancia de luchar contra una inflación que llegó al 26,4% en diciembre de 1977, pero que había superado el 40% -¡sí, el 40%!- en términos interanuales a principios del verano. España, inmersa en los primeros albores de la transición, había pospuesto muchos asuntos económicos y estaba al borde de la hiperinflación y de un colapso económico, que hubiera acabado con la incipiente democracia.

El primer objetivo de los independentistas en Cataluña es alcanzar la independencia y el de los no independentistas evitarlo. También es otra perogrullada, término que por cierto inventó Francisco de Quevedo, pero en tiempos de confusión a veces es necesario insistir en lo obvio, y cuidar la economía es fundamental, con una independencia imposible y sin ella.

La efervescencia política se concentra en las próximas elecciones autonómicas del 21-D, a las que concurrirán incluso las CUP y con la incógnita ahora de si Oriol Junqueras y medio Govern seguirán en la cárcel, mientras que todo indica que Puigdemont seguirá huido en Bélgica. Todos los partidos concentran su oferta en propuestas independentistas o unionistas, sin olvidar ambigüedades varias. Ninguna formación política, al menos hasta ahora, ha adelantado sus proyectos/programas económicos, algo esencial, porque gane quien gane y gobierne quien gobierne habrá que adoptar medidas económicas.

La política económica del futuro Govern de la Generalitat puede detener la sangría económica catalana o ahondarla. Las empresas que han dejado y dejan todos los días Cataluña, además de no querer saber nada de la independencia también quieren alguna garantía de los planes económicos de los futuros gobernantes. No es lo mismo un Govern en el que lleven la voz cantante ERC y Comuns/Podem con Colau ya sin careta y sin ocultar sus ambiciones a otro en el que pudiera hacer valer su voz el PSC, por no hablar de si las CUP vuelven a tener influencia.

Jaime Malet (Barcelona, 1964), presidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en España, ha vuelto a explicar -ahora en Expasión- que “las empresas ya planean trasladar sus unidades productivas fuera de Cataluña”. No es una broma. Grandes empresas y multinacionales tienen listos los planes y, además, juegan con la oportunidad de renovar instalaciones -con suelo a precio muy atractivo en otras comunidades y maquinaria y sistemas nuevos- y cambiar sus estructuras de personal. Más allá de una independencia imposible, inversores y empresas quieren la seguridad que el día después de 21-D habrá estabilidad y no un riesgo permanente de huelgas políticas, enfrentamientos callejeros e incertidumbre social y si el resultado de las urnas no ofrece esas garantías, el desastre económico está garantizado. Claro, que eso es lo parecen desear algunos, cuanto peor mejor.  Y no es una perogrullada.

(Una versión de este artículo se ha publicado en el Periódico de Cataluña)

Acerca de Jesús Rivases

Jesús Rivasés, director del semanario 'Tiempo'.
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