Justicia, etarra y esperpento

Es la crónica de un despropósito o, mejor dicho, de uno de los mayores esperpentos imaginables. La puesta en libertad y posterior orden de busca y captura del etarra Antonio Troitiño engrosa ya, desde ahora mismo, la antología de las extravagancias judiciales en la España del siglo XXI. Troitiño, tras 24 años en la cárcel, condenado por 22 asesinatos, fue puesto en libertad el miércoles 13 de abril, por una providencia de la Sección Tercera de la Audiencia Nacional, que preside el magistrado Alfonso Guevara. Ocurría, al parecer seis años antes de lo previsto. Unos días antes, el 28 de marzo, el Tribunal Supremo había resuelto un asunto similar con un criterio contrario. Sin embargo, esa resolución, en pleno siglo XXI, el siglo de las comunicaciones instantáneas, no llegó a la Audiencia Nacional hasta el 18 de abril, es decir, 20 días después de haber sido adoptada y cuando Troitiño ya llevaba cinco días en libertad. Increíble, pero cierto. La Justicia, al menos en España, es así.

El jueves 14 de abril, al día siguiente de que Troitiño saliera en libertad y, claro, en seguida desapareciera, la fiscalía recurrió su excarcelación y pidió que siguiera en la cárcel hasta el 17 de enero de 2017. También ese mismo jueves, el presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, Javier Gómez Bermúdez, convoca un pleno para resolver el asunto el 25 de abril, lunes. Es decir, once días después. Menos mal que el asunto era urgente. Como todo era tan estrafalario, hay un intento de adelantar la celebración de ese pleno, pero también resulta imposible. Varios magistrados de esa Sala de la Audiencia están fuera de Madrid –aunque sus puestos de trabajo están en Madrid- y les resulta “imposible”, sin que estén claros lo motivos, que el citado pleno se celebre antes del 25 de abril. Sin esos magistrados no hay quórum y sin quórum nada se puede hacer. Entonces, el 19 de abril, en pleno escándalo, con Troitiño ya desaparecido, Javier Gómez Bermúdez desconvoca el famoso pleno y devuelve el asunto a la Sección Tercera de la Audiencia Nacional, la que había excarcelado al etarra, para que resuelva a la “mayor brevedad”. A las seis de la tarde de ese martes 19 de abril –lo que demuestra que la rapidez es posible cuando se desea-, la ya muy famosa Sección Tercera se rectifica a sí misma, “donde dije digo, digo Diego”, revoca la libertad de Antonio Troitiño y dicta una orden para su busca y captura. Para entonces, el etarra, que no parece muy arrepentido tras sus años en prisión, hacía días que estaba desaparecido. Ese día ya existía una resolución de otro tribunal que rechazaba esa medida.

La crónica del episodio no requiere casi ningún comentario ni apostilla. El despropósito –mejor dicho el esperpento- roza el surrealismo y, más allá de tecnicismos jurídicos, parece como si todo hubiera sido ideado y puesto en marcha por el mismo Antonio Troitiño. No es que sea difícil de explicar lo ocurrido, es que es inexplicable. Por una parte, es difícil de entender que dos grupos de los mejores juristas, en este caso los de la Audiencia Nacional y los del Tribunal Supremo, lleguen a conclusiones diferentes en un asunto como este (también en otros). Por otra parte, el que una resolución tarde veinte días en llegar de una a otra instancia judicial pone en entredicho casi todo su funcionamiento. Por último, también resulta más que estrambótico que para tratar un asunto urgente y de esta naturaleza se convoque a unos magistrados para dentro de once días y cuando se quiere adelantar todo sea imposible porque algunos están fuera de Madrid, que es el lugar en donde trabajan. Lo ocurrido y la desaparición de Troitiño, una vez conocidos esos pormenores –hay detalles espeluznantes todavía desconocidos-, no puede extrañar a casi nadie. Lo raro, aunque ya hay precedentes, es algo así no haya sucedido antes y tampoco existen garantías de que no vuelva a suceder, primero porque los criterios jurídicos no parecen estar claros y después por el propio funcionamiento de la justicia. Y eso al margen de si Troitiño debe o no estar todavía en la cárcel. El espectáculo, desde luego, ha sido poco edificante. Ni el mayor amigo de Troitiño lo hubiera organizado mejor para él, ni tampoco hubiera encontrado tantas facilidades por parte de la Justicia. Parecía imposible, pero ha ocurrido. Luego viene el culebrón de si debía o no estar vigilado –y si lo estaba-, pero esa es otra historia.


La otra crónica del director

Acerca de Jesús Rivases

Jesús Rivasés, director del semanario 'Tiempo'.
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