Demagogia nuclear

El todavía presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha gobernado una buena parte de sus mandatos a golpe de encuesta. El inquilino de la Moncloa, desde que llegó al poder, incluso antes, siempre ha sido muy sensible con lo que indicaban los estudios demoscópicos de opinión. Cuando al principio de su presidencia se lanzó a tomar medidas más o menos polémicas, como la puesta en marcha del matrimonio homosexual, lo hizo consciente de que era un asunto que dejaba más o menos indiferente a la mayoría de la opinión pública, al mismo tiempo que se ganaba el aplauso de algunas minorías muy activas. Las críticas de otras minorías, opuestas a esa medida, no le importaban, porque tampoco representaban ninguna merma de su prestigio o del apoyo que entonces tenía. Zapatero ha mantenido, a lo largo de sus ya casi dos legislaturas, la misma fe en las encuestas como termómetro casi infalible. Por eso, sus primeras dudas, sus vaivenes y su desorientación surgen cuando las encuestas empieza a serle adversas. La última del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), que pronosticaba una victoria electoral del PP por casi diez puntos de ventaja, parece ser que fue la puntilla para el presidente. El desánimo prendió en Zapatero, pero pronto dio paso, como les ocurrió a tantos otros políticos antes que a él, a la incredulidad. Las encuestas, entonces, ya no eran infalibles y no había que hacerles caso. El inquilino de la Moncloa todavía no defiende la teoría de Manuel Fraga de que la única encuesta válida son las elecciones, pero está en ese camino.

En uno de los peores momentos de Zapatero al frente del Gobierno, justo cuando está a punto de tener que imponer al país otro e impopular aiuste, derivado del Pacto del Euro, ocurrió lo inesperado, el terremoto de Japón, seguido del tsunami y la crisis nuclear en la central de Fukushima, un desastre del que, enseguida, tanto los partidarios de la energía nuclear como los detractores, han intentado sacar partido. También bastantes políticos, agarrados a más que un poco de demagogia. La primera, la canciller alemana, Ángela Merkel, pro-nuclear conocida, que ante el temor a una estrepitosa derrota electoral en unos comicios regionales, se convirtió de forma súbita casi en antinuclear y suspendió la prórroga de la vida de varias centrales nucleares en Alemania y paralizó otras. No es probable que haya tsunamis en Alemania, salvo los electorales, pero un puñado de votos bien vale el cierre de unas cuantas instalaciones nucleares. Ángela Merkel, con bastante ligereza, no tuvo ninguna duda. En España, Zapatero fue, en principio, más prudente. Sus planes, sin embargo, tenían más calado que los de la canciller germana. El presidente español, en teoría furibundo antinuclear, se había visto obligado a reconvertise en un personaje tolerante con la energía nuclear y a permitir el alargamiento de la vida útil de las centrales españolas. La precariedad energética española, muy a su pesar, le había obligado a ello. La crisis de Japón, sin embargo, le permitirá a Zapatero volver a sus orígenes y enarbolar otra vez la bandera antinuclear, con la que espera recuperar algo del crédito perdido, por menos en ciertos sectores. Su famosa buena suerte le ha brindado esta oportunidad que, desde luego, no piensa –o pensaba- dejar pasar. Una parte del PSOE, desde luego, espera que el partido vuelva a incluir en su próximo programa electoral todo tipo de prevenciones sobre la energía nuclear e incluso recomendaciones para que, a medio y largo plazo –a corto es imposible- España deje de producir energía nuclear. La sorpresa de Zapatero, sin embargo, llegó otra vez en forma de encuesta. La de Metroscopia para el diario El País que indica que la sociedad española está dividida casi al 50% entre antinucleares y pronucleares y, además, que el 57% de los españoles considera que las centrales que hay en el país son seguras. Eso sí, la gran mayoría, un 72%, no quiere tener una central nuclear cerca. El inquilino de la Moncloa esperaba que, tras el desastre de Fukushima, el clamor anti nuclear seria bastante unánime. Lo mismo pensaban casi todos los antinucleares, mientras que los pronucleares también lo tenían. La realidad, por lo menos la realidad demoscópica, parece ser otra. El desarrollo de la energía nuclear sufrirá un parón y quizá un parón largo, como ocurrió tras Chernobil, pero tal vez no esté herida de muerte como algunos se han apresurado a vaticinar. Mientras tanto, la demagogia nuclear –a favor y en contra, con argumentos más políticos que técnicos- goza y gozará de una salud excelente. Lo veremos y solo si al final no ofrece réditos electorales desaparecerá poco a poco.


La otra crónica del director

Acerca de Jesús Rivases

Jesús Rivasés, director del semanario 'Tiempo'.
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