Entre envidias y vergüenzas

Artur Mas declara a la BBC que le da envidia cómo Londres aborda el tema del soberanismo escocés. Yo siento vergüenza que la primera formación catalana tenga tantos problemas con la justicia y que concentre la culpa de todos sus males en el rechazo de Madrid a legitimar la consulta. Se me irrita la piel ver al muy diputado hijo del muy honorable -cuantos menos nombres escriba, mucho mejor, porque muchos políticos no son dignos de apellido- pasearse sonriente por el Parlament, con dos imputaciones bajo sus espaldas como si nada hubiera pasado.

A mí, que estoy muerto pero neuronalmente vivo lejos del lodazal, me dan envidia esas sociedades donde un servidor público -eso es, que está para servir y no al revés- dimite cuando ha cometido un error o está implicado en un presunto delito. Aquí, mejor dicho allí abajo, no dimite ni el Rey y menos aún su hija o su impresentable yerno. Algunos incluso alargan el plazo de ingresar en prisión a la espera de un benévolo indulto. Espero que eso no llegue a darse en el caso del innombrable presidente de Baleares o del dueño del Sevilla y abogado de esa cueva de mafiosos en la que se convirtió el ayuntamiento de Marbella en época del orondo atlético colchonero.

Yo siento vergüenza cuando escucho al flamante cardenal Sebastián decir que la homosexualidad es una deficiencia  y que los gais se pueden recuperar con tratamiento. Me pregunto qué habrá pensado el eminente purpurado al enterarse de tantos y tantos casos de homosexualidad encubierta dentro de los muros de la iglesia vaticana o las inclinaciones pedófilas de otros tantos monseñores y respetadísimos sacerdotes. ¿Todos al médico, entonces? ¿Todos al psiquiatra?

Escucho al presidente del gobierno español entrevistado en la televisión. Cada vez que habla este sinuoso gallego se dispara mi depresión. Mi psicoanalista, cuando yo estaba vivo, me desaconsejaba por el bien de mi salud verlo. Siempre me pregunto cómo llegó hasta donde ha llegado. Sus respuestas son de manual gallego. No quiere adelantarse a los acontecimientos cuando le pregunta la entrevistadora sobre el caso catalán o las cifras del desempleo o el aborto. Ahora bien, la periodista no logra sacar de su boca la palabra perdón cuando le insiste sobre los desmanes en la contabilidad del PP. Por un instante, el hombre previsible y tranquilo se lanza en tromba y sentencia que la infanta Cristina no tiene ninguna responsabilidad en las corruptelas del marido y que no debe renunciar a los derechos dinásticos. ¿Y él cómo lo sabe?

La corrupción es el cáncer que mina a la sociedad española por encima de las veleidades nacionalistas o la foto de una pandilla de asesinos terroristas, que eluden pedir perdón por los crímenes cometidos porque se sale del guión. Es en la corrupción donde se descubre si una sociedad está enferma o no. Y España está enferma por muy democrática que se presente. La clase política en general y el poder económico y financiero en particular hace ya mucho tiempo que se distanciaron de la ciudadanía; se encastillaron para mantener sus privilegios. Hace más de dos años, los indignados gritaban a los políticos que no se sentían representados por ellos. No hace falta ser radical para  creer, como lo piensa la mayoría de la población, que las leyes se fabrican para defender los privilegios de los ricos antes que de los pobres. En época de vacas gordas esa opinión era también mayoritaria, pero la población disfrutaba de privilegios y no se  sentía tan irritada como ahora, que es época de vacas flacas.

No sé si el poder es consciente del gravísimo peligro que eso comporta. Cuando se dé cuenta a lo mejor tiene el fuego en casa y ya no hay remedio.

Acerca de Bosco Esteruelas

Periodista y escritor. Ha trabajado en el diario El País como editorialista y corresponsal en Bruselas y Tokio; y en la agencia Efe, en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Asimismo, ha ejercido funciones de portavocía en la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional y Desarrollo, la Comisión Europea y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricutura y la Alimentación (FAO).
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