BREXIT – Sin Entrada no hay Salida

El día 24 de junio de 2016 pasará a la historia con justicia. El triutnfo del leaving en el referendum celebrado en el Reino Unido y que provocará su salida de la Unión Europea es, sin lugar a dudas, un acontecimiento histórico. Sus consecuencias a corto, medio y largo plazo son imprevisibles tanto en el orden político como en el económico, social o incluso cultural; unas serán negativas y otras serán incluso positivas aunque en el día de hoy la zozobra y la turbación de mucha gente son perfectamente lógicas.

Es lo que tienen las jornadas históricas que marcan un antes y un después pero eso no significa que precedan al Apocalipsis pese a las incertidumbres que generan. En el caso de la salida del Reino Unido evidentemente el golpe que supone a la Unión Europea, al proyecto que ha traído la mayor prosperidad que ha conocido nunca el continente europeo así como a su más larga etapa de paz entre los estados miembros, es muy duro. Pero, sin dejarnos llevar por la melancolía, Hagamos Memoria y echemos la vista atrás para ver como ha sido la relación del Reino Unido para así comprender tanto el motivo de lo que ha sido siempre una incómoda permanencia que ha conducido, finalmente, a su salida.

Antes que nada no me resisto a hacer una consideración de entrada. Es muy típico entre los países latinos el fustigarnos por la baja calidad de nuestra democracia y la poca calidad de nuestros políticos contraponiéndolos siempre a los hombres de estado de los países centroeuropeos, anglosajones y nórdicos. Pues bien aquí estamos de nuevo ante un nuevo ejemplo de la tremenda falacia que conlleva esta idea. David Cameron, este lumbreras amante de los referéndums populistas (que han desestabilizado el continente europeo con una violencia que no se veía desde el final de la Segunda Guerra Mundial),  hasta que finalmente le han devorado, no es sino uno más de la larga saga de premiers británicos lamentables que el Reino Unido ha sufrido en los últimos 100 años y cuya incompetencia no sólo han sufrido los ingleses sino, además todos los europeos. Así Cameron ha entrado con justicia en el club en el que individuos como Asquith (uno de los responsables del estallido de la primera guerra mundial por su tibieza en el apoyo a Francia frente a Alemania), Stanley Baldwin (que toleró la agresión fascista de Mussolini a Etiopía abriendo el camino a la segunda guerra mundial), Neville Chamberlain (con su vergonzoso apaciguamiento hacia Hitler dando alas al nazismo alemán) o Anthony Eden (esa eminencia que se creyó en 1956 que podía atacar el canal de Suez para arrebatárselo a los egipcios como si estuviésemos todavía en la época colonial) que demuestran que Inglaterra es tan buena como otro país cualquiera, pese a lo venerables que son sus instituciones, para producir chapuceros de la política. Curiosamente todos estos personajes se caracterizaron siempre por meter la pata al anteponer los intereses británicos a los generales de Europa, al poner por delante ese egoísmo británico hacia el continente que no se como puede ser bien visto por algunos liberales y periodistas europeos salvo que estén aquejados de una diarrea mental. Pero es que, además, Inglaterra anteriormente tuvo la suerte de tener, tras estos incompetentes, colosos como Lloyd George o Winston Churchill que salvaron al Reino Unido; ahora los ingleses tienen al populista y “sagaz” Boris Johnson (ese personaje despeinado y que podrías encontrar acodado en cualquier pub viendo un partido de fútbol con su pinta en la mano) o al xenófobo Nigel Farage; creo que con eso esta dicho todo del futuro que les aguarda

David Cameron blandiendo las concesiones que había conseguido de Bruselas. A la derecha Neville Chamberlain mostrando el vergonzoso pacto de Munih que había formado con Hitler.

David Cameron blandiendo las concesiones que había conseguido de Bruselas. A la derecha Neville Chamberlain mostrando el vergonzoso pacto de Munih que había formado con Hitler.

Que la relación entre el Reino Unido y la Unión Europea no ha ido bien desde sus orígenes es algo que no se le escapaba a nadie. En cierta manera es algo incomprensible ya que lo lógico, con la situación en que estaba Europa tras la Segunda Guerra Mundial, es que Inglaterra hubiese el líder de ese proyecto de construcción europeo. El liderazgo moral, político y militar que tenían los ingleses tras haber resistido a Hitler y aglutinar la alianza que llevó a la victoria contra los fascismos europeos era indiscutible habida cuenta que Francia salió vencida y humillada mientras Alemania estaba destruida y dividida. El problema es que Inglaterra, en los años 40 y 50, creyó que seguía siendo un Imperio (a la vista está que muchos lo siguen pensando) y que podía mantenerlo; que con su Commonwealth tenían mas que de sobra. Cuando luego se llevaron el batacazo de Suez en 1956 y quedó bien a las claras que no podía mantener ya una presencia global, que su imperio se deshacía de forma acelerada en los años 60, pasaron a tener claro que su aliado prioritario no eran los europeos sino los EEUU, en tratar de  convertirse en su mustio satélite con la vana ilusión de así poder influir en él gracias a su sumisión.

Por ello, cuando los europeos continentales, consiguieron echar andar a trancas y barrancas el proyecto de integración europea, los ingleses lo observaron con escepticismo máxime cuando la iniciativa partió de los pequeños estados del BENELUX a partir de una unión reducida y técnica que desembocó en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA); así, cuando finalmente en el Tratado de Roma de 1957 se dio luz verde a la CEE los ingleses decidieron quedarse fuera pese a que a muchos franceses les causaba pavor que la Unión Europea echase a andar sin la tranquilizadora presencia británica que sirviese de contrapeso al poderío alemán.

El problema para Inglaterra es que la CEE tuvo éxito. Pronto el comercio y la economía de los países miembros empezó a beneficiarse de ese acuerdo. Ante ello, la siguiente maniobra de Londres fue intentar torpedear la unión desde fuera ya que veían con temor esa experiencia supranacional europea. Para ello impulsaron su propia comunidad económica, la EFTA, en la que entraron países como Austria, Suiza, Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia o Islandia, entusiastas del libre comercio y muy euroescépticos como han demostrado al entrar algunos después en la UE. El problema fue que este experimento minimalista no funcionó, que la propia Inglaterra necesitaba un mercado más amplio y sólido que el del engendro de la EFTA, por lo que en 1961 la Inglaterra de Harold Macmillan solicitó el ingreso en la CEE.

Referendum de entrada en la UE de 1975. La entrada en el club comunitario fue respaldada por un 67% de los ciudadanos.

Referendum de entrada en la UE de 1975. La entrada en el club comunitario fue respaldada por un 67% de los ciudadanos.

Sin embargo, por entonces las cosas en la Comunidad Económica Europea habían evolucionado muy deprisa, el nivel de integración alcanzado entre los 6 miembros era muy alto y, sobre todo, Francia, con Charles De Gaulle al frente, no estaba dispuesto a que una Inglaterra que, en el momento de la verdad, apostaría por los EEUU en lugar de por sus socios europeos entrase en el club comunitario. Así, hasta por dos ocasiones, Francia vetaría el ingreso en la Unión (1963 y 1967). Para algunos este proceso de humillación fue excesivo y dejó un poso de rencor entre los británicos hacia el club en el que entraban a regañadientes. Sin embargo, finalmente la CEE aceptó el ingreso de Inglaterra junto con Dinamarca e Irlanda en 1973, corroborado por la población inglesa  en referendum la entrada en unas condiciones no muy diferentes a la que tuvieron multitud de países posteriores que entraron y que no vieron en ellas una coartada para un posterior victimismo.

Desde ese momento la presencia del Reino Unido en la UE fluctuó entre un deseo indisimulado de mantener su propia personalidad que, a su vez, provocaba una enorme incapacidad para convertirse en un líder de referencia en el seno de la Unión. Por ejemplo, cuando el presidente francés Giscard D´Estaing y el canciller alemán Helmuth Schmidt, ante el aumento de tamaño de la Comunidad Europea que hacía más difícil manejarse, decidieron inventar un eje para superar los bloqueos de la burocracia que empezaba a surgir en Bruselas (sistema que en buena medida se ha mantenido hasta hoy día), los ingleses jamás intentaron convertirse en el tercero en discordia.

En realidad la relación entre el Reino Unido y el resto de la CEE era casi la crónica de una separación anunciada y si no eclosionó mucho antes fue por la figura de dos personajes aparentemente contradictorios, Margaret Thatcher y Tony Blair que, cada uno a su manera, supieron anclar al Reino Unido a la Unión. De un lado Thatcher porque, gracias a su gran personalidad y peso político le infundía a los ingleses la confianza de que sus intereses estaban solidamente defendidos en Bruselas; cuando la Dama de Hierro se sentaba entre sus socios europeos, todos ellos varones, plantaba su bolso y empezaba a hablar los ingleses sabían que su voz y opiniones estaban allí. Por ello Thatcher, por convicción e interés, estuvo en vanguardia a la hora de impulsar el mercado único y la integración económica, pero, utilizando igualmente su dureza en las negociaciones, bloqueó siempre que pudo una mayor integración política ante el mito que se empezaba a construir en Inglaterra de la “burocracia de Bruselas”. En cuanto a  Tony Blair, un europeísta convencido y ejemplo de la llamada “Tercera Vía” de la que tan necesitada estaba tanto la izquierda como el anquilosamiento de la Unión Europea, supo acercar y seducir a una parte considerable de la sociedad británica al proyecto europeo gracias a su carisma.

Margaret Thatcher con indumentaria muy europeista en pro de la CEE durante el referendum de 1975. Su actitud hacia la Unión Europea fue siempre de gran dureza si bien nunca planteó la salida del club comunitario durante su largo mandato

Margaret Thatcher con indumentaria muy europeista en pro de la CEE durante el referendum de 1975. Su actitud hacia la Unión Europea fue siempre de gran dureza si bien nunca planteó la salida del club comunitario durante su largo mandato

Pese a todo la integración de Inglaterra fue siempre superficial y al margen de los rasgos distintivos de la nueva Europa que se estaba creando; el ejemplo más obvio fue la no entrada en el euro, pero a esto habría que sumar la no participación del Acuerdo de Schengen de libre circulación de personas y capitales entre otros muchos acuerdos. Pero, sobre todo, el mal de fondo es que los ingleses empezaron a culpar a Europa de sus propios defectos y problemas; por ejemplo, para ellos Bruselas es el símbolo de la burocracia y el intervencionismo frente a su muy pretendido liberal sistema social y económico pero nunca han sabido explicar porque su productividad está muy por debajo de la de sus socios europeos; para el inglés medio es la UE la que ha abierto de par en par a la inmigración exterior, cuando les debería vastar con echar un vistazo para ver que quienes les rodean son hindúes, paquistaníes, caribeños, africanos o asiáticos procedentes de sus antiguas colonias, de su amada Commonwealth.

Lo más grave es que nunca terminaron de entender lo que suponía el proyecto europeo; la lapidaria frase de Jacques Delors “Europa no sólo tiene que ver con resultados materiales, también con un espíritu. Europa es un estado de ánimo” esta claro que ha resultado un arcano para el 52% de la población británica. Esa nación de mercaderes como decía Napoleón ha perdido su coraje y capacidad de reinvención y demuestra seguir sumida en un trauma: perdieron su Imperio y no han sabido encontrar su lugar en el mundo. A algunos países ese daño nos costó mucho asumirlo, pasamos nuestro 98,  pero lo superamos a trancas y barrancas; parece evidente que Inglaterra todavía no.

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