El Mito Churchill

El 25 de Enero de 1965 fallecía Winston Churchill; hacía 10 años que estaba retirado del primer plano de la escena política aunque había mantenido su puesto en el Parlamento hasta el año anterior, si bien hacía mucho que no daba discursos ni intervenía en los debates debido al acentuado declive físico y mental causado, mas que por la edad, por un ataque cerebral. Sus últimos años de vida habían sido monótonos para un hombre tan hiperactivo como Churchill, dedicándose únicamente a pintar (una de sus aficiones preferidas) y a viajar en barco por el Mediterráneo. Probablemente, tal como reflejó el mariscal de campo Alan Brooke en sus diarios, Churchill hubiese preferido morir en 1945 mientras observaba la batalla del cruce del Rin del ejército de Montgomery.

Hoy sábado se cumplen 50 años de la muerte de una de las figuras indiscutibles del siglo XX, una figura en la que, tal como indicaba el suplemento El mundo en 2015 de The Economist y TIEMPO, los británicos no dejan nunca de pensar. Pero ¿por qué Churchill logró ascender a la gloria de popularidad, convertirse en una referencia tanto en vida como tras su muerte? ¿Por qué sus discursos y citas se han convertido en una referencia indiscutible para todo político actual y estudioso de su época? Por ello Hagamos Memoria, volvamos la vista atrás y tratemos de desentrañar porque el mito Churchill sigue vivo, máxime en unos momentos en los que se echa a faltar liderazgos sólidos y carismáticos en Occidente.

Lo más fácil e inmediato sería decir que, sin duda, su gran momento le llegó en la Segunda Guerra Mundial, en el verano de 1940, cuando la Alemania triunfante de Hitler acababa de conquistar Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia. En esos momentos muchos políticos británicos sopesaron la posibilidad de firmar un acuerdo de paz con Hitler pero Winston Churchill mantuvo siempre la opinión de que Inglaterra no debía “arrastrar en la cuesta abajo junto con Francia” y que no debía estudiar siquiera las propuestas alemanas. Esta decisión de enrocarse, de resistir, estuvo magníficamente reflejada en su conocida frase “Nosotros defenderemos nuestra isla, lucharemos en las playas, lucharemos en los campos de aterrizaje, lucharemos en los campos y las calles, lucharemos en las colinas. Nosotros Nunca nos rendiremos. Lo cierto es que aquella decisión de un solo hombre, con el respaldo de una amplia mayoría del pueblo británico, supuso probablemente uno de los momentos decisivos de la contienda.

Los motivos que impulsaron a Winston Churchill fueron variados; un convencimiento personal de que estaba actuando para la posteridad y que no rendirse era necesario y lo justo; el conocimiento que una invasión alemana de las islas británicas era sumamente improbable gracias a la superioridad naval inglesa; que, aunque vencido y sin material apenas, el ejército británico había logrado escapar de Francia tras dos evacuaciones milagrosas (más conocida la de Dunkerque, mucho menos la de Normandía y Bretaña) y podría volver a luchar en el futuro; un indiscutible cohesión moral del pueblo británico que supo unirse ante un enemigo más fuerte y poderoso con el único arma que tenían: aguantar.

Luego vino la batalla de Inglaterra en la que la RAF (aprovechando al máximo sus fortalezas como el radar el magnífico Spitfire) se cubrió de gloria al derrotar a la muy superior en número Luftwaffe alemana (lastrada por el diseño inadecuado de sus bombarderos y una estrategia inadecuada de bombardeos sobre las grandes ciudades inglesas) y que permitió a Churchill otra de sus frases legendarias “Nunca en la historia de los conflictos humanos tantos debieron tanto a tan pocos”. Sin embargo, aunque Inglaterra quizás había pasado lo peor, lo cierto es que pudiese derrotar ella sola a Alemania ya que carecía de medios materiales para lograrlo; la táctica de Churchill de bombardeos aéreos y provocar rebeliones en todo el continente europeo se demostró cómo absolutamente insuficiente y sólo la ayuda norteamericana en 1940, la invasión alemana de la URSS en 1941 y la entrada en  el conflicto de los EEUU al ser atacados por el Japón permitieron que la victoria sobre el Eje dejase de ser una quimera.

Pero el mito Churchill entre el pueblo británico siguió alimentándose durante todo el resto del conflicto; sólo su personalidad y habilidad diplomática lograron que Inglaterra se mantuviese en pie tras las derrotas continuadas ante los alemanes (en Grecia y en el Norte de África) y japoneses (en Extremo Oriente) durante 1940 y 1941; que pese  a carecer de una maquinaria de guerra eficaz (los británicos se mostraron siempre inferiores a la Wehrmacht alemana) y tener inferioridad industrial pasmosa (el armamento inglés fue siempre inferior en calidad al alemán y sólo la abrumadora cantidad que le suministró la industria americana pudo compensar este hecho) lo cierto es que Churchill logró gracias a su talla granjearse el apoyo de Roosevelt y convencerle de que los puntos de vista británicos debían ser tenidos en cuenta en los planteamientos estratégicos de la guerra. Sólo así se explica que hasta finales de 1943 en la estrategia de los aliados la voz de Churchill siguiera teniendo tanto peso y que hasta la conferencia de Teherán las opiniones británicas se situasen al nivel de las de soviéticos o norteamericanos.

Con todo, sería un error pensar que Churchill no cometió errores, todo lo contrario. Cuando intervino en cuestiones militares muchas veces se equivocó como el apoyar a Grecia en 1941 en lugar de acabar la campaña en el Norte de África antes de que interviniesen los alemanes; la decisión de mandar tropas a la Malasia cuando la campaña estaba perdida ante los japoneses y que sólo sirvió para aumentar el número de soldados prisioneros; la intervención en las islas del Egeo en 1943 y que sólo sirvió para sufrir una serie de bajas y proporcionarles a los alemanes que la que habría de ser su última victoria en el conflicto. Otras decisiones suyas fueron discutibles como el desembarco en Anzio para tratar de desatascar la campaña italiana; el negarse a apoyar el desembarco en el sur de Francia pese a que los aliados necesitaban el puerto de Marsella para sus abastecimientos; o el pensar hasta 1944 que los movimientos de resistencia lograrían expulsar a los alemanes y que condujo a durísimas represiones en Francia, Polonia o Eslovaquia cuando los pueblos de estos países se sublevaron.

Así, al final del conflicto Churchill vio como los ideales con los que comenzó estaban totalmente frustrados; Polonia inevitablemente caería en la órbita de la URSS de Stalin; los países balcánicos perderían sus monarquías (salvo Grecia y ello gracias a la intervención directa de los ingleses dejando como herencia una guerra civil con los comunistas del ELAS) y caerían en la órbita soviética salvo la Yugoslavia de Tito que, irónicamente, fue el único movimiento partisano al que Churchill no apoyó de inicio y el único que finalmente tuvo éxito. Ni siquiera De Gaulle, pese al apoyo que le mostró Churchill e Inglaterra cuando era un don nadie, le mostró el más mínimo agradecimiento e hizo todo lo posible por mostrarse tan insoportable e incómodo como le fue posible. Y, sobre todo, Inglaterra salió tan agotada de la guerra que no tuvo energías para mantener su imperio, algo que supuso todo un trauma para Winston Churchill que, con su mentalidad Victoriana, no podía imaginar que su país dejase de ser una potencia imperial y mundial.

Por ello, cuando en 1945 se celebraron elecciones en Inglaterra, pese a la sorpresa que causaron los resultados que significaron la derrota del partido conservador de Churchill a manos de los laboristas de Attlee, lo cierto es que bien mirado respondían a una decisión lógica por parte de los británicos. Churchill había sido el líder guerrero, el orador que había mantenido la nación unida en los momentos difíciles, pero era evidente que no tenía proyectos para la paz. Y el pueblo británico necesitaba pensar que, después de tantos esfuerzos, de tantos sacrificios durante la guerra, la vida no podía ser como antes de la misma y esa ilusión no podía generarle alguien como Churchill.

Por tanto la talla del Churchill primer ministro en la segunda guerra mundial eclipsó al Churchill de antes y después del conflicto. Así, el Winston Churchill liberal, ministro de varias carteras o primer lord del almirantazgo durante la Gran Guerra y en  las que no destacó ni mas ni menos que otros políticos en su ejecutoria (quizás su plan de desembarco en los Dardanelos en 1915 fue el plan más audaz aunque también uno de los mayores fracasos del conflicto); el Churchill que emigra al partido conservador (con los que siguió siendo ministro) y que se mostró alarmado por el triunfo del comunismo en Rusia y vertiendo en los años 20 inicialmente loas a líderes fascistas como Hitler o Mussolini (y que luego se han utilizado repetidamente en su contra) para luego convertirse en un león solitario en los años 30 advirtiendo a su país del peligro que estos suponían. Estas advertencias acerca del rearme alemán, su oposición al apaciguamiento practicado con Hitler (“Os dieron a elegir entre la guerra y el deshonor; escogisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”) le convirtieron en un referente político cuya coherencia le hacía la persona idónea para liderar la lucha contra la Alemania Nazi.

Del Churchill de la posguerra quizás sea el menos conocido; su paso a la oposición le dio tiempo tanto para escribir unas afamadas y parciales memorias de la guerra que le valieron el Nóbel de Literatura como para dar un conocido discurso en el que advertía de la división de Europa por un telón de acero a causa del dominio comunista en el este. Aunque Winston Churchill ganó las elecciones en 1951 (la primera vez que lo hacía como candidato a primer ministro), lo cierto es que a estas alturas de su vida su energía política se había agotado ya presenciando desolado el derrumbe del imperio colonial británico y los inicios de una serie de cambios sociales (como la inmigración) que alteraban para siempre la Inglaterra en la que Churchill se había criado y amaba.

Sin embargo, Churchill estaba destinado a la posteridad; su resistencia contra el fascismo, su defensa de la libertad y la democracia en los momentos más difíciles justifican sobradamente la imagen que se tiene del primer ministro. No en vano, como el propio Churchill dijo “el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones” y por ello todos hoy día algo le debemos a este político que fumaba puros o bebía brandy y whisky en cantidades industriales. Tan vulgar y tan excepcional a la vez.

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