Vargas Llosa y la lista corta

Conocí la primera semana de junio a Peter Englund, el joven director de la Real Academia de la Lengua en Suecia, con motivo de un viaje organizado por el Ministerio de Exteriores sueco para varios periodistas europeos. Era el único español y pasamos una magnífica comida en el restaurante de Estocolmo donde se elige cada año al premio Nobel de Literatura. Llegamos a brindar en las mismas copas en la que los miembros de la Academia celebran cada mes de octubre su consenso sobre el galardonado de ese año.

Englund es un tío simpatiquísimo, aunque no era el único invitado ni el Nobel de Literatura era el motivo de debate de aquella comida, pero como se pueden imaginar los periodistas rápidamente le preguntamos cómo se elige cada año al Hemingway, Camus, Faulkner o García Márquez de turno.

Nos estuvo contando que cada año suelen tener una media de 200 candidatos al inicio del proceso, cifra que luego desciende a 29 y que en mayo se reduce aún más, hasta fijar una short-list o lista corta de cinco. Tras ello, el jurado de 18 miembros se enfrasca de mayo a septiembre en la ardua tarea de conocer lo mejor posible la obra de esos cinco escritores. Con absoluto secretismo, un equipo de traductores se encarga de pasar al sueco o inglés algunos de los libros más importantes de cada uno de los candidatos, con el fin de que los miembros del jurado puedan opinar en las deliberaciones con conocimiento de causa.

La decisión se suele tomar unos días antes del anuncio, aunque el brindis formal sólo se hace una hora antes del anuncio a los medios.

Además, existe una condición sine qua non muy importante en todo este proceso: nadie puede ser elegido para el Nobel de Literatura si en años precedentes no ha entrado en una lista corta. Eso implica que el peruano Mario Vargas Llosa estuvo cerca de conseguir el galardón antes del 2010, algo por cierto que ya se había filtrado y el propio escritor sabía. 

Después de toda esta introducción, trasladé a Englund las ansias que había en España y, en general, el mundo latinoamericano por ver de nuevo que el Nobel de Literatura recaía en un escritor cervantino. Es cierto que Camilo José Cela y Octavio Paz los recibieron en años consecutivos (1989 y 1990), pero le recordé que ya habían pasado 20 años de aquella anomalía. Tras ello, medio preguntando medio rogando, le requerí si no había llegado el momento de elegir a un escritor español o latinoamericano.

 

Noté que mientras desgranaba mi perorata, él se ponía serio y dejaba a un lado la jovialidad que había mostrado unos minutos antes. En aquel momento ya había una short-list -así que Vargas Llosa estaba entre los mejores-. Estos últimos días me he acordado de la cara de Englund y por la expresión que me puso, con una media sonrisa, creo ahora que la obra del escritor peruano estaba en el meollo de las deliberaciones internas.

 

Lo cierto es que con buenas dotes diplomáticas, Englund se escabulló de la controversia como mejor pudo. Recordó que estos últimos años se ha hecho un esfuerzo por premiar lenguas poco conocidas, una forma de universalizar el premio, y subrayó que lo que menos gusta en la Academia de la Lengua sueca es que haya presiones gubernamentales o del mundo editorial por elegir a un Nobel en concreto.

No nos dio ninguna pista, aunque reconoció que las largas esperas son un factor que la Academia siempre tiene en cuenta y que, normalmente, conllevan su recompensa. Es lo que pasó con José Saramago, con quien se cerró la injusticia de que las letras portuguesas no tuviesen un Nobel de Literatura.

 

Me sentí inmensamente feliz cuando supe de la noticia de Vargas Llosa. Quizás aquella perorata, por modesta que fue, le abriese un poco los ojos a Englund. Espero que sí.


Entresijos Gubernamentales

Acerca de Antonio Rodríguez

Redactor de calle, de noche y de día para desentrañar las noticias del Gobierno.
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