El ¿final? del Camino

Diez días para cerca de 850 kilómetros. Todos ellos en bicicleta, apasionantes, y cada uno con una buena dosis de pedaladas en un deseo irrefrenable por llegar a la meta. Hubo mucho sudor, ninguna sangre y lágrimas al punto en más de una ocasión, aunque soy poco dado a exteriorizar emociones. Desde Sant Jean, en el lado francés de los Pirineos, hasta Santiago de Compostela han pasado muchas cosas, por fortuna ninguna mala, así que no me puedo quejar. Por ejemplo, la bici vuelve a Madrid sin ningún pinchazo ni avería de consideración, todo un milagro.

El sábado entré en la plaza del Obradoiro un tanto ensimismado, próximo al trance, pero no de misticismo sino de cansancio y resquemor. Dejé para el último día unos 25 km para hacer una entrada triunfal y, curiosamente, fueron casi de los más duros. Me encontraba asaeteado por los dolores, con cierta pena por acabar el Camino, y algo cabreado por la romería turística en la que se ha convertido el último centenar de km por tierras gallegas. No paré de darle al timbre para que los caminantes, distinto de los peregrinos, se apartasen a un lado.

¿Por qué hago esta distinción entre caminantes y peregrinos? Creo que muchos de los que buscan el perdón de sus pecados o, simplemente decir que han hecho el Camino, no se dan cuenta de que éste hay que sentirlo más allá de un fin de semana en pantalones vaqueros, sin macutos a la espalda y de pic-nic por la provincia de A Coruña. 

El Camino, por el motivo que se haga, requiere vivirlo en toda su esencia, dureza y complejidad. Y eso implica tiempo, fuerzas, soledades momentáneas y compañía ininterrumpida. Rápidamente te das cuenta quién se ha hecho centenares de kilómetros y quién ha aparecido en las inmediaciones de Santiago como un paracaidista caído del cielo, algo que me entristeció ver el último día. 

Para mí ha sido una experiencia maravillosa, muy recomendable en solitario, tanto a pie como en bici, porque cada día te encuentras con gente nueva con ganas de saber de tu vida, inquietudes y motivos que le llevan a uno a embarcarse en esta aventura. El balance de lesiones es aceptable para lo que me esperaba: las piernas como piedras, las cervicales cargadas con tanto traqueteo y las muñecas, un poco abiertas de ir tanto tiempo apoyado en el manillar, por lo que he perdido algo de sensibilidad en las manos. Pero en fin, nada que no se arregle con un poco de descanso y una visita al fisioterapeuta.

Por último, me encantó el espíritu de solidaridad que emana del Camino. Pareces formar parte de una misma familia, en la que cada uno de sus miembros ayuda a otro en momentos de dificultad. El día a día en tu ciudad de trabajo y amigos te hace insensible en muchos sentidos, así que no hay nada mejor que una buena dosis de Camino para prestarle atención a tantas cosas que pasan a nuestro alrededor y que no le prestamos la atención debida por desgana o falta de tiempo.

Concluyo con el lema de los peregrinos: "¡Buen Camino, amigo!". Una frase que te acompaña desde el inicio.

 


Entresijos Gubernamentales

Acerca de Antonio Rodríguez

Redactor de calle, de noche y de día para desentrañar las noticias del Gobierno.
Esta entrada fue publicada en Entresijos gubernamentales y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current day month ye@r *