La España de la rabia

Estamos atrapados entre la desfachatez de los que critican el escrache y al tiempo defienden la pena capital y la falta de coraje de quienes están obligados a condenar cualquier forma de coacción.

En estos últimos días he leído suficientes comentarios a favor y en contra del escrache como para ratificar mi ya de por sí asentada idea de que este es un país de excesos. Vaya por delante que mi opinión es que cualquier tipo de coacción debe ser contrarrestada con instrumentos legales en proporción a la gravedad de la misma. O sea, es de todo punto intolerable. Y el escrache es una coacción, se mire por donde se mire. La diferencia entre señalar con el dedo acusador a un torturador o a un diputado electo por los ciudadanos es abismal. Lo primero no es acoso; es solo justicia. Lo segundo es una irrupción difícilmente justificable en el territorio de la libertad individual.

Estamos hablando de principios, y el ejercicio de la libertad es un de los más sagrados. Cualesquiera que sean los métodos empleados para subvertir o depreciar por la fuerza ese principio, no son compatibles con el ejercicio de la democracia. Tampoco argumentando que la coacción utilizada es consecuencia de las imperfecciones de la misma. Para mejorar los niveles de calidad democrática no pueden utilizarse lógicas antidemocráticas o fronterizas con el fascismo.

¿Dónde están los intelectuales?

Llama no obstante la atención la defensa cerrada de la pureza democrática practicada por ciertos opinadores no siempre partidarios de la ortodoxia constitucional. Algunos de ellos han denunciado el escrache con el mismo énfasis que emplean cuando defienden la cadena perpetua o la pena de muerte. Pero no es lo mismo. Diría más: desde cualquier punto de vista, moral o político, es incompatible condenar el escrache y firmar a renglón seguido en la mesa petitoria de la legalización de la pena capital.

En el otro lado, los entusiastas de esta nueva forma de presión no se diferencian mucho de sus antípodas ideológicos. El recurrente argumento utilizado por los que apoyan esta práctica antidemocrática -”Peor lo están pasando los que se han quedado sin casa”-, es casi un reconocimiento de la propia incompetencia intelectual para proponer, incluso forzar, vías de solución compatibles con la tolerancia y el respeto a la libertad.

La decepcionante fragilidad de nuestros intelectuales, su actual inanidad como movimiento y su escaso peso individual, se manifiestan en su incapacidad para proponer cosa distinta al silencio o el alineamiento con las posiciones más radicales, no muy distintas a las que activó el nazismo en la fase previa al holocausto. No solo vale utilizar el ejemplo de los que señalaban a los milicos asesinos de la dictadura argentina. El escrache ya se había utilizado para marcar las puertas de los judíos.

Estamos atrapados entre la desfachatez de aquellos que en su mayoría habrían guardado silencio si los perseguidos no fueran políticos del PP y la falta de valentía de los que están obligados a denunciar que en este caso la forma es el fondo, pero no lo hacen. Entre los que están a sueldo de los que nada quieren que cambie y los que no tienen ni agallas ni imaginación para hacer que las cosas cambien. Estamos atrapados, de nuevo, en la España bifronte de Machado: “España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea”.

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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