Memorias prematuras

Hubo un tiempo en el que las memorias políticas se publicaban cuando no perjudicaban a nadie y solo tenían interés para los historiadores. 

Las memorias de los políticos tienen el indudable interés de conocer con qué ojos vieron los autores los hechos a los que asistieron o protagonizaron. Hechos ya casi olvidados por el común de los mortales; hechos que cuando los relataban políticos de una pieza ya eran material para historiadores. Eran otros tiempos. La boca y la pluma de personajes que vivieron en primera persona acontecimientos trascendentales se sellaban hasta que el conocimiento público de los episodios recordados no representaba ningún inconveniente ni disgusto para aquellos que salían retratados. Porque ya habían muerto o, simplemente, porque ya no importaba.

En mi librería conservo una pequeña colección de estas memorias respetuosas con el entorno: Rodolfo Martín Villa, José María de Areilza, Josep Tarradellas, Azaña, Santiago Carrillo… En su mayoría libros escritos con el sosiego que da la perspectiva y la atenuación de prejuicios que conlleva la distancia. Recuerdos plasmados en cientos de páginas que solían responder a la necesidad de dar a conocer la propia versión de los hechos vividos, no fuera a ser que otros los escribieran con renglones torcidos. Por supuesto que se han dado casos que obedecían a razones bien distintas: dinero o simplemente jactancia. Pero lo normal era lo ya dicho.

Hace tiempo que aquella sabia costumbre ha dejado de tener vigencia. Las memorias que algunos prohombres han publicado en los últimos años poco o nada tienen que ver con el interés legítimo, y útil, de dejar para los historiadores un testimonio de indudable interés. Se escribe, en primer lugar, porque pagan bien. Y después, porque hay quienes no soportan que les quiten del escaparate. Los libros firmados por el expresidente del Gobierno, José María Aznar, y por el también expresidente, pero del Congreso, José Bono, se parecen mucho a un intento por permanecer en la escena, pese a quien pese, y se perjudique a quien se perjudique. Un ejercicio más bien lastimoso, pero muy bien retribuido. Sin duda su lectura no carece de interés, pero algunos de los hechos que en ellos se narran han sorprendido a más de un incauto al que ni el uno ni el otro debieron advertir de sus intenciones editoriales.

Estas memorias prematuras son un nueva y desafortunada constatación de una clase política que hace demasiado tiempo que se abandonó a intereses que nada tienen que ver con lo que le conviene al país. Una pena.

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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