Cataluña y sus cuatro almas

Cataluña no es la grada del Camp Nou, ni el Barça-Madrid una metáfora de Cataluña y España

En otras circunstancias, el último “clásico” Barcelona-Madrid (no acabo de entender por qué lo llaman así) podría haberse convertido en una metáfora bien traída de la situación social y política. El empate a todo del Camp Nou sería la transmutación futbolística de una sociedad en la que conviven dos almas de parecido tamaño. Pero no es así. En Cataluña no hay dos almas, sino algunas más. Probablemente la catalana es la sociedad más compleja de España; más que la vasca, sin duda, y que cualquiera otra de las que pueblan la piel de toro. A mí me salen al menos cuatro maneras distintas de sentirse catalán. Distintas, pero con rasgos comunes con mayor o menor grado de intersección. No sé, nadie sabe hoy a ciencia cierta cuál es la distribución de fuerzas de cada una de estas almas. Cuando la realidad propia y circundante se degrada de forma acelerada, se difuminan las líneas divisorias, sobre todo si, como ocurre entre algunos de los sectores colindantes, estas son apenas perceptibles.

Lo que está sucediendo en Cataluña es que el nacionalismo ha conseguido construir un eficaz enemigo transversal al que culpar de todos los males y sobre el que descargar sin complejos la mala conciencia. La mala conciencia no solo institucional, sino también la individual. Una magnífica válvula de escape para los pecados propios y un altavoz de los ajenos. España nos roba, sin España viviríamos mejor. Ya está. Ya hemos encontrado a quien colgarle el muerto. ¿Quién no va a comprar una mercancía tan reparadora? Hasta los españolazos que viven desde hace décadas en L’Hospitalet o Sabadell pueden estar tentados de apuntarse al carro. Porque no es un carro, sino una cuádriga victoriosa que abre camino hacia un futuro esplendoroso. Pero atención, que cuádriga viene del latín quadriga, contracción de quadriiuga: quadri (cuatro) & iugum (yugo).

Esconder la verdad

Una Cataluña independiente no será necesariamente más libre. Puede que sea más rica (o puede que no, depende de cómo se lo tomen los demás), pero no más libre. El nacionalismo, por muy educado que sea, como el de Mas, tiende a impregnarlo todo. Está en sus genes. Por encima de todas hay una norma suprema que es el sentimiento de pertenencia y ante esa norma han de inclinarse todas las demás: las políticas, las económicas y, por supuesto, las judiciales. No quiero decir con ello que el nacionalismo no sea democrático; quiero decir que tiende a serlo menos de lo exigible. Y en algunos casos, a no serlo. Y ese riesgo es mayor cuanto más pequeño es el territorio conquistado.

El objetivo es mantener hasta el 25 de noviembre la ficción de una Cataluña unida ante el Estado opresor. Como si Cataluña fuera la grada del Camp Nou (o como si la grada del Camp Nou solo existiera en Barcelona). Para ello se hace preciso ocultar una parte de la verdad. Ante la intuición de que hay una Cataluña dormida, en desacuerdo con las ansias secesionistas del nacionalismo, pero que deja hacer, la familia Pujol y sus empleados han decidido bajar el tono, aligerar la retórica y eliminar del diccionario la palabra independencia. No quieren despertar el alma adormecida. No quieren confrontar hasta el final. A ellos les sirve con mantener la ensoñación. Y llegados a este punto, planteado el órdago, la única posibilidad que tiene la Cataluña integradora y solidaria es aceptarlo. Con todas sus consecuencias. Pero llamando al pan, pan y al vino, vino. Que es el temor que tiene el nacionalismo.

 

 

 

 

 

 

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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