Se abrió la veda

En el PP y aledaños se ha abierto la veda. Rajoy ya no es intocable y Ruiz-Gallardón sigue acumulando méritos.

No ha pasado un año desde que ganara por mayoría absoluta las elecciones y Mariano Rajoy está cerca de batir varios récords. El más evidente, alcanzado hace ya varios meses, es el de ser probablemente el primer ministro occidental que en un menor lapso de tiempo ha pasado de la gloria a la impopularidad más incontestable. Sus propios le otorgan un suspenso sin paliativos. Creo que el principal error de Rajoy no ha sido incumplir el programa con el que llegó a La Moncloa. Eso, a la vista de los datos macroeconómicos que se iban conociendo, lo daba por descontado el conjunto del electorado incluso antes de las elecciones. El error de Rajoy, la equivocación que le mantiene hundido en las encuestas y que ha provocado una enorme decepción entre los simpatizantes del PP (segundo récord), es no haber construido expectativas a medio plazo. No realidades; simplemente expectativas. Creíbles, sensatas, con ciertas dosis, sin exagerar, de esperanza en el futuro. El país no exige milagros, pero está más necesitado que nunca de certidumbres, aunque estas se construyan desde el pesimismo.

Los ciudadanos que votaron a Rajoy lo hicieron porque necesitaban alguien en quien confiar. Y los que no le votaron también confiaban en que Rajoy generaría certezas, aunque estas no fueran de su agrado. Hoy, a poco más de dos meses de su primer año de mandato, es evidente que el gallego ha defraudado a una parte muy sustancial de su electorado y sorprendido, a peor, a buena parte de los españoles que no le votaron. Solo hay que escuchar (a algunos solo en privado) a empresarios, autónomos, sindicatos, catedráticos, médicos, investigadores,  y, por supuesto, dirigentes del PP, para verificar la unanimidad que concita la gestión del actual Gobierno y en concreto de su presidente. Dos de estos sectores críticos son especialmente peligrosos para Rajoy: empresarios y dirigentes populares. En ambos entornos (a los que se presta oído y se anima en determinados contrapoderes vinculados a viejas direcciones del partido) empieza a fraguar la opinión de que Rajoy no debe ser el candidato del PP en las próximas elecciones generales. En parte porque la crisis destruye todo lo que toca; en parte, también, por lo que consideran una gestión errónea y pusilánime.

Carrera haci el “perdón”

Y claro, ya hay quien se va colocando. Algunos lo vienen haciendo desde casi el principio. En febrero este columnista escribía  en “Tiempo” lo siguiente: “2015. Alberto Ruiz-Gallardón candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Suena a ficción. Pero hay políticos que miran más allá del mes que viene. Hay políticos que vislumbran los riesgos propios y ajenos con facilidad. Hay políticos que miden y solo deciden sus movimientos en función de los corrimientos de tierra que provocan. Gallardón sabe que para aspirar a más tiene que convencer al partido. Que no es posible ser presidente del PP ni candidato sin contar con el aparato y un respaldo sólido de la organización a la que perteneces. Necesita el cariño y la comprensión de Madrid. Y hoy no tiene ni lo uno ni lo otro. En Barcelona o en Sevilla le adoran; en Madrid le soportan“. Desde aquel artículo, titulado “¿Gallardón se reconcilia con el PP?” y escrito a raíz de las primeras decisiones de calado político tomadas por el exalcalde de Madrid (cadena perpetua light y retorno al modelo corporativista de elección del Poder Judicial), Ruiz-Gallardón no ha parado. Los dos últimos ejemplos de su decidida carrera hacia el “perdón” son la forma y el fondo con que ha presentado y defendido la reforma de la ley del aborto y el penoso oportunismo demostrado en el “caso Bolinaga”, dejando a los pies de los caballos a un compañero de Gobierno y alineándose con el sector más ultra del PP.

Gallardón me recuerda cada vez más a aquél ministro de Justicia de UCD que no dudó ni un minuto en traicionar a su compañero de Interior. Se llamaba, el de Justicia, Francisco Fernández Ordóñez. Fue un magnífico político, pero un pésimo compañero de gobierno y de partido. El de Interior era Juan José Rosón. Ambos han fallecido. Los dos hicieron cosas notables en la Transición, pero el primero siempre jugó la carta que más le interesaba (también en el PSOE, partido al que se incorporó cuando el desmoronamiento de UCD devino irreversible; en parte con su ayuda) y ha pasado a la historia como un ejemplo de político. El segundo se mantuvo en cubierta hasta el final, y se hundió con el barco. Pero casi nadie lo recuerda. La historia enseña mucho. Y Gallardón la conoce muy bien. Tiempo al tiempo.

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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