Barcelona y Sevilla 92; añoranza del éxito colectivo

En Barcelona 92 hubo otros héroes distintos a los deportistas que consiguieron la cifra récord de 22 medallas.

El tiempo pasa volando. Veinte años son ya los transcurridos desde que España lograra uno de sus éxitos colectivos más notables: la organización y celebración en Barcelona de los Juegos Olímpicos de 1992. Ese mismo año Sevilla acogió la Exposición Universal. Ambos acontecimientos, coronados por un indudable éxito, colocaron a nuestro país en el punto más alto del prestigio internacional. El orgullo colectivo estaba justificado. Se hicieron las cosas bien y la opinión pública de medio mundo vio cómo se disolvía en tiempo récord nuestra fama, a veces merecida, a veces no, de pueblo vividor y un punto holgazán.
La Expo sevillana, más allá de los escándalos subsiguientes -que en buena parte quedaron en nada, aunque machacaron la vida de algunos de sus responsables-, desbarató la leyenda de la Andalucía perezosa y jaranera. Las Olimpíadas barcelonesas aproximaron como pocas veces las voluntades y esfuerzos de todos los pueblos de España. En uno y otro caso la colaboración de los ciudadanos, la coordinación de las administraciones y la dedicación de los profesionales que hicieron posible aquellos éxitos fueron casi ejemplares.
Hoy no parece que estemos en condiciones, como país, de repetir la experiencia. El espíritu colectivo se ha cuarteado y pasará mucho tiempo antes de recuperarse (si es que algún día lo logramos). Pero no es de eso de lo que quería escribir. Me quiero centrar en resaltar la tarea de los que jugaron un papel esencial en la consecución de aquellos éxitos, que no tenían precedente histórico. Los héroes de los Juegos fueron los deportistas que lograron para España el mejor resultado de la historia olímpica: 22 medallas, 13 de ellas de oro.

Todavía se me pone la carne de gallina al recordar la última recta de Fermín Cacho en los 1.500 y, poco después, asistir en un Camp Nou abarrotado, al gol de Kiko que en el minuto 91 de partido le daba a España el oro en fútbol ante Polonia (3-2).
Momentos mágicos que fue posible vivir gracias al trabajo de muchos otros héroes. Estos anónimos. Porque el principal éxito de Barcelona y Sevilla 92 no fue el deportivo, ni el organizativo, siendo estos magníficos. Para mí hubo otros dos superiores a aquellos. El ya citado de la tarea colectiva y el de la seguridad. Se nos olvida con facilidad, pero entonces la gran preocupación era la de que en cualquiera de las dos ciudades el terrorismo golpeara con saña para conseguir el que hubiera sido, sin lugar a dudas, su mayor logro propagandístico. Eso sin contar con el seguro coste en vidas humanas que un atentado de ETA habría provocado.
Afortunadamente, el 29 de marzo de 1992, solo un mes antes de que comenzara la Expo de Sevilla, las Fuerzas de Seguridad españolas conducían a sus colegas franceses al escondite de la cúpula de ETA en Bidart. La dirección de la banda al completo (“Txelis”, “Baldo”, “Paquito” y “Fiti”), era detenida en una operación rápida y limpia. ETA no logró recuperarse de aquel mazazo a tiempo de alterar la tranquilidad de Juegos y Expo. Luego, a pesar de algunas interferencias políticas que vamos a dejar correr, el trabajo cotidiano de Policía, Guardia Civil, Guardia Urbana, Mossos y Policía Municipal de Sevilla, fue un ejemplo de coordinación que se debería enseñar en las escuelas.


También recuerdo que, dos días después de la clausura, “La Vanguardia” titulaba en primera a toda página: “Los catalanes dan a la seguridad la nota más alta de los Juegos”. El diario extraía la conclusión de una encuesta encargada al Instituto Opina. El pueblo, sabio e intuitivo, señalaba a sus verdaderos héroes.
Han pasado 20 años, pero creo que es de justicia recordar el trabajo serio y leal -todavía hoy, por desgracia, no suficientemente reconocido- que hicieron hombres y mujeres a los que guiaba un afán de servicio al país que hoy nos cuesta identificar.

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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