La verdad con siete meses de retraso

Rajoy no es culpable de traicionar sus más íntimas convicciones, pero sí de haber tardado un siglo en enterarse de la verdad

No es por llevar la contraria a nuestro excelentísimo señor director, que diría Luis Algorri, pero creo que los problemas de Mariano Rajoy vienen de mucho más atrás. Claro que buena parte de la culpa de lo que está ocurriendo la tiene la herencia más famosa de la tierra, ¡la de Zapatero! Pero la otra parte, de menor tamaño pero letal en términos de opinión pública, proviene de los errores cometidos por el PP en la oposición (Ya hice referencia a ello hace semanas en “Tiempo”: http://www.tiempodehoy.com/opinion/agustin-valladolid/de-aquellos-polvos-estos-lodos).
Probablemente el discurso marianista del pasado miércoles ha sido el de más enjundia y contenido desde que Mariano es don Mariano: sincero, autocrítico, clarificador -para quien aún necesitara aclararse- y sin apenas concesiones a la galería. El presidente, por vez primera, hizo un retrato de situación digno de un gobernante que como tal quiera ser considerado, tratando a los ciudadanos como adultos con entendederas suficientes y sin hacerse las habituales trampas en el solitario. Dijo la verdad -si no toda, casi toda- y puso sobre la mesa, sin eufemismos, sus recetas. Nos gustarán más o menos, pero por fin las enunció con la claridad exigible en un país que se dice desarrollado.
La crudeza de las medidas anunciadas va a provocar en los próximos meses, incluso años, situaciones de tensión social que hacía tiempo que no se vivían en nuestro país. Sin duda esa es una de las consecuencias más preocupantes de un proceso de adelgazamiento que puede llevarse por delante partidos, instituciones y a todo el modelo de organización política, al menos tal y como hoy lo conocemos. Y es sin duda la crisis, como tal situación de emergencia, la principal responsable de estas amenazas; pero son sus gestores los que con sus actitudes negacionistas, huidizas y en ocasiones infantiles, han provocado una generalizada crispación en la ciudadanía (incluida una porción nada despreciable de los votantes del Partido Popular).
A Rodríguez Zapatero se le achacó, y se le achaca, no haberse enterado de la misa a la media hasta que la cosa empezó a no tener remedio. Lo que a Rajoy se le echa en cara no es solo que nos haya subido el IRPF, el IVA, los gastos sanitarios, educativos y le haya pegado un tajo a la paga extra de los funcionarios; también, que no fuera capaz de impedir la innacción de Zapatero, que haya tardado siete meses en atreverse a decir la verdad. En definitiva, que hasta ahora haya sido una nulidad como jefe de la Oposición y de Gobierno. Si no quiso asustarnos antes de las elecciones, mal0. Si no fue capaz de intuir la realidad de nuestro país, peor.
A los gobernantes no se les paga para que se arrastren detrás de los acontecimientos, y el PP lo hizo probablemente por omisión. Por no verse obligado a modificar un programa vencedor que la realidad ha acabado retorciendo hasta hacerlo irreconocible. Zapatero cayó, sobre todo, por su incompetencia. Rajoy, hasta el miércoles, llevaba el mismo camino.

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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