¡Legalicemos las drogas, prohibamos los habanos!

En el mismo momento en el que escuché a Felipe González defender la legalización de las drogas (no sé si de todas), me entraron unas ganas locas de contestarle en el blog. Luego no es tan fácil sacar un rato, así que antes de ponerme a escribir he tenido la suerte de leer en torno a este asunto algunas opiniones del mayor interés a las que más adelante me referiré.

González no es el único ex presidente que se ha manifestado a favor de la legalización. Ya lo hicieron con anterioridad otros con argumentos similares, casi siempre incompletos; y no del todo equilibrados (de equilibrio, no de juicio). Principalmente porque sitúan al mismo nivel el problema de la delincuencia y el de la salud. Y ese es el gran error. No se pueden eliminar las mafias, los asesinatos, a costa de multiplicar exponencialmente los riesgos que para la salud acarrearía una teórica legalización de las drogas. Es una atrocidad que en México la guerra de cárteles haya ocasionado desde 2006 más de 28.000 muertes y un coste en seguridad que ronda los 10.000 millones de dólares anuales, tal y como lo ponían de manifiesto en “El País” el ex canciller mexicano Jorge Castañeda y el escritor connacional Héctor Aguilar. Es atroz, pero mucho más dramático sería abrir de par en par las calles, los bares, las puertas de los colegios a la droga libre.

Afirman Castañeda y Aguilar que “legalizar las drogas es un camino cierto a la reducción de las rentas exuberantes del tráfico y a la reducción, por tanto, del poder criminal de los narcotraficantes”. ¡Santa ingenuidad! Si se legalizaran las drogas el negocio del narcotráfico, que hoy mueve entre 200.000 y 300.000 millones de dólares al año, pasaría a manejar cuatro, cinco o diez veces más; los carteles se convertirían en multinacionales legales que cotizarían en bolsa. No habría muertos a balazos, o muchos menos, pero en lugar de 250 millones de consumidores pasaríamos en muy poco tiempo a 1.000 millones. Eso sí, las víctimas, aunque fueran muchas más, no se registrarían en el apartado de delitos violentos. Los problemas sociales y económicos de una presunta legalización serían inasumibles para muchos Estados y muy probablemente la mortalidad entre las capas más jóvenes de la sociedad aumentaría de forma escandalosa.

La utopía como problema

Con toda modestia, yo recomiendo a Felipe González, a Castañeda, a César Gaviria, a Ernesto Zedillo, a Carlos Fuentes, a Ángeles Mastretta y a todos los que desde posiciones bienintencionadas pero excesivamente parciales se adentran en este complejo territorio, que antes de volver hablar hagan una cosa: acudan a un hospital general, hablen con los cirujanos cardiovasculares para que les cuenten hasta qué punto se ha incrementado el número de infartos entre los menores de 40 años por consumo de cocaína; pregunten a los psicólogos clínicos cuántos chavales han ingresado por un intento de suicidio provocado por un simple porro; infórmense de cuántas víctimas de accidentes de tráfico iban “colocados” con pastillas o similares.

Ni siquiera sirve como argumento el utópico acuerdo planetario que legalizara las drogas. No parece muy probable que algo así vaya a producirse. Sencillamente porque no es lo más sensato. De llegarse a semejante acuerdo, lo que habríamos hecho es cambiar un problema por otro mucho mayor. Porque como ha escrito la subdirectora de “El País”, Berna González Harbour (se diría que respondiendo al artículo de Castañeda y Aguilar si no fuera porque ella publicó el suyo un día antes), “es impensable una sociedad indiferente que admita la posibilidad de ver destruirse a una buena parte de sus miembros de forma legal; porque ninguna hiperregulación podrá quitar del mapa las fórmulas ilegales (mafias) que hagan llegar la droga a los menores…”.

No, la solución no es colocar expendedores de heroína en locales para mayores de 18 años. La solución pasa por lo que está haciendo Colombia, donde en las dos últimas décadas la prevención, la represión y la educación han reducido prácticamente a la mitad el número de consumidores de cocaína. Justo lo contrario de lo que está ocurriendo en Perú, Bolivia, El Salvador o México, país, este último, que además tiene que soportar cómo desde Estados Unidos funciona con todo éxito un tráfico ilegal igualmente lucrativo: el de armas.

Voy a terminar con otra cita encontrada en “El País”, diario que, como se ve, ha prestado especial atención a este problema. Es de Ernesto Samper, otro ex; ex presidente de Colombia: “Proponer a estas alturas, como han hecho con alguna ingenuidad algunos intelectuales mexicanos, la legalización de la droga como una salida alternativa es como ofrecerle lecciones de natación a un sobreviviente en la mitad de un naufragio”.

Pues eso. Que se vayan enterando los ex presidentes, sobre todo González, buen degustador de puros, no fuera a ser que a no mucho tardar a él no le dejen fumarse un habano, mientras en la mesa de al lado alguien saca una cajita de plata y amablemente ofrece unas rayitas con el café.  


El punto medio

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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