Grandeza chilena, miserias hispanas

Ya sé que puede sonar duro, pero hoy no tengo demasiadas ganas de ser políticamente correcto. Porque la comparación es inevitable. Los chilenos, también los herederos de Pinochet, aunando esfuerzos para salvar 33 vidas y asombrar al mundo. Los españoles, a insulto limpio el día de la fiesta nacional.

Se ha vivido una gesta (…) El país ha dado una prueba de admirable unidad solidaria (…) Hay motivo de legítimo orgullo en este logro de un país apartado y en tantos aspectos aún subdesarrollado, capaz, sin embargo, de consagrar una asombrosa organización y eficacia a la consecución de un resultado como este. Él es obra de todos los sectores sociales, en una página inolvidable de su historia”. Son párrafos entresacados del editorial que publicaba el diario “El Mercurio” al tiempo que los mineros eran liberados de su forzado cautiverio a 700 metros de profundidad.

Las heridas de Chile no han cicatrizado del todo. Los efectos de la dictadura siguen siendo visibles en muchos ciudadanos que no pueden olvidar. Sin embargo, el país reaccionó con entereza, solidaridad y orgullo después del terremoto que el pasado 27 de febrero asoló parte del país, causó más de quinientas muertes y alrededor de dos millones de damnificados. Y ahora, ante la situación de emergencia nacional que supuso la inicial desaparición de los mineros felizmente rescatados,  ha vuelto a dar muestras de cómo debe conducirse una nación que aún llora a los muertos y desaparecidos de la dictadura. Buena parte del mérito hay que adjudicárselo a Michelle Bachelet, probablemente una de las líderes políticas (y de los líderes) más lúcidas de la historia moderna de Iberoamérica. Podría decirse que con Bachelet Chile culminó su transición. Su sucesor y adversario político, Sebastián Piñera, así parece haberlo entendido, porque supo ganar en las urnas respetando la obra de Bachelet y gobierna teniendo sumo cuidado en no dar ni un solo paso atrás en el proceso de reconciliación.

Franco y Pinochet

Augusto Pinochet abandonó el poder el 1990, aunque mantuvo su tutela algunos años más, y abandonó este mundo (no andará muy lejos de los territorios que ahora han dejado atrás los mineros) en 2006. Como quien dice, anteayer. Hay muchos españoles, los más jóvenes, a los que Francisco Franco solo les suena vagamente y cuando escuchan su nombre, porque siempre andan metiendo las narices en las conversaciones ajenas, suelen poner caras raras, no tanto de desprecio como de olor a carcoma y a viejo. Las nuevas generaciones de españoles con capacidad de discernimiento político conocen mejor a Pinochet que a Franco. Pinochet es para una buena parte de esas generaciones un genocida; lo han leído en los periódicos españoles. Franco no tanto; Franco es más bien una antigualla. Claro que saben que fue un dictador cruel, pero su biografía solo es carne de Wikipedia, no de Twitter, como lo fue Pinochet. Franco queda muy lejos; porque murió treinta años antes que el dictador chileno. Y eso es mucho tiempo.

¿Por qué entonces las actitudes franquistas no han desaparecido? ¿Por qué mientras Chile parece superar con éxito un pasado bastante tétrico y mucho más cercano, aquí hay quienes siguen empeñados en desandar lo andado? Pregunta de múltiples y no siempre convenientes respuestas sobre las que antes o después convendría profundizar. Por el momento, lo que hoy merece ser resaltado es el enorme contraste que existe entre el Chile solidario y la España del abucheo. Ya sé que son circunstancias distintas y distantes. Pero también en su edición de hoy, después de informar ampliamente del rescate en la mina San José, el diario “El Mercurio” dedicaba una página al deleznable espectáculo de unos ciudadanos que insultaban al presidente del Gobierno de España mientras el jefe del Estado rendía solemne homenaje a los militares que murieron defendiendo a su país. Y no ha sido el único medio que se ha hecho eco del incidente.

No me valen las apelaciones a la libertad de expresión. No se puede considerar como tal el exabrupto y la falta de respeto a los símbolos comunes. Y por si no fuera suficientemente ofensivo oír a algunos responsables políticos justificar el episodio, resulta especialmente lacerante que algunos progres de laboratorio defiendan el sagrado derecho al ejercicio de esa libertad de los que diseñaron y llevaron a cabo el sabotaje. Sabotaje que ha avergonzado a la mayoría de los españoles y muy especialmente a los que viven en el exterior. Esos progres son el compendio de los principales males de una izquierda que aún no se ha enterado por dónde viene la siguiente amenaza. Yo les recomiendo que lean a Piero Ignazi, profesor de Política Comparada en la Universidad de Bolonia. Les transcribo, a modo de anticipo, un párrafo de su último artículo en el semanario italiano “L’Espresso”: “Aunque pueda parecer paradójico, el verdadero conflicto de hoy en Europa no es el que contrapone a conservadores y progresistas, sino a la izquierda y a la extrema derecha”. Lean la obra de Ignazi; su tesis es llamativa, pero ofrece claves interesantes. Por ejemplo, de qué modo se camufla la extrema derecha en los países donde no da la cara como tal y por qué algunas formaciones conservadoras, por un cada día más sustancioso número de votos, dejan que sea aquella la encargada de hacer el trabajo más sucio.  


El punto medio

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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