Zuckerberg, Jobs, Gates, Egipto, Túnez y lo que está por venir

Son las nuevas tecnologías al servicio de la libertad las que han acelerado los cambios en Túnez y Egipto

El populismo de saldo que utiliza a veces Esteban González Pons, y que empequeñece su figura política hasta hacerla casi insignificante, es de gran utilidad cuando nos sirve a los periodistas para ilustrar los muchos casos en los que los partidos se esmeran en retorcer la realidad para acomodarla a sus particulares intereses. González Pons vino a decir hace unos días que lo acontecido en Egipto podía pasar cualquier día de estos en España. Obviamente, el desbarre retórico tenía que ver con la obsesión de expulsar del poder antes de tiempo a Rodríguez Zapatero, y la insinuación del dirigente del PP olía que apestaba a demagogia mitinera aliñada con lo peor del peronismo especializado en la manipulación de los trabajadores. Pero Pons, sin proponérselo, se aproximaba bastante a una parte de la verdad. Porque lo que ha movilizado, y sigue movilizando, a la sociedad tunecina, egipcia, argelina, yemení, saudí o sudanesa, no son los hilos ocultos del islamismo radical que habría sabido aprovechar la ofuscación religiosa de muchos ciudadanos musulmanes, sino la reivindicación de una vida mejor, la certeza de que solo a través de la libertad se pueden llegar a alcanzar estándares aceptables de dignidad individual y colectiva.

Ni rastro de Bin Laden

Los miles de inmigrantes tunecinos que en los últimos días han desembarcado en la isla italiana de Lampedusa son el lógico correlato de lo que está ocurriendo en el mundo árabe y en el Magreb: las protestas no han sido inducidas o programadas por los seguidores de Bin Laden; responden al imparable empuje de sociedades que han experimentado grandes incrementos del censo acompañados de un espectacular rejuvenecimiento de sus poblaciones. Y ese hecho estadístico, anunciado hace varias décadas, es el que esencialmente explica lo que está ocurriendo en los países citados. La miseria ha sido compatible con la sumisión de los pueblos cuando estos no tenían acceso a más información que la que le suministraban a su antojo los jefes religiosos o políticos. La miseria, sin embargo, no es compatible con la globalización informativa. Bin Laden no tiene nada que ver con la explosión de libertad vivida en Túnez o Egipto. Desgraciadamente, tampoco tienen demasiado mérito en lo sucedido los líderes occidentales. Al menos los políticos. Son los Gates, Jobs o Zuckerberg los que, sin apenas darse cuenta, están cambiando el escenario mundial. Es la tecnología al servicio de la comunicación y de la verdad la que hace posible que millones de ciudadanos aspiren a ser como nosotros, a reconocer la democracia como el sistema que puede acercarles a la prosperidad. Podemos seguir poniendo barreras a los que llegan a Lampedusa; o podemos exigir a nuestros dirigentes políticos que no desaprovechen esta oportunidad histórica.

Obama y la Alianza de Civilizaciones

Urge que los países desarrollados y emergentes promuevan una estructura colectiva para gestionar la colaboración con los países que de forma imparable reivindican unas mejores condiciones de vida. Es el momento en el que tiene todo el sentido del mundo un proyecto como el de la Alianza de las Civilizaciones, impulsado por Zapatero y el presidente turco, Erdogan, pero que bosteza en algún despacho del ala oeste de la Casa Blanca. Es la gran oportunidad de Barack Hussein Obama y de los principales líderes occidentales. Sería imperdonable que decepcionáramos las expectativas de millones de jóvenes que miran con esperanza hacia el norte del Mediterráneo y hacia el oeste dando la espalda al discurso más radical de las mezquitas. Sería catastrófico que la imagen que trasladara Occidente a esos millones de almas fuera de desconfianza, de resquemor, como si no las consideráramos merecedoras de gestionar la libertad, al menos como nosotros la entendemos.

Según una encuesta, la mayoría de los que han apoyado la revuelta social en Egipto aprueban el tratado de paz que este país firmó con Israel en 1979. Es un dato revelador, pero no inamovible. Hacen falta líderes para gestionar una situación que abre una expectativa hasta hace poco impensable, por positiva, pero vertiginosa y que puede convertirse, a poco que Occidente no se implique, en inmanejable.


El punto medio

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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