El pluriempleo de González y Aznar

La polémica sobre los contratos privados de los ex presidentes González y Aznar es demagógica y peligrosa

Vuelven los mediocres a la carga en este país nuestro que, metido de lleno en horas bajas, se entrega sin resistencia a la más barata demagogia. Estoy hablando de la polémica suscitada a raíz de que se haya conocido que Felipe González y José María Aznar complementan sus retribuciones públicas con otras más suculentas procedentes de grandes empresas. ¿Es justo que González y Aznar cobren un sueldo vitalicio del Estado a la vez que perciben otros ingresos por sus actividades privadas? Por supuesto que sí. Norteamericanos, alemanes, ingleses, franceses o italianos hacen lo mismo. Bill Clinton, por ejemplo, tiene una dotación económica muy superior a los 80.000 euros que cobran los ex presidentes españoles, amén de un amplio equipo de colaboradores a cuenta de las arcas públicas. El caché de Clinton por conferencia es de 300.000 euros, cantidad que tuvo que pagarle hace unos años el gobierno de Canarias para que aquél participara en unas jornadas empresariales en Santa Cruz de Tenerife. Tony Blair, ex primer ministro británico, percibe un estipendio vitalicio de 190.000 euros al año perfectamente compatible con otras fuentes de ingreso. Y podemos seguir.

O tontos o ladrones

Al paso que vamos la clase política estará compuesta en exclusiva por especuladores, tontos o directamente ladrones. A nadie con sentido común, y ya no digo con inteligencia, se le pasará por la cabeza dedicar una porción de sus vidas a la cosa pública. De hecho, ya casi no existen especímenes con estas características en España: ganan mucho menos que en la privada, están sometidos a todo tipo de incompatibilidades y cuando deciden pasar a un segundo plano los mercachifles de turno no les dejan en paz. Resultado: políticos cada vez más profesionalizados -contando con un porcentaje preocupante de ellos que están en política como fórmula rápida de enriquecimiento-, pero cada vez menos con eso que se llamaba vocación por lo público. Es cierto que este fenómeno se da sobre todo en el ámbito municipal y autonómico, y en menor medida en el nacional. Pero no hay razones para pensar que este último no se vaya a contaminar aceleradamente. El sistema de selección de diputados y senadores promueve la mediocridad, condición que siempre precede a mayores males.

Decía Ortega que “las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados”, y contraponía este concepto, las minorías, al de las masas. Ambos, minorías y masas, conforman, según el filósofo madrileño, la unidad dinámica a la que llamamos sociedad. Pues bien, en España, y en política, lo cómodo ahora es seguir los criterios de las masas. Volvamos a Ortega: “De este modo se convierte lo que era meramente cantidad -la muchedumbre- en una determinación cualitativa: es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre cuando no se diferencia de otros hombres…”. (“La rebelión de las masas”).

Ejercicio deleznable

Es irresponsable y peligroso dejar algunas cosas en manos de la muchedumbre. Eso es lo que hacen políticos alicortos, como Rosa Díez, cuando piden que se cambie la ley para impedir que González y Aznar perciban emolumentos públicos y privados. El voto a cualquier precio. La demagogia por delante de la prudencia. En una coyuntura como la actual, con cuatro millones de parados, emplear estos atajos para ser alguien en política es un ejercicio deleznable. España es hoy un país algo más pobre que hace un par de años. También va camino de ser más cutre. Por culpa de unos políticos a los que nadie invitará a conferenciar cuando se jubilen.


El punto medio

Acerca de Agustín Valladolid

Periodista. En algunos sitios me llaman comentarista político, en otros tertuliano. No sé qué es peor, pero es lo que hay.
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