Haciendo sitio, soltando lastre

Llega esa etapa en la vida de toda mujer que hay que tomar decisiones. Y no hablo de cualquier tontería, sino de decisiones importantes. Por ejemplo, ¿me corto el pelo o me lo dejo crecer?, ¿sigo con el rubio o vuelvo a mi color habitual? Ésta era de ese tipo. Como cada año, con la llegada de la primavera, tocaba cambio de armario. Esto no me pasaría si tuviera un vestidor como debe ser o como diría mi madre menos ropa. El caso es que tocaba empaquetar las chaquetas de lana, las bufandas, los guantes, los jerseys abrigaditos y hacer hueco a las blusas, camisetas de tirantes, pantalones cortos, sandalias. ¡Me encanta la primavera, hay tanto que enseñar! Además, ese cambio de armario de temporada venía acompañado de un ritual. Un ritual con su vino, su música, sus velas. No se trataba solo de recibir a la estación de la luz sin más, no. Se trataba de volver a soñar con vacaciones, con momentos, con cuándos, con dóndes…Sí, estoy convencida de que un armario y especialmente el mío, se llena siempre de por si acasos. Estaba inmersa en mi ritual cuando fui interrumpida con este maleducado comentario: “¿para qué quieres toda esa ropa?” Podían haberme clavado una daga en el corazón y no haberme dolido tanto. Esta frase es típica de mi madre. Incluso podía haber sido pronunciada por Tarzán, si es que supiera hablar nuestro idioma, claro. Pero no. Fue pronunciada por Mateo cuando vio toda la cama cubierta con mi ropa. “No sigas por ahí…”, (léase el “ahí” con tonito cantarín). Aunque lo peor estaba por venir. En realidad a él no le molestaba que tuviera mucha o poca ropa, ni tampoco que aún colgaran las etiquetas de la mayoría de mis prendas (aunque se espantó con el precio de alguna) Lo que le molestaba-y aquí está la inesperada bomba de relojería-es que no le dejara ni un par de cajones para colocar la suya. “¿Desde cuándo vives conmigo?”, le corté en seco. Empiezan por un cajón y acaban pidiéndote que te cases con ellos. Lejos de echarse para atrás, me dejó claro que sería mucho más cómodo, para las noches que se tiene que quedar en casa, que le dejara un par de cajones. Especialmente, dijo, en el baño, así podría traerse su cepillo de dientes y sus utensilios de aseo personal. No entendía muy bien la envolvente que me estaba haciendo. Sobre todo porque vivíamos en el mismo edificio y eso, digo yo, alguna ventaja tiene que tener, ¿no? Y sí, efectivamente la tuvo. La ventaja de que en menos de diez minutos había traído una maleta cargada con sus pertenencias, ocupando parte del baño de invitados y un par de cajones de mi dormitorio. No sé cómo estaba sucediendo, pero Mateo no sólo se estaba haciendo hueco, sino que había conseguido que para vaciarle dos cajones me deshiciera de algunas prendas que llevaban años conmigo. Y eso era la primera vez que alguien lo conseguía.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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2 respuestas a Haciendo sitio, soltando lastre

  1. Tamara dijo:

    Jajajajaja ay solete… No es nada malo… Y bueno, a mi lo de la ropa también me lo dicen, o lo típico de ” si todas las prendas se parecen! Para qué quieres tantas…” y a ti poco a poco se te inyectan los ojos en sangre.. Pero eso es para gente que no disfruta con la ropa y le gusta ir siempre con lo mismo. Lo de los cajones bueno.. Aunque viváis en el mismo edificio supongo que agradecerá por ejemplo lavarse los dientes nada más levantarse y esas cosillas :). Es un paso que antes o después vais a dar, y vete preparando para comprarte un armario más grande o que él se compre uno para su ropa! Para el futuro y esas cosas ;) ten buena semana guapi!

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