La pasión, según los vecinos

Esta Semana Santa hemos decidido pasarla en Madrid. Tranquilos, disfrutando de la ciudad que con un poco de suerte no estará muy llena, de sus rincones, de sus museos, de su ambiente y de su luz. Por primera vez en muchos años no me he agobiado por qué hacer con mi tiempo libre, dónde ir, quedar con unos y con otros. Este año no tengo planes, todo ha fluido, probablemente como nunca antes lo había hecho. Siempre he contemplado la pareja como una fuente de problemas y agobios, que los tiene, pero de repente, he abierto los ojos y he descubierto que también tiene otro lado. El lado oscuro de la fuerza que yo había tardado en descubrir, probablemente porque no quería verlo: la fuerza de la confianza y de la tranquilidad. Una relajación que siempre había contemplado como negativa pero que, en ciertas dosis, puede tener su punto. En ese punto exacto estábamos Mateo y yo, viendo una película con unas palomitas en el salón cuando, de repente, empezamos a escuchar unos ruidos. Al principio eran casi imperceptibles, como de un gatito en la lejanía. Mateo bajó el volumen de la televisión. De repente, los gritos se pararon. Volvimos a subirlo, pero no tardaron mucho en volver. De hecho, a medida que pasaban los minutos, se fueron haciendo más y más fuertes. Ya no hizo falta volver a bajar el volumen. Se oía perfectamente desde cualquier rincón de la casa. Me atrevería a decir que desde cualquier rincón del edificio, incluso desde la calle. Al principio, nos asustamos. Pensábamos que se trataba de un animal al que estaban torturando. Y de alguna manera podría ser así. Hasta que finalmente llegamos a la conclusión de que lo que estaba sucediendo en aquel piso era otra cosa. A juzgar por los gritos, diría que una cosa bárbara. Mateo y yo no podíamos parar de reír. Nunca habíamos visto, más bien oído, algo tan escandaloso, a menos que lo que estuviera sucediendo arriba fuese la grabación de una película porno. No sólo nos sorprendió el grado, sino el número de ocasiones que sucedieron. A la tercera dejamos de contar y tratamos de taparnos los oídos con la almohada. Cuando te sucede algo así, son inevitables las comparaciones. Sobre todo para los tíos. Se toman todo como una competición. Yo no podía parar de reír y él preocupado por si ese número de veces, tan seguidas, era normal. Creo que ha sido la única noche en todo este tiempo que algo le ha quitado el sueño a Mateo. Lo peor fue al día siguiente. Cuando estábamos en el portal, abriendo nuestro buzón, y una pareja de mediana edad, (unos cincuenta y muchos sesenta años, más o menos) se paró abrir el buzón de al lado. ¡Eran ellos! Y creo que sabían que nosotros lo sabíamos. Estaban orgullosos. Y es para estarlo, sin ninguna duda. Desde entonces tienen toda mi admiración  y la envidia de Mateo que sigue traumatizado.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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2 respuestas a La pasión, según los vecinos

  1. anónimo dijo:

    Hola Lía,Mateo parece un chico estupendo
    ¿Cómo es?

    • Cecilia G. dijo:

      Hola!
      seguramente no sea tan estupendo como lo describo, jajaja! Sobre todo porque ya sabéis lo que dicen, que el amor es ciego y la objetividad no existe. Es moreno, con ojos marrones, grandes, tiene las manos suaves y es de las pocas personas que conozco a las que le sienta muy bien el traje de chaqueta. Es tranquilo, siempre mira a los ojos cuando habla y lo hace fijamente, además. Es irónico y sabe llevarme bien. ¿Ves como no soy objetiva?
      Muchas gracias por el comentario
      Un abrazo

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