Cuando la rutina llama a tu puerta

Si hay una palabra que siempre he odiado es la de rutina. Es como si durante todos estos años hubiera querido huir de ella. Cada día tenía que ser especial y algo diferente al anterior. Me entraba pánico al pensar que un día y otro podían ser exactamente iguales. Pero ahora, casi sin pensarlo, mi vida se había transformado en un devenir bastante rutinario. Me di cuenta el otro día, cuando de repente Mateo me dijo: “Hoy vamos al cine a ver una peli, ¿no?” Y yo, sorprendida le contesté: “¿Por qué?, ¿Hay alguna que te apetezca ver en particular?” . “No, es que hoy es domingo y como los domingos solemos ir al cine…” ¡Ahí estaba! Ir al cine los domingos, los lunes la compra, los martes yoga, los miércoles inglés, los jueves cena con los amigos, los viernes cena en casa y los sábados, ya se sabe lo que se hace lo sábados. De repente, vi mi vida pasar como uno de esos libros en los que dejas escurrir las páginas rápidamente por tus dedos para ver los muñecos dibujados en una esquina en movimiento. Como si todo ya estuviera predestinado y definido. ¿Por qué estar en pareja tiene que significar rutina, hábito? Todos sabemos que eso sólo conduce al camino del aburrimiento. Así que me entró miedo y el miedo me llevó a hacer cosas digamos, poco habituales en los últimos meses. Por ejemplo, a querer salir  de fiesta un martes. Sin Mateo. Volví como a las seis de la mañana. Lo peor fue al día siguiente, porque hay cosas que son superiores a la rutina y al amor, como es el paso del tiempo. Pero yo me mantuve firme en mi no aceptación de la realidad. Mateo estaba algo perplejo, como Tarzán, pero ambos mantenían la misma actitud impasible, como el que espera ver caer la torre. El miércoles decidí ir a dormir a casa de amiga Ana, fiesta de chicas, le dije, pero él no se inmutó. El jueves venían a cenar amigos a casa y el viernes Mateo me paró en seco. “Está bien, ¿qué te pasa?, llevas una semana muy rara, ¿qué es lo que va mal?, ¿es por lo de mis padres?” Y todo ello, sin un mínimo atisbo de furia, enfado o malestar. “Creo que nos estamos estancando”, lo solté así, sin más. “Espera, ¿estancando? pero si apenas llevamos unos meses saliendo…” Sí, pero ya estamos acomodados en la rutina, ya tenemos hábitos creados y dentro de nada nos veo como un matrimonio de 30 años. “¿Y qué tienen de malo los matrimonios de 30 años?, ¿Acaso no quieres estar conmigo 30 años? Porque yo sí” Touché. Los matrimonios de 30 años, siempre y cuando sean felices, no tienen nada de malo. Y yo no sabía si quería estar con él 30 años ó un día. El hecho es que si hasta entonces no me había dado cuenta de que teníamos hábitos instalados en nuestra vida, quizá es que no eran tan malos. Así que cuando la rutina llama a tu puerta sólo tienes dos opciones: o la dejas pasar o sales corriendo.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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2 respuestas a Cuando la rutina llama a tu puerta

  1. Tamara dijo:

    Bueno nena creo que tú misma te has contestado a la “duda”, no serán tan malos cuando ni siquiera habías caído en la cuenta, mientras no sean hábitos de discusiones absurdas o cosas que aporten negatividad a la relación… creo que es bastante obvio que no quieres estar con él un día, 30 años.. quién sabe, nadie conoce el futuro (afortunadamente.. si no creo que la vida sería muy aburrida.. a verlas venir, no?), así que deja entrar a esa buena rutina, que la mala rutina siempre hay tiempo de quitársela de encima y disfruta de Mateo. Buen comienzo de semana! Besines :*

    • Cecilia G. dijo:

      Hola Tamara,
      sí, creo que tenemos demasiados mecanismos de alerta que nos quieren prevenir de experiencias pasadas. Es inevitable dejarlos salir, lo importante es detectarlos y saber controlarlos!
      Un abrazo fuerte

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