Efecto Mateo

¿Qué diría mi abuela si mi viera? O más bien, si viera mi trayectoria de los últimos años. Seguro que diría aquello de: “hija, ya es hora de sentar la cabeza, tanta fiesta, tanta fiesta, ahorra y compórtate” ó “búscate un buen marido, que de novios son todos muy buenos”. Si mi abuela viviera, se daría cuenta de que en estos tiempos ni siquiera los novios son buenos. Claro que, afortunadamente, en este tema cada vez son más iguales. El caso es que no puedo evitar acordarme de mi abuela y cuanto más mayor me hago, más me acuerdo. Recuerdo su aroma a lavanda, sus arrugas, sus besos y sus azotes en el culo. Y sus advertencias: “Come, que tu tío abuelo estudiaba mucho y no comía y se murió” ó “¿Aquí no te faltan unos cuantos metros de tela?”, en cuanto me veía con una minifalda. El caso es que mi abuela no veía mucho, pero eso lo detectaba a la legua. Recuerdo especialmente un dicho que no entendía muy bien (ni entonces, ni ahora):  “Quien bien te quiere te hará llorar”. Seamos sinceros, si esto fuera verdad, mis jefes, hacienda y mis ex han debido de quererme mucho (especialmente alguno que yo me sé). Así que ahora que estoy experimentando un estado de felicidad desconocido que me empeño en sabotear continuamente, pienso en mi abuela. Y me sorprendo a mí misma, comprando una pastilla de jabón heno o colocando lavanda en un pequeño jarrón en el cuarto de baño. Hasta Tarzán ha empezado a notar estos pequeños cambios de comportamiento, sobre todo, porque la lavanda le hace estornudar. Y este descubrimiento, en nuestra pequeña guerra cotidiana, me ha venido como agua de mayo. Si él me levanta en exceso los ojos, desaprobando mis decisiones o mis looks, le acerco la lavanda para que deje de juzgarme. He probado a hacer lo mismo con Mateo, cuando no me gusta algo de lo que me dice, pero no tiene el mismo efecto. Siempre acaba sonriendo o soltando alguna gracia que relaja la situación. Mateo era como tener un lexatin y una coca-cola al mismo tiempo. ¿Y no era esto el colmo de la felicidad? Para mí, desde luego lo era. Hasta ahora pensaba que estar en una relación suponía un drama y un sobresalto continuo. Que los roces, las peleas y los malentendidos eran lo que hacían saltar chispas. Y, desde luego, la chispa saltaba, pero la de la ruptura. Con Mateo estas reglas no funcionaban. Si le provocaba o soltaba alguna frase borde, siempre contestaba con una gracia que conseguía relajar el ambiente. Por ejemplo, la que le solté el sábado pasado cuando me dijo: “¿Qué te parece si quedamos a comer con mis padres el próximo fin de semana?”. A lo que yo contesté: “¿Por qué? ¿Están enfermos o les pasa algo?”. Si esto me lo hubieran dicho a mí, probablemente hubiéramos tenido una pelea tan grande que no habría emoticono del whatsapp que pudieran arreglarlo. Pero con Mateo esto no funcionaba. “¡Qué boba eres!”, entonces les digo que el domingo vamos a comer con ellos.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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2 respuestas a Efecto Mateo

  1. Tamara dijo:

    Me gusta Mateo, Lía! Quédatelo! ( si vale… Ha sonado como quien habla de unos Manolos

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