Palomitas, coca-cola y …

Hacía mucho tiempo que no iba al cine en pareja. Sola o con amigas, sí. Pero no encuentro una referencia cercana en mi pasado más reciente sobre cuándo fue la última vez que acudí a una sesión de cine en pareja. Y con pareja me refiero no sólo a ir acompañada por alguien con quien sales, sino a ir al cine como cuando tenía catorce años. En aquel entonces mi pareja se llamaba Pablo M. y, el pobre, no sabía por donde se andaba. Lo que tenía de guapo, lo tenía de torpe. Sus intentos por meterme mano, acabaron con las palomitas y la coca-cola encima de mis pantalones reciente estrenados. Así que nuestra relación duró exactamente lo que una película de aquellos años, unas dos horas. A partir de ese día, se escondía en los recreos para no cruzarse conmigo. Le daba, y con razón, vergüenza. Al menos tenía sentido del ridículo. Esa fue mi primera experiencia amorosa en un cine. Las posteriores, las que he tenido con Brad Pitt, Jude Law o Clive Owen no cuentan. También ha sido la última que se ha producido en una sala abarrotada de gente y a oscuras. Hasta el pasado fin de semana. Mateo y yo, animados por el buen tiempo que hacía en la calle (léase con ironía) decidimos tener una sesión golfa (así se llamaba en mi época, sólo que a las seis de la tarde). Lo más difícil fue ponernos de acuerdo con la película. De hecho, creo que ha sido más fácil llegar a un pacto sobre el gobierno de Cataluña, a que Mateo y yo nos pusiéramos de acuerdo en elegir la película que queríamos ver. A mí me apetecía una de tiros, de misterio, incluso de miedo) y a él algo más pastelón (tipo Palmeras en la Nieve). Mis dotes de persuasión (y comprometerme a que las próximas tres películas las elegiría él, creo que como diplomática no tendría precio, sobre todo para el país contrario) nos pusimos de acuerdo en el título: Joy. Me encantó la película. En serio, muy buena. Aunque sería mucho más correcto decir que me encantó la parte de la película que me dejó ver. Mateo se había convertido de repente en un crío de quince años. Por cierto, no mucho más hábil que el púber Pablo M. Al principio no me lo creía. Pensaba que tenía puesto un jersey de lana, de esos que pican tanto, y por eso no dejaba de moverse. Pero a la tercera vez que nuestras manos se chocaron- y mi bote de palomitas se volvió a vaciar de nuevo- no tuve más remedio que susurrarle al oído: “¿En serio me estás tratando de meter mano? ¿a nuestra edad?”

Soy mala. Lo reconozco. No podía parar de reír. De hecho los de la fila de atrás nos llamaron la atención. Pero es que no había visto alguien más rojo desde que mi amiga María se pasó con el picante en un restaurante mexicano y se tiró el resto de la noche en el baño. En fin, si el secreto de una relación es volver a sentirte como si tuvieras quince años, parece que ésta va bien.

 

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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