Como una ola

Otra vez. Sí, me había vuelto a suceder de nuevo. ¿Cuántas veces puedes cometer un error y ser capaz de repetirlo una y otra vez? Como el ajo o el reguetón. Creo que el dicho “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra” se queda corto. Lo malo es que parecen distintos errores porque se camuflan para despistar, pero en el fondo son los mismos. Es como cuando te pregunta tu madre, ¿pero no tienes un jersey igual al que te acabas de comprar? y tú, muy seriamente, incluso con cierta indignación, respondes: nooo, el otro es azul marino y este es azul marengo. Pues así estaba yo, tratando de disimular mi error frente a mi amiga María. Ella que es mis ojos, mi corazón, mi boca, que sabe todo de mí, se pregunta por qué, de repente, me he vuelto a obsesionar con un vecino al que un día conocí paseando un perro y que se había convertido en mi nueva adicción. Y lo que es peor aún, sustituyendo a mis relaciones adictivas más fieles y duraderas, como el chocolate y los zapatos. ¡Quién me ha visto y quién me ve! No supe qué explicación darle. Si hubiéramos estado en un karoke le hubiera cantado “Como una ola, tu amor llego a mi vida, como una ola de fuerza desmedida, sentí en mis labios tus labios de amapola, como una ola…” por no mencionar otras metáforas cursis y no tan cursis, que son muchas, las que tiene la canción. Simplemente porque creo que no hay canción, ni intérprete, que pueda definir mejor el sentimiento que te invade cuando alguien entra  de esa manera en tu vida, desordenando tu orden, rompiendo tus esquemas, asaltando tus murallas. No estoy hablando de Juego de Tronos, que podría, pero la adicción es parecida. Después de hablar con María, a la que tendría que pagar como a un psicólogo de los buenos, me decidí a para un poco estos encuentros.   Así que a su tercer, “Qué tengas un buen día” de esta semana, decidí no contestarle. Menuda soy yo cuando me pongo. Por su puesto, ese pequeño gesto no supuso nada para Mateo. A las diez de la noche del viernes, justo cuando me disponía a salir, llamó a mi puerta.

-No sabía que tenías planes sin mí, me dijo

-Ni yo recordaba que hubiéramos quedado, le respondí haciéndome la dura.

-Tienes muy mala memoria si no recuerdas que siempre tienes una cita conmigo.

No recordaba una frase tan cursi desde los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer que tanto me gustaban a los quince. Vale y también un poquito a los dieciocho. Aún recuerdo mi carpeta del instituto forrada con: “¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul, ¡Qué es poesía! ¿y tú me lo preguntas? poesía…eres tú”. Y por asombroso que parezca, este tipo de frases aún sigue funcionando en nosotras. ¿Qué por qué lo sé? porque después de haber estado más de tres horas preparándome para salir, eye-liner incluido, me quedé en casa…con Mateo.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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