Veroño

Estos días son como un regalo. Como un luminoso en la carretera que dice: toma el camino equivocado y huye. Sí, el otoño ya está aquí, dispuesto a dar paso al invierno. Y por mucha ilusión que me haga estrenar zapatos, abrigo, bolso, bufanda y todo lo que se ponga en mi camino y me permita mi presupuesto, no me resisto a dejar el calorcito. ¡Qué tendrán la luz y el sol! Estaba yo haciendo estas reflexiones en voz alta, cuando mi amiga María me soltó un:¡cállate!, con muy mala leche. Y a pesar de llevar unas gafas de sol grandes y oscuras, noté como su mirada se clavaba en mis pupilas. Es verdad que con mis comentarios no había sido muy sensible a lo que María me estaba contando. Una nueva tragedia amorosa en su vida con tintes dramáticos pero, sinceramente, nada que no hubiera oído (y vivido) antes, en mis treintaytantos años. A estas alturas o estás en pareja o tienes mucha experiencia a tus espaldas. No hay término medio. Pero María parecía no entender esta ecuación. No se resignaba a encontrar a su media naranja. Desde la sabiduría que dan unos cuantos fracasos en ámbitos vitales de la vida, le dije: ¿No te has parado a pensar que si no la has encontrado hasta ahora, quizá sea porque no exista? Eso es como creer en los Reyes Magos, en Santa Claus, en el Ratoncito Pérez, en David el Gnomo, en Mili Vanilli, en fin ¿nunca te has planteado que quizá no hay una única persona para cada uno de nosotros? Es más, ¡menos mal que no hay una única persona para cada uno de nosotros!

Sin embargo, a María no parecía convencerle esta teoría. Estaba en esa época de la vida en la que necesitas a una persona a tu lado que te consienta, que te aguante, que te haga reír, que le apetezca salir cuando tú quieres salir, que te dé cariño siempre que llegas a casa, que te quiera por encima de todas las cosas, que siempre quiera estar contigo, que no critique tu forma de vestir o lo moleste ir con tus padres, que no ponga pegas si una noche necesitas salir de fiesta con tus amigas o sales tarde del trabajo, que te deje limpio el baño, que entienda que quieras estar sola, que te acompañe de compras. En fin, estaba en esa época de la vida en la que necesitaba un perro. Así que eso es exactamente lo que le propuse. Adoptar un perro. Y allí estábamos, las dos buscando a nuestra media naranja en medio de un rebaño de ojitos desesperados que nos decían “llévame contigo”. No entiendo cómo hay alguien que puede abandonar a los animales. Claro que sin querer hacer comparaciones, tampoco entiendo cómo hay alguien que no quiera estar conmigo o con mi amiga María. Así que allí estábamos, ellos y nosotras. Y como era de prever, esa tarde ligamos las dos. María acabo echándole el lazo a un precioso pastor alemán y yo a un bulldog (o eso creo)  al que he decidido llamar Tarzán. ¿Qué diría Freud de esto?

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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