Calor (parte 2)

Tenía el nombre del primer hombre sobre la tierra. Y a juzgar por cómo ha entrado en mi vida, podría ser el único. Adán era el padre de Adrián (tranquilos que esta columna no va a ser como el señor de los anillos). Adrián era el niño que metió un gol en mi tripa dejando un gran hematoma y el orgullo herido. Sin embargo, se lo he perdonado porque a cambio de ese gran golpe me ha dado una  gran cita con su padre. Un cuarentón más que interesante. Hace unos años esta idea me hubiera espantando. Hubiera salido corriendo. Pero hoy, cuando me acerco inexpugnablemente a esa edad (aunque aún me quedan unos cuantos no creáis) me parece una idea más que atractiva. Cierto es que Adán venía con sorpresa, pero yo no pretendía ser su Eva Después de aquel día en la piscina, intercambiamos los números de teléfono y tras algún que otro mensaje de flirteo por el Whatsapp decidimos quedar a tomar algo.

Me sentía un poco como Olivia Newton-John y  John Travolta en Grease, sólo que en plan hipster. Quedamos en el cine de verano de Cibeles. Sé que puede sonar cutre para una primera cita, pero sí, vimos Ghost. En cierto modo, Adán me recordaba un poco a Patrick Swayze. Sólo que era moreno y llevaba gafas. Vamos, en realidad no se parecía nada a Swayze pero la imaginación no conoce límites. Sobre todo la mía. Soy una sentimental. Sobre todo cuando quiero. Así que en los momentos de ternura de la película no pude evitar soltar un par de lagrimitas para observar la reacción de Adán. Que fue exactamente la que esperaba. Me tomó de la mano y me la apretó fuerte. Con el corazón a flor de piel, sobre todo el mío, nos dirigimos a tomar algo. Me pedí un gin-tonic y cuando vine del baño observé que Adán estaba más que afectado.

-¡Vaya!, ¿tan malo está el gin-tonic?, le pregunté mientras daba un sorbo al mío

-No, lo siento, es que no puedo evitar acordarme de mi mujer.

Hay momentos en la vida en que una palabra marca la diferencia y otros en los que es conveniente callarse. Pero lo más importante es saber distinguir unos de otros, algo que yo aún no había aprendido. Estaba claro.

-Lo siento, no sé qué decir…

-Murió hace tres años y aún no lo he superado. Fue en un accidente de tráfico y nos está costando mucho superarlo.

-¡Cuánto lo siento!

Me salió instantáneamente, le abracé casi fraternalmente. Le estaba acariciando la espalda cuando noté como su mano se aproximaba a mi trasero. No es que me pareciera mal, es que me parecía del todo inapropiado para una persona que se estaba acordando de su mujer recientemente fallecida. Llamadme suspicaz, pero ahí me di cuenta de que este Adán me iba a costar más de un disgusto. Me aparté a tiempo y le di un largo sorbo a mi gin-tonic. Pasadas las horas me invitó a ir a su casa, pero de momento he declinado su invitación. Y esta vez no en latín,  sino en perfecto castellano.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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