Finales felices (o no)

Desde pequeñas siempre nos han contado historias con finales felices. Por muy atroces que fueran, siempre acababan bien. Por ejemplo, la del lobo comiéndose a una desvalida abuelita. O la de la mujer que vive en un bosque con siete enanitos. Aquí tengo que hacer un pequeño inciso. En cualquier país del mundo civilizado, esta historia sería portada de un periódico y la mujer sería acusada, por lo menos, de promiscua. Pero no puede porque tiene que tener un final feliz. Por eso, ella muerde una manzana envenenada, atención spoiler, y la pobre medio muere. Y aún hay más. No es la medicina la que cura a la dama, sino a un supuesto Príncipe que la despierta con su beso de amor.Y ahí se acaba. Nadie nos cuenta qué pasó después. No hay Blancanieves segunda parte. Estos happy endings tienen gran parte de culpa de que la mayor parte de mis relaciones fracasen. Ya lo he dicho. Y digo más, si viviera en Estados Unidos estoy convencida de que algún bufete de Chicago ya habría aceptado mi caso para interponer una demanda contra algunas de las llamadas fábrica de sueños. Sostengo esta teoría por razones obvias. Estoy atravesando una nueva ruptura. Juan había decidido que ya estaba harto de dormir en el sofá. Me mandaba mails con pisos que había visto por la zona. Había quitado mi nombre del buzón. Por no mencionar otros detalles menos elegantes, como que no cambiaba el rollo de papel higiénico o dejaba la caja de galletas vacía en el armario y a la vista. Lo último es que ha decidió montar una fiesta el sábado con sus amigos en casa para celebrar su recién estrenada soltería. En cualquier otro momento de mi vida, me hubiese parecido una gran idea que hubiese secundado. Sin embargo, me viene abajo. ¿Por qué no se me había ocurrido a mí esa idea?

Traté de poner mi mejor cara, porque como he dicho, desde pequeña me enseñaron a creer en los happy endings. Así que contesté: “Me alegro por ti. No te preocupes, no te molestaré”.

-No lo estás entendiendo, Lía. Digo que nos despidamos por todo lo alto. Creo que aunque se acabe, hemos tenido una buena relación, me contestó Juan.

Casi me pongo a llorar de la emoción. ¿Por las palabras de Juan?, ¡No!, ¡Por la fiesta! Bueno y un poco también por estas bonitas palabras que nadie me había dicho antes. Y no había sido precisamente por falta de ocasión, porque ocasiones he tenido unas cuantas.

Creo que nuca le he dado a Juan un abrazo tan fuerte y tan espontáneo en toda mi vida. ¡Una fiesta de ruptura! ¿Cómo no se me había ocurrido a mí antes?

Nos sentamos en la cocina, con una copa de vino y empezamos a hacer nuestra particular lista de invitados. Juan iba a invitar a todas sus “ex”. Cuando le pregunté por qué, no lo entendió. Me dijo: “Tú también ¿no?” Y me rendí, estaba cansada de pelear y de que todo fuera siempre tan complicado. Así que, como dice el refrán, me uní al enemigo con una simple pregunta: ¿A partir de cuánto tiempo se puede considerar que es un “ex”?

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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