No, aún no la he visto

No, no me refiero a la nueva colección de temporada de Zara. Tampoco a Uma Thurman, ni al video viral de la semana. Ni siquiera a la última emisión de Gran Hermano Vip. Lo confieso. Me llamo Lía y aún no he visto la película “Cincuenta sombras de Grey”. (Coro: ¡Hola Lía! De aquí me voy a un centro de rehabilitación seguro) Podría justificar este comportamiento tan extraño y ajeno a mí de mil maneras, pero lo cierto es que no tengo excusa ninguna. ¡Quién me lo iba a decir! A mí, que he sido una de las mayores fans de esta historia. Una incondicional. Una persona que fue capaz de leerse frase tras frase los tres libros de la trilogía. Y aquí me tienes, desterrada de la vida social, sin poder comentar una sola escena, deslizándome a hurtadillas por determinadas webs a horas intempestivas, por ejemplo doce de la mañana en pleno horario laboral, para poder atisbar un cachito de la película.  Escondiéndome de las redes sociales, de las conversaciones de la calle, tratando de escapar de un posible spoiler.

La razón que está detrás de todo esto tiene nombre masculino de cuatro letras: Juan. No entiende por qué quiero verla. Piensa que, como los libros, es una película superficial, irreal, que sólo contribuye a alimentar la parte más débil, pusilánime y nenaza de mi cerebro. A lo que yo le respondí: ¡claro, discúlpeme usted, que no me daba cuenta de que ver un partido de fútbol te hace más inteligente, culto y creativo!

Así seguimos lanzándonos puñaladas durante más de  tres días, en una escalada de violencia interna sin precedentes. Estábamos al borde de la guerra civil. Sirva de ejemplo que mientras yo le escondía el mando de la Play, él tiraba mis revistas de cabecera. Agotados de pelear, esto sí que fomenta la actividad cerebral y lo demás es tontería, alcanzamos un alto el fuego temporal. Ambos acordamos que yo no vería la película si él me prometía no volver a ver un partido de fútbol en tres meses. Al principio, consideré que le había metido un gol por toda la escuadra. Al fin y al cabo, el estreno era una cuestión de tiempo. Pasados dos meses ya nadie hablaría de Cincuenta sombras de Grey. A cambio, podríamos salir todos los sábado por la noche a cenar y los domingos habría un veto claro a determinados programas deportivos. Y lo más importante, ya no volvería a escuchar esa tonito de goooollllll que he oído más veces en mi vida que La Macarena.

Esta euforia sólo me duro unos cuantas horas. Sobre todo, cuando caí en la cuenta de que estamos hablando de una trilogía y se me vino el mundo encima. No me veía capaz de cumplir mi promesa. Mi ansiedad crecía por momentos (ya podían hacerlo otras partes de mi cerebro o de mi cuerpo). En realidad, sólo han pasado unos días desde el estreno oficial y estoy peor que la última vez que dejé de fumar. Recuerdo que entonces mi obsesión era buscar chocolate (del de comer) por toda la casa. Ahora me obsesiona buscar por internet. Me he visto a mí misma a las tres de la mañana visitando páginas web que hablaran de la película. Y he tocado fondo. No os imagináis lo que hay por la red. Me he visto a mí misma caer tan bajo como aquella vez que me presenté en una gasolinera a las dos de la mañana, en bata y zapatillas, a comprar un paquete (de tabaco). Está decidido. De esta semana no pasa. Voy a ir a ver la película. Ahora sólo tengo que encontrar la manera de que Juan no se entere.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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