Liberales

A medida que comienzan a pasar los días del calendario, sube también la temperatura. No me refiero a que haga más frío que en el Polo Norte y tengamos que resguardarnos bajo una tonelada de mantas. O en el peor de los casos, tomar unas cuantas tazas de chocolate caliente con todas sus consecuencias. A este paso no me va dar tiempo a perder los kilos de las Navidades antes de agosto. Por eso, el sábado pasado convencí a Juan para salir a bailar. Pensé que podíamos condensar en una sola noche el ejercicio que no habíamos hecho en un mes. Como si fuéramos a un curso intensivo de inglés, pero por menos dinero.

No es que Juan fuera un gran bailarín pero le ponía ganas y para mí, eso era más que suficiente. Sólo que para lanzarse a la pista era  de los que necesitaba algo más que buena música. Exacto, unas cuantas copas encima. Y no me refiero a trofeos o medallas. La noche prometía. Empezamos tomando unos cuantos vinos en la Cava Baja que, por cierto, ya no es lo que era. O quizá soy yo la que la veo con ojos diferentes. A verla o no verla, porque no sé si fue por el frío o porque no comimos lo suficiente, que las tres copas de vino se apoderaron de mi cerebro y del de Juan. Andando por las calles de Madrid, muertos de la risa porque no sabíamos donde estábamos, acabamos en un local o como dicen los viejunos en un garito, en el que nunca antes habíamos reparado.

Entramos. Nos pedimos una copa. La música era de nuestro gusto y el ambiente era bueno, como de complicidad. Tan sólo me sentía un poco observada pero, entre mi miopía y mi belleza (nótese la ironía), pensé que era lo normal. Juan y yo estábamos dándolo todo en la pista, cuando se nos acercó otra pareja. Y empezamos a bailar los cuatro juntos. No diré los nombres por respeto a al intimidad, pero a nuestro lado, Marta y Pedro eran como Fred Astaire y Ginger Rogers. Impresionante. Además, eran muy simpáticos. En apenas media hora nos habíamos hecho grandes amigos y ya estábamos hablando de quedar el fin de semana siguiente para ir de mercados por Madrid. No me refiero a hacer la compra, sino al turismo gastronómico que está tan de moda. Si este concepto de mercado hubiera existido cuando era pequeña, no le hubiera protestado tanto a mi madre cuando me mandaba a comprar. En fin, una hora después nos acercamos a la barra. Juan hablaba con Marta de algo de escalada y yo le estaba contando a Pedro por qué los tacones constituyen una parte fundamental de mi armario, cuando de repente me besó. Delante de Juan, de su chica y de medio bar. Al principio pensé que era el alcohol. Que eso no había pasado y decidí ignorarlo. Así que proseguí con mi disertación, encomendándome al recientemente fallecido Manolo Blahnik, cuando me volvió a interrumpir con otro largo beso. Podía haberle parado pero estaba perpleja. Otros chicos me habían besado antes en un bar, pero nunca lo habían hecho delante de mi pareja.

-Creo que te estás confundiendo, igual os hemos dado a entender algo que no era, dije.

-¡Hombre si venís a un local liberal…!, contestó.

-Lo siento, yo los únicos liberales que conozco son Hayek, Mises, Thatcher y poco más

-¡Eres muy divertida!, en fin, si cambiáis de opinión, ya sabéis donde encontrarnos.

Y Pedro cogió a Marta del brazo y la arrastró de nuevo a la pista. Yo hice lo propio con Juan pero hacia la calle, diciéndole: “No preguntes, que luego te lo explico”.

 

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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