Sin rastro de Grey

Era un sábado como cualquier otro en Madrid con sus típicas manifestaciones, cortes de tráfico, atascos y aglomeraciones en el centro. Había bajado a tomar el aperitivo cerca de casa. Hacía mucho frío, pero no importaba. Un rayo de sol era más que suficiente para poder tomar una buena copa de vino en la terraza. Yo tengo unos principios. El fundamental es que prefiero morir congelada y chic, a pasar dentro del local. Ojeaba las noticias en mi ipad, cuando vi una que llamó mi atención. ¿Los casos de corrupción?, ¿la sonda Philae?, ¿los resultados deportivos? No. El segundo trailer de “50 sombras de Grey”.  Ellos sí que saben cómo subir los grados del  frío invierno de la capital. El estreno es en febrero del año 2015, pero ya van por el segundo anticipo del film. Por si no tuvimos suficiente con superar la trilogía en papel, la película está a menos de tres meses vista, con sus impactantes imágenes y lo que es peor, con los músculos de Jamie Dornan para recordarnos aquel viejo dicho de nuestras madres “se ve pero no se toca”.

Llegué animada a casa, no sólo por el vino, sino también por las bien seleccionadas imágenes que acababa de ver en el trailer. Influenciada por él, lo primero que hice fue buscar, en mi recién estrenado apartamento, un armario ropero como el que tiene Grey. En su lugar, me encontré un perchero de Ikea con unas cuantas camisetas y sudaderas de veinteañero mal colgadas, a pesar de que Juan rondaba ya los cuarenta. No importa, me dije, ahora aparecerá y me deslumbrará tocando el piano, aunque a decir verdad él era más de ukelele. En lugar de esa magnífica escena, me lo encontré en la cocina. Por su puesto, ni rastro del piano o del ukelele. Llevaba un delantal de esos que venden a los turistas, rojo y con lunares negros, que alguno de sus amigos debió de regalarle cuando se mudó a Madrid. Vuelta a la cruda realidad. Por cierto, no era lo único crudo que había por allí.

-Estás ante el nuevo DiverXo, estoy haciendo un cocido vegetal con tomate y zanahoria, dijo.

-Me vuelvo a la terraza.

Y es que por muy enamorado que estés de tu mujer, de tu marido, de tu pareja, del vecino, del marido o de la mujer de tu mejor amigo o amiga, el trailer hace que todo te parezca de segunda división. Nos miramos y él debió ver en mi cara esa mirada de extrañeza de “esperaba otra cosa”.

-Vale, lo he captado, pido un par de pizzas. Cuando quieres, eres muy desagradable, pero yo te quiero igual.

Encerrada en el cuarto de baño, reflexionaba sobre mi comportamiento de quinceañera de hace unos minutos. Juan no tocaba el piano, ni era dueño de una gran empresa, ni un obseso del control, ni siquiera tenía unos buenos abdominales. O si los tenía estaban muy bien escondidos.

No tenía siempre las respuestas adecuadas a todas mis preguntas, ni aparecía en mi trabajo por sorpresa -gracias a Dios- a comprar un par de revistas. Juan era un tipo bastante normal que me hacía reír, que al parecer y por alguna extraña razón que yo no acababa de comprender, me quería y que encima cocinaba. Si es que a eso se le puede llamar cocina. Pero esto, además de ser un comentario muy de mi padre, es otro tema.

En fin, Juan era lo que tenía. Y eso es más que suficiente, al menos por el momento. Le he dejado el primer libro de la trilogía encima de su mesilla de noche. Espero su reacción.

 

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current day month ye@r *