La otra mujer

¿Cuántas mujeres caben en una mujer? No, no estoy queriendo suavizar el hecho de que he engordado un poco en las últimas semanas. Estoy hablando en un plano transcendental y poético al que no os tengo acostumbrados. De hecho, ni yo me reconozco. Somos madres, somos hermanas, somos hijas, somos niñas, somos adultas, somos novias, somos esposas, somos amantes, somos vecinas, somos compañeras, somos empleadas, somos autónomas, somos profesionales, somos directivas, somos amigas. Es difícil definirse en una sola categoría. Sin embargo, la elección es muy sencilla si la misma pregunta cambia de género. ¿Cuántas mujeres caben en un hombre? Después de mi expediente sentimental, que empieza a ser comparable con el de Liz Taylor, podría decir que dos. La oficial y la otra. Sé lo que estáis pensando, yo también lo pensaba hasta este fin de semana, pero nada que ver con la cruda realidad. Todos los hombres tienen una otra. Incluso aquellos en los que confiáis plenamente. Aquellos por los que pondríais la mano en el fuego. No os engañéis, abrid los ojos. Siempre hay una “otra”, porque esa otra es su madre. A partir de ahora, la llamaremos suegra.

Doña Carmen ha venido de visita este fin de semana, aunque más bien podríamos decir que ha venido a hacernos una auditoría. Transcribo literalmente alguna de sus mejores frases para vuestro deleite: “Deberías poner un mueble aquí, ¿quién ha elegido estas cortinas?, pero qué clase de nevera es ésta?, ¿no habéis contratado ayuda en casa?, esto está sucio y es muy pequeño, deberíais mudaros a Sevilla, ah, ¿qué tu no cocinas?, hijo piénsatelo bien, una mujer tiene que ser dueña de su casa, ¿Qué te ha pasado en la cara, no sabes lo que es el maquillaje?”. En fin, me sentía como si nos hubiera visitado todos los secundarios de “The Walking Dead” juntos. Y lo que es peor que yo fuera la protagonista. Sólo quería asesinarla, ¡qué pesadilla!

El problema es que es Juan no ve la realidad. Entiendo que es su madre y que es difícil que algo en ella le parezca mal. Pero no es mi caso. Quiero decir, que no es mi caso con mi madre. Yo me enfado mucho con mi madre. De hecho, la quiero tanto que no puedo estar más de dos días seguidos con ella. Por lo general, los hijos solemos tener esa relación con los padres, ese “ni contigo ni sin ti, pero me llevo los tuppers, gracias”. Pero él no. Juan se deshace por complacerla, quiere que todo esté perfecto, que yo esté perfecta y me pide paciencia. Me dice que con el tiempo ella sabrá ver lo que él ha visto en mí. No quise indagar más allá porque soy consciente de que Juan es bastante más miope que yo. Así que he pasado un fin de semana trabajando uno de mis principales defectos: la impaciencia. Tengo que confesar que no ha funcionado muy bien. Estaba deseando que llegara el domingo para decirle adiós, con movimientos cortos y un giro de muñeca perfecto. En plan reina. Ella se despidió diciéndome que esperaba que me fuera bonito, a ser posible, lejos de su hijo. En fin, esta relación sí que promete y no la mía con Juan.

Me pregunto ¿qué le ha pasado a mi vida para que palabras como sartenes, mudanza o suegra hayan sustituido a zapatos, fiesta o vino?, ¿debería empezar a preocuparme? De momento, voy a profundizar en mis clases de yoga para tratar de hacer mía esa famosa frase de “si no puedes con el enemigo, únete a él (o a ella)”

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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