Tú en tu casa y yo…

Por fin había llegado el momento. Tras una nefasta semana en la que parecía que todo se volvía en mi contra (Xabi Alonso en Munich, una ola de calor sobrevenida, el fin de las rebajas) Juan apareció en la puerta de mi casa con una gran noticia. Buena, según él. Al fin había encontrado piso. No se trataba de un piso cualquiera. Sino de un luminoso piso en el centro con un gran vestidor. Si sé que le iba a resultar tan fácil encontrarlo, se lo hubiera pedido lleno de zapatos de  Aquazzura.

Esto, en cualquier manual de psicología barata, se llama “el karma siempre vuelve”. Me lo tenía merecido y me sucede por no ser sincera desde el principio. ¡Qué le voy a hacer! Soy de las que creen que la sinceridad está demasiado sobrevalorada. Las mentiras hacen que nuestra vida pueda seguir girando como la tierra, sobre nuestro propio eje y sin salirse de su órbita. Mentimos para sobrevivir, para sobreponernos, para no dañar a alguien, para mantener nuestro statu quo, para no estar solos, para ser felices… Mentimos en nuestro día a día, en las grandes ocasiones y hasta en pequeños detalles. Por ejemplo, cuando un comercial de una ONG, al que no conocemos de nada, se acerca en plena calle para sumarnos a su causa, una de las respuestas más comunes es que ya somos socios. Si fuera cierto, las ONG tendrían más seguidores que el Real Madrid.

Mentimos cuando decimos que comemos bien, que nos acostamos pronto, cuando nos preguntan por nuestro salario, por nuestra edad o por nuestro peso.

Así que cuando Juan me hizo la pregunta que más odio que me hagan en este mundo, mentí.

-No, Juan, no puedo prestarte el dinero para la fianza. Me encantaría, pero no lo tengo.

Mentí una vez más. Como tantas otras veces en mi vida. Como cuando le dije al monitor del campamento de la empresa de mi padre, que yo era una pobre huérfana.

No sólo es que no quisiera prestarle el dinero, que no quería. Es que así no tendría que irme a vivir con él.

No estaba preparada para tener ciertas conversaciones. No me refiero a las trascendentales. Me refiero a “¿Aún no te han presentado al cesto de la ropa?”, o al “cariño, te he comprado esta almohada un poquito más alta para mejorar tu respiración mientras duermes”, en un sutil intento de acabar con la banda sonora que te acompaña todas las noches. En fin, no estaba preparada para enfrentarme a ese largo etcétera de cosas cotidianas y tediosas que acaban matando la ilusión. Lamentablemente, estos momentos acaban por llegar, a no ser que tu novio sea Christian Grey y tu relación pura ciencia ficción. (Por cierto, estoy deseando que estrenen la película)

Traté de convencerle de que quizá no era tan mala idea quedarse un tiempo más viviendo con su compañero de piso, madurando, aprendiendo a convivir, antes de que nos lanzáramos a dar ese paso tan comprometido.

Pero él no escuchaba. Antes de que acabara mi alegato, estaba llamando su madre. Cuando vi la sonrisa en su cara, lo único que pensé fue: “Doña Carmen me ha decepcionado. ¿Dónde está ese ser duro e inflexible cuando se le necesita?

Alea iacta est. En octubre Juan tendrá nuevo piso en el centro con un gran vestidor. Yo una solución habitacional en la que me quedaré hasta que se la lleve el viento, el banco o Juan me dé un ultimátum. El otoño se presenta caliente.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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