Cómo parecer fina (y no morir en el intento)

Alguna vez os he contado los antecedentes familiares de Juan. No es que se los tenga muy en cuenta siempre y cuando los antecedentes, no vuelvan a mi vida. Hasta este fin de semana.

Su madre decidió que quería invitarnos a cenar en Madrid. En uno de los sitios más caros (y desde mi punto de vista rancios y demodé de la capital). Pensé en decirle a Juan que yo no iba. Pero dos negativas en una semana me parecían demasiado. Apenas acababa de esquivar su iniciativa para vivir juntos.

En el amor, como en el alcohol, hay que saber medir. Así que ahí estaba yo. Un sábado más revolviendo mi armario, en busca de algo a la altura de la señora de las perlas.

Por si fuera poco, la madre de Juan era una señora muy culta, que presumía de saber mucho de ópera, arte y filosofía. Aunque poco de educación. Esto no se lo dije a Juan. Con los años he aprendido que la sinceridad está muy sobrevalorada.

Si hubiera tenido una cita con una suegra normal, hubiera llevado un vestido, taconazo, bolso de imitación de Chanel, lo típico. Pero tratándose de esta suegra, es decir, de LA SUEGRA, decidí apostar por un recatado traje de chaqueta que sólo me ponía en mis entrevistas más importantes. Era la primera vez que salía de mi armario un sábado por la noche.

Vivo al lado del barrio gafapasta por excelencia. Para los que no seáis de Madrid, Malasaña concentra más gafapastas juntos que madrileños en una playa de Gandía en pleno agosto. Así que decidí darle al look un toque intelectual con unas gafas de pasta negra sin graduación. Para completarlo, me tomé un chupito de tequila con el objetivo de templar mis nervios antes de salir de casa. Sé que es poco ortodoxo, pero creedme, funciona. (¡ojo! Excepto para los exámenes del carné de conducir)

Sábado de julio, diez de la noche. La señora, Juan y yo. En cualquier otra ocasión hubiera pedido una copita de Ribera del Duero (o una botella) pero no quise empezar con mal pie. Así que pedí una manzanilla. Por aquello de que es del sur.

Está claro que los del sur tienen otro humor. No cogió la gracia. Clavó sus ojos de hielo en mi dulce mirada y me censuró. El problema es que ya no había vuelta atrás. En la vida, si tomas una decisión y te parece correcta, debes mantenerla pese a que a los demás no les guste. En particular, si a quien no le gusta es tu suegra. Así que, a la copa de manzanilla, le siguió una segunda y una tercera.

Tampoco le gustó que pidiera una ensalada. Según Carmen, es mucho más apropiado pedir lubina o cualquier otro pescado elegante. En ese momento, me dieron ganas de gritar: merluza. Y no precisamente para buscarle una pareja a  la lubina.

Pero como siempre, lo mejor vino al final. Como sólo había tomado una ensalada, cuando llegó la carta de los postres no pude resistirme a pedir una bomba de chocolate. Tenía un nombre mucho más refinado que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que en ese momento Carmen confirmó lo que, en el fondo siempre había pensado, incluso antes de conocerme: no era digna de su hijo. Y me lo hizo saber y sentir. Notaba su desaprobación casi más que el efecto del postre y la manzanilla en mi estómago. Pero Juan parecía no darse cuenta. Al fin y al cabo era su madre.

Gracias a Dios, Carmen se volvía al día siguiente a Sevilla. Por si acaso, de momento, he empezado a leer (de nuevo): “La cultura: Todo lo que hay que saber”.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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