Penitencia y Resurrección (2ª parte)

Llevo media vida reflexionando sobre las relaciones, pero nunca sobre las suegras. Ahora entiendo porqué. Yo no sé si la señora Carmen sería mi suegra o no, pero ella representaba todo lo que odiaba: mandona, prepotente, metomentodo, juzgadora, repelente. Era como la Ángela Channing de Falcon Crest.

Tenía una mirada de esas que desnudan. Las primeras palabras y casi las últimas que salieron de su boca durante toda la Semana Santa fueron:

-¿Ésta quién es?

¡Tan simpática! En fin, ya veis que fue amor a primera vista. Juan era su hijo mayor y creo que esperaba de él todo aquello que no era. Cada vez que la Señora Carmen entraba en una habitación se cortaba el aire y el rictus de Juan cambiaba por completo.

Si en el post pasado me quejaba de lo poco que duraba la Semana Santa, hoy digo lo contrario. Creo que han sido los cuatro días más largos de toda mi vida. ¿Por qué no aceptaría yo meterme en un traje de neopreno? ¡Malditos tres kilos!

Nos alojamos en la habitación más alejada de la de su madre. Como a tres paradas de metro. ¡Madre mía! No he hecho tanto ejercicio dentro de un espacio cerrado en toda mi vida. Bueno, ni en un espacio abierto. El edificio era precioso, antiguo y cuidado. Tenían caballos, piscina, gimnasio, pista de tenis y un bicho: la madre de Juan.

El Viernes Santo pasamos el día fuera de la casa, pero dentro de la finca, montando a caballo. Bueno, lo más honesto en mi caso, sería decir que intentando montar a caballo porque estuve más tiempo en el suelo que encima del caballo.

Juan y su hermano Luis tenían muy buena relación. Me gustó conocer a este nuevo Juan. Protector, maduro, responsable. Muy diferente al Juan espontáneo y despreocupado que había conocido en Madrid. Pero aún estaba intrigada. No sabía muy bien cuáles eran las razones que le habían llevado a llevarme allí. No sabía si era su escudo o su excusa.

Por la noche, salimos de fiesta. Sustituimos el escarabajo de Juan por el mini de su hermano. Luis era lo contrario a Juan, el amo de la noche. Con Luis dominando la pista de baile, aproveché para hablar con Juan.

-¿Cómo estás?, ¿lo pasas bien?,

- Sí, pero aún no sé muy bien que hago aquí.

- Lía ya te lo he explicado. Estamos pasando unos días.

- Creo que esto no lo has hecho por mí, sino por ti.

- No me gusta que seas tan listilla, dijo molesto. Había llegado la hora de bajar el listón.

- Te refieres a mis dotes para montar a caballo, ¿verdad?

- Exacto, vamos a bailar.

Me hubiera gustado continuar la conversación pero no sé si será la madurez o mi amplio CV sentimental, que he aprendido que, a veces, es mejor dejar correr las cosas.

El sábado por la mañana decidí salir a dar un paseo por la finca. Sin caballos, ni Juan, ni Luis, ni tacones, ni nada. De repente, parecía que llevaba en esa casa media vida. Quería volver a mi Madrid, aunque fuera a hacer de guiri. Además, a Juan le vendría muy bien pasar un tiempo a solas con su hermano y su madre. Ya había acabado de hacer la maleta, cuando Juan regresó a la habitación.

- ¿Qué haces?

- Me voy a Madrid

- ¿Por qué?

- Creo que necesitas estar un tiempo tú sólo aquí. Lo he pasado muy bien pero necesito irme a casa. No pasa nada, todo está bien. Yo te espero allí.

Me despedí de Luis y de su tata, pero gracias a Dios no de su madre. Sentí mucho que no estuviera en casa.

Sentada en el autobús, bastante más aliviada que los días pasados miraba por la ventanilla. La vida es así. Nada es lo que parece. O quizá sí, porque en el fondo todos tenemos una razón para ser como somos. Incluso los hippies.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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