Penitencia y Resurrección (1ª parte)

Siempre me he preguntado por qué lo llaman Semana Santa cuando, en realidad, son cuatro míseros días. Dos días extra y un fin de semana al que hay que añadirle un handicap muy, muy, muy grande. Caiga en marzo, caiga en abril, siempre hace frío. Por el tono gruñón de mis palabras ya habréis averiguado que no afronté la Semana Santa con muy buen pie. Más bien la empecé con esa virtud tan típica del español: la envidia. El pasado martes todo el mundo en el metro, en el trabajo, en el autobús hablaba de sus planes, de su maleta, de sus viajes, del tiempo…y yo me limitaba a subir el volumen de mis cascos para no escuchar nada más.

Juan tenía planeado desde hace meses ir al norte, a hacer surf con unos amigos y, la verdad, no tenía fuerzas para seguirle. Sobre todo porque gracias a mi última adquisición, tres kilos más, era incapaz de meterme en cualquier cosa ajustada, y menos en un traje de neopreno. Justo cuando ya había tirado la toalla y había asumido que no podía haber nada peor que ser una propia guiri en tu ciudad, visitando museos, exposiciones, etc. Juan se presentó el pasado miércoles en la puerta de mi casa:

-Tú y yo nos vamos a mi casa.

-Ya he estado en tu casa y prefiero Afganistán. Por cierto, ¿qué haces que no estás camino al norte con tus amigos flower power?

-Te lo acabo de decir. Tú y yo nos vamos a mi casa. Vamos a pasar una Semana Santa rural en familia.

La tierra tembló, los cielos se abrieron y yo creí morir. No sé qué parte de la oración me dolió más si la palabra “rural” o la de “familia”. O las dos juntas. Analizaba cómo había podido llegar yo hasta aquí. Hasta este coche destartalado, camino de un pueblo del interior de Andalucía. Juan no paraba de hablar de lo bien que lo íbamos a pasar mientras yo no me atrevía ni a abrir la boca. Tampoco me daba opción. Estaba tan ilusionado, tan contento, hablando de su hermano, de la comida de su casa, del campo…

Me preguntaba cómo podía estar tan perdida para haber acabado haciendo todo aquello que dije que no haría. Salir con un hippy, hacer deporte, pasar la Semana Santa rural y en familia…    Muy mal me había tenido que portar en otra vida para que todo aquello que odiaba me volviera una y otra vez.

El viaje era la definición perfecta de la antítesis. Juan me abrazaba, me hacía bromas, cantaba en alto para que le siguiera y yo nada. Seria, refunfuñona y amargada. Sólo pensaba en dos palabras “rural” y “en familia”. Este viaje me empezaba a recordar a la tribu de los Brady. De repente, me vi a mi misma con cinco hijos, cantando y preparando bocadillos de foie gras envueltos en papel albal. Estuve a punto de saltar del coche, pero Juan paro en la siguiente gasolinera.

-Oye, esto no significa nada. Vamos a pasar unos días juntos, nos van a cuidar y a mimar y les vas a gustar tanto como me gustas a mí.

-Rural y en familia, Juan, rural y en familia, contesté. Se echó a reír.

Las palabras de Juan habían causado en mí el mismo efecto que un lexatin, hasta que llegamos a su casa, que tenía poco de rural y de familiar. Sólo había visto algo parecido en el Hola y en Falcon Crest. Aquello no era una casa, era un ¡cortijo!

-¿Qué te parece?

- Pequeña

Dos personas salieron a recibirnos. Una señora entrañable, oronda, con un moño gris, a la que yo confundí con su madre. Él la llamó tata, mientras ella le daba besos de abuela. El otro era un  chico muy parecido a Juan, sólo que más joven. Me abrazó efusivamente, como si me conociera de toda la vida.

  • Tú debes de ser Lía.
  • Eso depende, dije.

(Más risas. Empezaba a pensar que debía probar suerte en el Club de la Comedia)

  • Pasad, pasad, mamá os está esperando.
  • Cogiendo a Juan por el brazo, le dije: “Aún estamos a tiempo. Si nos quedamos en aquel ala de allí ni se enteran de que hemos venido”.

Pero no me hizo caso. Andamos hasta llegar a un salón que era como cuatro veces mi piso. Allí nos esperaba una señora estirada y llena de perlas. En el cuello. El resto las fue soltando durante los días siguientes. Ahora entiendo perfectamente lo que es una penitencia.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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2 respuestas a Penitencia y Resurrección (1ª parte)

  1. Auxi dijo:

    Líaaa!! Ay madre!! que te has metido en “Ambiciones”!! Jajajaja, es broma, todo esto se está poniendo interesante!!! (El hippy va a resultar que viene de familia de “señoritos andaluces” y lo digo con todo el cariño, porque yo también resido en una localidad rural del interior de Andalucía y tengo muchos amigos y conocidos a los que aprecio que pertenecen a ese “status”… jejejeje ;) ).
    Me puedo figurar cómo acabará tu estancia en el cortijo y con los estiramientos y las perlas, pero se ve que Juan, no le va mucho ese rollo y qeu le gustas de verdad.
    Un besazo grande :)

    • Cecilia G. dijo:

      Hola Auxi!!
      ¿Cómo estás? ¿Qué tal van los preparativos? ;) sí, este chico es una caja de sorpresas. Y yo que pensaba que era un topicazo!! jajajaja! Creo que no estaba preparada para el shock!
      Un abrazo grande
      Lía

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