¿En tu casa o en la mía?

Ir por primera vez a casa de alguien es una experiencia casi religiosa y, en este caso, casi un acto de fe. Empezaré por el principio. Viernes por la noche. Cena vegetariana en un restaurante cualquiera de Madrid. Ingenua de mí, sigo pensando que con una dieta vegetal puedo ingerir la misma cantidad de alcohol que con una carnívora. Pues no. Error. Grande. A la tercera copa de vino, yo ya estoy para cantar (y bailar sevillanas). A la cuarta, soy carne de cañón de karaoke. A la quinta, me tienes que llevar a casa. A la tuya, porque yo ya no recuerdo ni dónde vivo. Así que Juan hizo exactamente eso. Llevarme a su casa. Era la primera vez que jugaba en campo contrario, pero ya se sabe que las casas de noche son como los gatos.

Lo malo es al día siguiente. Cuando te levantas en una cama extraña, en una habitación ajena, con olores y colores que no son los tuyos. Y lo más importante, sin tu cepillo de dientes.

Juan tenía una casa especial. Una casa a medias entre una tienda de campaña y un piso de veinteañeros. Compartía piso con un alemán rastafari que había venido de visita en Navidad por unos días y se había quedado unos meses. Quién sabe si se jubilaría allí. Sin embargo, a Juan no parecía importarle. Es más creo que le gustaba. También le gustaba cantar por las mañanas, imitando a Bob Marley. Yo quiero mucho a Bob, pero a partir de las cuatro de la tarde. Antes de las nueve odio a todo el mundo en general, y, en particular, a los que hablan.

Lamentablemente, Juan lo hacía por los codos. Cantaba, hablaba de lo que íbamos a hacer ese día. Para dejar de escucharle me metí en la ducha. Sé que está muy feo lo que voy a confesar, aunque este año menos porque no hay sequía. En ocasiones estoy tres minutos dejando correr el agua sobre mí. Sin enjabonarme ni nada. Sólo por placer. Esto para un hippy como Juan no sólo estaba muy mal visto, sino que además, como pude comprobar, lo castigaba con dolor. Justo cuando me estaba lavando la cabeza, el termo eléctrico (o solar, no quise preguntar) se acabó. No grité por no escucharme. Una vez recompuesta, llegué a la cocina necesitada de una buena taza de cafeína.

“Sólo tengo té”, me dijo Juan. Cada vez me estaba cayendo peor. “Pues bienvenido sea algo caliente”, le dije mascullando entre dientes.

De repente, el alemán rastafari apareció en la cocina. Me miró. Le miré y pensé: ¡y yo preocupándome por mis pelos! Se llamaba Peter (Pronunciado Peta y, creedme que era un nombre que le hacía bastante justicia). Empezaba a pensar que todos los alemanes se llamaban iguales. Parecía un tipo muy simpático pero no entendía la mitad de lo que decía. A pesar de contar en mi CV con un ex novio alemán. Pero esto no fue lo que más me molestó.

No es que yo sea un adalid de la limpieza pero la casa de Juan estaba muy muy sucia. Y aparentemente la razón era Peter. Tres minutos en la cocina y aquello parecía un estercolero. Educadamente le dije a Juan que tenía que ir a casa. A la mía.

“¿Por qué?, quédate a pasar el día”, me dijo despreocupado. Por un momento, me hizo dudar. Pero cuando fui a recoger el calcetín que había dejado debajo de la cama y me encontré con tres pelusas salidas de una peli de Clint Eastwood volví a la realidad. Yo podía aguantar cierta suciedad, pero no tanta. Sobre todo en un día de resaca.

La próxima vez, no lo dudaré, en la mía.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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4 respuestas a ¿En tu casa o en la mía?

  1. Tamara dijo:

    Hola guapi! anda lo que tenemos que aguantar por “amor” carros y carretas, pero eso es lo que conlleva conocer a alguien, desde luego si la cosa sigue adelante tendrás que pulirme cual diamante en bruto.. jajajaj como estoy haciendo yo con mi chico poco a poco.. cosillas de solteros que dices uuuuuuuuuuuuuuf! pero si realmente te gusta, que esas cosillas no te tiren para atrás, aunque he de admitir que yo con la limpieza de la casa no soy tampoco una histérica pero si que un mínimo de limpieza.. qué menos!! yo no sé vivir entre la mierda como pueden los hombres (la gran mayoría..)
    Pero bueno bombón, a ver qué tal va la cosa… y el alemán.. un poco parásito no?? :S

    • Cecilia G. dijo:

      Hola Tamara!!
      ¿Cómo estás? espero que vaya todo genial. jajaja! ¿Será cultural? ¿tendrán ellos más tolerancia que nosotras a la suciedad? ¿Vendrá de los tiempos de recolectoras y cazadores? ufff no lo sé, pero había seres allí debajo que no sabía que existían… Así que en mi casa, está claro (al menos allí están todos controlados)
      Un abrazo fuerte!

  2. miguel dijo:

    No se Lía.. creo ver que te molestan demasiadas cosas nada mas empezar, aunq espero que no..jeje, yo estuve con una chica también un poco “rasta” hace un tiempo.. y la cosa no funcionó, me sacaba de mis casillas todo el rollo “socioeconopolitico vegetal” jejeje, y mira que yo no soy especialmente sectario. Aunque bien es cierto que creo que las mujeres teneis mas aguente que los hombres..jeje, enfin, en cualquier caso espero que sepas conllevarlo, claro que nunca esta mal hacer lo que dice Tamara, y “reestructurar” jejeje.
    saludoss!!:)

    • Cecilia G. dijo:

      Hola Miguel,
      sí creo que tienes razón. Hay que tener mucha paciencia en esto de la convivencia pero con algunos más que paciencia!!!
      Poco a poco…Si lo demás te llena creo que merece la pena
      Un saludo y gracias por tu comentario!!
      Lía

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