To be or not to be

Miércoles nueve de la noche. Plaza de Callao, Madrid. Más nerviosa que el día que estrené los Jimmy Choo. Vestida para la ocasión. Es decir, vaquero, camiseta y deportivas. A mí no me vuelve a pasar lo del último día en el bar heavy. Habíamos quedado para ir al cine, sin más. En un ataque de valentía, saqué yo las entradas. Como no sabía lo que le iba a gustar me decanté por el estreno de la temporada “8 apellidos vascos”. Seguro que a él le hubiera gustado más una de cine independiente, pero después de tanta cita fallida, pensé que si ésta también salía mal, al menos nos reiríamos.

Los primeros diez minutos me reí poco, la verdad. Para mí ir al cine y no comprar palomitas es como un día sin sol. Así que me puse a la cola y le pregunté, ingenua de mí, si quería tamaño grande o mediano. Como respuesta obtuve un mitin anti-maíz que nada tiene que envidiar a los de Fidel Castro. Además, de todas las razones que me dio, no había ninguna tan importante como para hacerme desistir de comer palomitas: que si el colesterol, que si el corazón, que si las arterias, que si la obstrucción… ¡Qué poca psicología femenina tienen algunos! con que hubiera mencionada la palabra “cadera” habría bastado.

Ya en el asiento, sin palomitas, dudaba de si sacar mis gafas de miope o seguir haciéndome la interesante sin ver nada más que el pelo del señor del asiento de delante. Decidí guardar el orgullo en la funda y sacar las gafas. Descubrí que el señor de delante era calvo. Me miró, le miré. Al señor, no, a Juan y se hizo un largo silencio.

-Esto no es malo para el colesterol… creo, dije.

-No, pero pareces una azafata del “Un, dos, tres”.

Esbozó una sonrisilla que yo interpreté como que me había perdonado lo de las palomitas. Sobre todo, porque de repente, cual quinceañero, me pasó el brazo por encima del hombro. Y algunos detalles más que no proceden.

Sobre la película, no voy a hacer spoiler. Yo no paré de reír, probablemente más de lo habitual debido a mis nervios. Sin embargo, a él no parecía gustarle demasiado. Recuerdo unas tímidas carcajadas cuando la escena del “Euskadi tiene un color especiaaaa” y ya. (Lo cuento porque sale en el trailer)

Al salir del cine, pensé que igual podíamos ir a tomar unos vinos, llamadme loca. No le disgustó la idea, pero dijo que lo de los vinos mejor el viernes, porque había que descansar. Está claro que los hippys de hoy no son como los de antes.

Metida en la cama (sin palomitas y sin nada en la nevera, poco más podía hacer mi cuerpo que dormir), decidí que si el viernes no se producía alguna señal a favor del futuro de esta relación, lo dejaría. Juan me gustaba pero este rollo cool, natural, espontáneo parecía puro teatro. En realidad, su vida estaba mucho más tasada que la mía. ¿Dónde había quedado lo de dejarse llevar? Al parecer, en el pasado viernes.

El viernes volvimos a quedar y, no sé cómo, ni porqué parecía otro Juan, más relajado, más abierto. Quizá yo lo había dado todo por perdido y me relajé o él ya había cogido la confianza suficiente. Nos fuimos de cena y cayeron dos botellas de vino. Con caer no me refiero al suelo, sino a nuestros estómagos, donde sólo había ensaladas y tofu. Imaginaos el resultado. El vino era ecológico pero emborrachaba igual. Después nos fuimos a bailar salsa, donde descubrí que merecía la pena que él, insisto, que él, renunciara a las palomitas. Tercero, nos fuimos a mi casa. Como en el “Un, dos, tres”, hasta ahí puedo leer.

 

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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