Largas y cortas

Dar largas. Sí, y no me refiero a las del coche. Eso es lo que estaba haciendo Aitor conmigo. De repente algo había cambiado. Lo que antes de Navidad era todo un despliegue de deseo, en enero se había convertido en una gélida nevada. Finalmente había contestado a mis mensajes, pero con desgana, casi sin querer. No entendía nada.

Le había tirado un par de indirectas para ver si nos podíamos ver, pero no entraba a matar. No era una buena manera de empezar el año, pero como dicen los gitanos: pide buenos finales y no buenos comienzos.

La Lía de siempre le hubiera dado mil vueltas. Hubiera analizado el mensaje una y otra vez, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Hubiera tenido en cuenta la hora de envío, la última vez que se conectó al Chat, si llovía en el momento que mandó el mensaje. Hubiera pensado en qué quizá no estaría de buen humor, que le había cogido trabajando, que me había precipitado, que no había acertado con las palabras. La Lía de siempre hubiera hecho todo esto, pero la nueva Lía, la Lía de este año 2014, no. De repente pensé que no podía estar dedicándole tanto tiempo a un tipo que había conocido hace menos de dos mes. Qué sí, que vale, que me gustaba. Pero ¿y qué? No podía obligarle a estar interesado en mí. Sin embargo, yo sí que podía dejar de interesarme por él.

No iba a ser fácil, pero quién dijo que lo fuera. He encontrado un método infalible para ir sobreponiéndome poco a poco a estos desencuentros. Es un secreto que hasta hoy nunca había compartido y que no tiene nada que ver con el vino, las compras o las noches de fiesta.

Siempre que tengo un desencuentro en la vida, con un amigo, con una amiga, con un compañero, con la talla 38, me viene a la cabeza una imagen de infancia.

Por aquel entonces era muy torpe. Ahora también, pero con la edad aprendes a disimular. Estaba más tiempo en el suelo que de pie. Mis piernas siempre estaban llenas de múltiples heridas sanguinolentas en las que parecía que me iban a tener que amputar un miembro. En realidad, eran pequeños rasguños pero en la mente de una niña de cinco años era el dolor más grande que había soportado hasta entonces.

Lo peor no era caerte, lo peor era lo que venía después: el bote de alcohol. Con un poco de suerte, si la herida era menor, el de agua oxigenada. El mero hecho de ver aquel bote blanco conseguía multiplicar el dolor de mi herida. Menos mal que, por entonces, sólo me sabía la tabla del cinco.

Sin embargo, hoy no recuerdo el dolor. Lo único que recuerdo es a mi madre soplando en la herida, con el algodón en la mano, justo después de aplicar ese arma letal. Mis recuerdos son de alivio. Así que hoy, cuando algo me escuece mucho me imagino a mi madre soplando mi herida.

Bien, si la imagen de mi madre soplando no os funciona podéis recurrir al alcohol en sí. Eso fue lo que hice esa misma noche. María, mi ángel de la guarda, había decidido inaugurar el año como sólo ella sabía, con minifalda y en Le Cabrera.

A mí los cocktails me sientan fatal y la noche acabó como acabó. Exacto. En un karaoke cantando a voz en grito, sobre todo en grito, “Como una ola”. Sí, probablemente no haya una canción más difícil en este mundo para cantar en un karaoke, pero qué le voy a hacer. Siempre elijo el camino más difícil. Yo y el resto de la humanidad, porque es uno de los hits de este invento japonés. Yo estaba en el escenario dándolo todo, mientras María me observaba con cara de vergüenza ajena y con mucha paciencia. Tras el “Como una ola”, vino mi punto débil: Rafaella Carrá. Después de que María se tragara el “Explota, explótame, expló”, con golpe de melena incluída, el “Fiesta”, y el “Una mujer en un armario”, decidió ponerle cordura a la noche. Bueno, después de eso y de que tratara de pegarme con un señor por el micrófono.

Qué importante es cantar en alto. Sobre todo para que llueva. Al llegar a casa, María me dijo una frase muy bonita: Lía sé feliz con lo que tienes, mientras persigues lo que deseas. Cómo se nota que trabaja en publicidad. Y con esa idea me he levantado hoy.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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